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Los Chavin

Ubicación geográfica de Chavín

Chavín se encuentra ubicado en el inicio de un estrecho callejón, formado por el río Pukcha o Mosna, el que se forma con los deshielos de la Cordillera Blanca y conduce sus aguas hacia el río Marañón, donde nace el Amazonas.

Está pues en el corazón mismo de los Andes, a 3180 ms. sobre el nivel del mar, formando parte del llamado Callejón de Conchucos, que corre de sur a norte, paralelo al Callejón de Huaylas, formado por el río Santa que también se nutre de las aguas de la Cordillera Blanca, pero que por estar al occidente desagua en el océano Pacífico.

Dos cadenas montañosas separan a Chavín del mar -las cordilleras Blanca y Negra- y dos otras cadenas lo separan de la selva amazónica: la central que se levanta entre las cuencas del Marañón y el Huallaga, y la oriental, que establece la separación de aguas entre el Huallaga y el Ucayali. Esta situación geográfica crea serias dificultades de comunicación entre las poblaciones allí asentadas, cuya proximidad relativa está mediada por la altitud y la irregularidad de la tierra. Eso crea una difícil condición de vecinos distantes.

Chavín, está en un punto crucial de conexión este-oeste y norte-sur de un extenso territorio. Es una suerte de “nudo de caminos” de una región que cubre la costa y la sierra de Lambayeque, La Libertad, Cajamarca, Ancash, Huánuco y Lima. Desde Chavín, además, se puede llegar a la floresta amazónica siguiendo el curso del Marañón.

Según Antonio Raimondi (1873: 205), en el s. XIX mantenía la exportación de maíz a Huaraz y Huamalíes (Huánuco) y de harina de trigo hacia Huánuco y Cerro de Pasco, del mismo modo como gente de la costa iba todos los años para adquirir ganado. Señala también que hay oro en el distrito de Uco, cerca de la desembocadura en el Marañón.

Chavín está sobre una terraza aluvial asociada a un río mayor -el Pukcha- que baja desde el sur, y un tributario -el Wacheqsa- que baja abruptamente desde la Cordillera Blanca, en cuyos estribos orientales está el sitio.

Ambito de influencia cultural

Durante los siglos X-IV a.C. que es la época de mayor florecimiento de Chavín, no hay indicios de existencia de una organización política de tipo estatal. Cuando se comenzó a conocer el área de dispersión que tenían los rasgos atribuidos a Chavín, Julio C. Tello se inclinó a pensar que era una civilización expansiva; en cambio Rebeca Carrión Cachot y otros estudiosos, creyeron ver indicios de un Imperio Megalítico o algo semejante. En efecto, el área que cubrían los restos que en ese tiempo se atribuían a Chavín, era inmensa. Con el tiempo, el conocimiento adquirido ha permitido reducir el ámbito de influencia Chavín y está precisando cada vez mejor la naturaleza de tal influencia.

Una primera conclusión es que no se trata de una expansión de Chavín y que su influencia se debe más bien a contactos entre Chavín y los territorios donde aparecen vestigios “chavinoides”, derivados de una relación de intercambio de bienes y servicios, donde la oferta de Chavín parece haber sido la de brindar “oráculos”. Eso se concilia con la evidencia que hay en Chavín de Huántar, de ofrendas que procedían de un ámbito que incluye Lambayeque, La Libertad, Cajamarca, Ancash, Lima y Huánuco, con eventuales materiales que, al parecer, provenían de las costas del Guayas y de Ica, Huancavelica y Ayacucho.

En todos esos territorios se encuentran, además, indicios del contacto con Chavín, que se expresa, en los mejor conocidos, en una época en la que se produjo una suerte de “moda” chavinense, que se expresa en el hecho de que el arte local es alterado por la inserción de una serie de motivos y personajes que tienen una madura representación en Chavín mismo. Eso ocurre, en casi todas partes, entre los años 800 y 500 a.C. Desde luego, antes de esa época, durante más de un milenio, los pueblos de ese territorio habían desarrollado sus propias maneras de hacer las cosas, en una larga etapa Formativa, conocida como “inicial” y aun antes, durante el período Arcaico.

El grado de impacto de la influencia chavinense fue muy diverso. Nada indica que “exportaran” sus divinidades propias; en cambio sí sus temas sacralizantes, como la forma de las bocas, las bocas agnáticas, los ojos excéntricos, las garras, las cabezas de serpientes y, sobre todo, los colmillos. Los estilos contemporáneos, como los de Jequetepeque, Cupisnique, Huacaloma, Kuntur Wasi, Ancón y Paracas, tomaron mucho de esta “moda”, que incluye usos y formas del espacio arquitectónico y el traslado multidireccional de diversas tecnologías. Pero, mantuvieron siempre su autonomía regional.

El medio ambiente en general

Chavín representa el final de una larga etapa de múltiples ensayos en el dominio de los pueblos sobre sus condiciones materiales de existencia. La agricultura, convertida en la estrategia principal de vida, implicó una serie de transformaciones en el medio, que iban desde el traslado del agua mediante canales de riego, hasta la creación de nuevos campos de cultivo en terrenos donde éstos no eran posibles.

La implantación de un proyecto de vida agrícola implicó intervenciones muy complicadas en el territorio, las que sólo pudieron darse como resultado de muchos experimentos y de un creciente dominio -conocimiento- de las condiciones de la producción. Cuando la gente llegó a dominar todo esto, para lograr una vida con capacidad de reproducirse holgadamente, le fue necesario dividirse en clases de gente diferente: unos dedicados a la producción directa, manual, de los bienes de consumo, y otros dedicados al estudio de las condiciones naturales y sociales que se debían resolver para hacer uso de tales conocimientos. Una parte de esos conocimientos especializados era la producción de calendarios agrícolas eficientes, que requerían de espacios de trabajo como los templos, donde estas gentes trabajaban y vivían, generando asimismo la necesidad de gerenciar o administrar lo que este espacio requería.

Chavín es sierra templada más bien que fría, pese a estar por encima de los 3000 ms. Tiene una estación lluviosa que es generalmente más larga que la seca.

Las lluvias se inician normalmente en noviembre y duran hasta abril, pero los meses intermedios son indeterminados, como lo son las sequías y los “años húmedos”. Usualmente en mayo ya no debe llover y de hecho junio y julio son meses considerados “secos” y agosto es indeterminado, aveces seco con muchos vientos -que duran hasta setiembre- y aveces húmedo. En junio y julio hay heladas en las noches. Entre enero y marzo las lluvias pueden ser torrenciales; los ríos crecen entonces y tienden a romper sus cauces.

Entre 1925 y 1933, coincidiendo con uno de los “meganiños” más violentos del siglo XX, las lluvias aumentaron el caudal del Mosna y el río arrastró consigo un sector importante de los edificios del lado oriental del monumento; justamente, al parecer, una sección que había sido habilitada artificialmente por los constructores de los templos. El 17 de enero de 1945, las intensas lluvias presionaron sobre las nacientes del Wacheqsa provocando un aluvión, que cubrió con fango negro la totalidad del centro ceremonial y una parte del pueblo.

Por cierto, como ocurre en toda la cordillera tropical, las diferencias estacionales solo cobran sentido si tenemos en cuenta las precipitaciones o su ausencia, pues los cambios de temperatura, que usualmente caracterizan la estacionalidad en otras partes, aquí son poco perceptibles; es significativa, en cambio, la alternancia térmica diaria, con temperaturas que están muy cerca a los 3 a 5 grados centígrados en la madrugada y, en cambio, unas horas más tarde, al mediodía, con temperaturas que pueden superar los 26 grados. Así pues, la mayor parte del día, el clima es templado y relativamente seco.

Contextura y vestimenta del hombre Chavín

Sabemos que la población no era significativamente distinta de la que identificamos en la época de los Mochicas, es decir unos mil años después, y es también evidente que eran mucho más numerosos que en períodos anteriores. La arqueología nos muestra que todos los valles de la costa y la sierra fueron ocupados. Según los datos procedentes de los pescadores de Ancón y Supe, los agricultores de Lima, Cupisnique, Cajamarca, así como los de Chavín mismo, sabemos que al menos los serranos eran relativamente altos y fornidos, con hombres que llegaban a un promedio de 1,70 m de altura y mujeres alrededor de 1,60; algunos llegaban hasta el 1,80 m. Según los restos de cráneos, los costeños eran de rostros redondeados, en tanto que los de Chavín los tenían más bien alargados; ambos con cráneos mesocéfalos. Tenemos imágenes de mujeres maduras ligeramente gordas, en vasijas procedentes de la costa norte, donde también se conoce la imagen de una anciana de rostro muy arrugado, de cara bastante pequeña y angulosa.

Según los estudios en vigencia, los chavinenses tenían muchos problemas dentales, presumiblemente derivados de un fuerte consumo de carbohidratos, pese a que su alimentación estaba siempre asociada con el consumo de carne y pescado, además de mariscos. Había una distribución irregular de alimentos, porque se nota que mientras que algunos restos muestran un buen desarrollo óseo, otros tienen osteoporosis avanzada desde muy temprano, lo que además se combina con diversas formas de reumatismo.

Hay tres tipos (hombre-mujer) de pobladores: los sacerdotes de Chavín, los peregrinos de diversas partes, con rango de sacerdotes, y la gente común. La diferencia entre el hombre y la mujer parece significativa, aun cuando el papel que el sexo femenino jugaba en la liturgia era muy importante; eso podría llegar hasta el punto que pudieran haber sacerdotisas mujeres. De hecho, casi todos los personajes sagrados que conocemos, presentan una versión femenina junto a la masculina.

La pintura facial es un rasgo característico de los hombres importantes. Las mujeres “nobles” , como la que estaba representada en un inmenso mural de Moxeke (Casma), y la gente común (incluso los varones) no usaban pintura facial.

Los peinados eran de tres tipos: con moño, suelto y con trenzas. En los peinados sueltos hay diferencia entre hombre, con cerquillo, y mujer, peinada para atrás, según se aprecia en dos bellas esculturas en hueso que fueron halladas en la Galería de las Ofrendas . El peinado con moño encima de la cabeza era el más común; había de dos tipos: amarrado con lazo y sin él. El trenzado es usado por ambos sexos. También se usaba una cinta sujetadora que pasaba por la frente, con fleco atrás.

Los sacerdotes y otros personajes importantes, llevaban tocados de diverso tipo: emplumados, coronas, bonetes, diademas. Algunos de ellos estaban hechos en oro, tal como sabemos gracias a los descubrimientos de Kuntur Wasi, en Cajamarca, donde se han hallado las coronas y diademas.

Aparte de tocados, usaban también pulseras de oro, ajorcas, pectorales, collares y aretes circulares (como los del Lanzón) y rectangulares, adornados con dibujos de personajes sagrados repujados o incisos. Esto es común para los señores de Chavín y los peregrinos que llegaban al templo en busca del oráculo.

En cuanto al vestido, los varones usaban, todos, un taparrabo hecho a base de una tela que se ponía entre las piernas y se sujetaba en la cintura. Algo similar a los pañales actuales. Solían tener una o dos borlas terminales, que pendían de la cintura. Las piernas y brazos y el dorso quedaban desnudos, aunque en algunas ocasiones, y ciertos personajes, se cubrían el dorso con una camisa corta -cushma- que terminaba en flecos o una esclavina o pequeñísimo poncho, que apenas cubría los hombres y la parte alta del pecho y la espalda. Las mujeres usaban una túnica que les llegaba hasta los pies y hay varias evidencias que muchas llevaban el pecho descubierto, tal vez con sólo una manta larga a modo de falda. Los sacerdotes y personas importantes llevaban, además, un manto -hombres y mujeres- que les cubría los hombros y las espaldas y que podía llegar hasta la altura de las rodillas. Estos mismos personajes podían llevar una falda o camisa con flecos, que llegaba hasta encima de las rodillas.

Los hombres comunes llevaban sólo el taparrabo y tal vez una manta para cubrirse; los cargadores y cargadoras llevaban los cántaros sobre la cabeza y las cargas de la espalda sostenidas por la frente. Los peregrinos y los sacerdotes de Chavín se diferencian por los detalles de los tocados y la iconografía de sus vestidos y adornos.

La fauna de la época

En los desechos que se encuentran en las excavaciones de sitios de la época Chavín, así como en la iconografía que está en las piedras grabadas y la cerámica, existe bastante información sobre los animales salvajes y domésticos con los que los chavinenses tenían relación. Entre estos últimos, sin duda que los camélidos eran los más importantes, dado que son los más frecuentes en los depósitos de desecho que se conocen. La alpaca fue, incluso, al igual que en tiempo de los Incas, representada en piedra, con un hoyuelo en la parte superior del lomo y usada en ritos especiales de fertilidad, donde la figura era conocida con el nombre de “conopa”. Todo indica, además, que fue poco antes de esta época que las llamas y alpacas fueron implantadas en la sierra de Cajamarca. También conocían el cuy doméstico y aparentemente el pato “joque”. Del mismo modo, hay certeza plena que el “perro sin pelo” ya era criado en este tiempo, junto con otras razas de perros, como uno lanudo cuyos restos se hallaron al lado de su dueño en Supe, del tipo “Inca”, de tamaño mayor. Son dos de las seis razas de perros que se conocieron en el Perú antiguo.

Entre las ofrendas de comida que fueron depositadas en la Galería de las Ofrendas de Chavín, se halló una suerte de muestrario de la fauna preferida en ese tiempo. Había los tres tipos de venado que aún hay en el Perú hoy: la taruca, tarugo o huemul, que es un venado de las alturas y las grandes estepas; el “rabi-blanco” (Odocoileus virginianus), que vive en los matorrales de clima templado de la sierra; y, el pequeño y veloz mazama, que vive en los bosques cálidos. Había también restos de la vizcacha sureña (Lagidium sp.) y aparentemente del conejo nor-andino (Sylvilagus sp.). Había también restos de zorros y de comadrejas o “raposas” (Mustela frenata).

En la galería se encontró también una gran cantidad de huesos de aves, de las cuales eran comestibles los patos, perdices, las pavas de monte, codornices, palomas y ciertos pájaros; en tanto que los loros, lechuzas, halcones y cóndor, obviamente no lo eran y cumplían más bien una función litúrgica, tal como aparece en la iconografía. Por causas de la liturgia, igualmente, las ofrendas agregaban varias aves acuáticas, tales como huerequeques, pariwanas, gaviotas, gallaretas y otras. Junto a ellos, había una gran cantidad de peces marinos y conchas de diversa procedencia.

La iconografía chavinense presenta en una primera posición de importancia al cocodrilo, el felino, el halcón y la serpiente, junto a personajes ligados al mar y, en general, al agua. Hay también íconos con la imagen del mono, el buho, el cangrejo y la araña.

La flora de Chavín

Una de las características más importantes de esta época, es el intenso tráfico de bienes y el intercambio de tecnologías. Gracias a eso, plantas que eran sólo características de un hábitat específico, comenzaron a circular en otros, lo que indujo en muchos casos a exitosas experiencias de adaptación. Ya todas las plantas susceptibles de domesticación eran del dominio de los agricultores y ya estaba largamente superada la etapa de los cultivos incipientes. Los nuevos experimentos estaban más bien asociados a la intensificación agrícola, la búsqueda de nuevas y mejores tierras, y el desarrollo de técnicas calendáricas para la previsión del tiempo y manejo del agua.

Se puede imaginar los caseríos y el entorno de los centros ceremoniales rodeados de huertos con palta o abocado (aguacate), pacay, chirimoya, guanábana, lúcuma, ciruela del fraile, guayaba, pepino, rocoto y una gran variedad de ajíes, calabazas y otras cucurbitáceas. En la cerámica y las litoesculturas, siempre están presentes esos frutos u otros silvestres como la tuna y el tumbo, a los que se agregan las hojas de la coca y una serie de alucinógenos, como el cáctus San Pedro.

Sin duda, los tubérculos, las legumbres y ciertos granos eran una parte importante de la dieta diaria; la papa, la yuca y el camote en primer lugar, junto a los frijoles, el pallar, la canavalia el tarwi o chocho y el maíz. El amaranto o kiwicha, la quinua, el olluco, la oca y la achira eran parte de una dieta más regional.

Un detalle a destacar es que en la iconografía de Chavín, se combinan los productos de las tierras altas y frías con los de las tierras bajas cálidas y las de los hábitats secos con los de fuerte humedad. Esa es una evidencia del carácter integracionista de ese período.

El fenómeno de El Niño

La costa peruana, por su ubicación tropical en el planeta, debía tener un promedio térmico anual de unos 27º C, como ocurre con el noreste brasilero, que está en la misma banda tropical, al otro lado del Continente. Lima tiene una temperatura media es de 19º C, pese a que está en la misma latitud que Salvador de Bahía, Angola o Borneo, que son tierras cálidas.

Este cambio de temperatura se debe en parte al hecho de que la costa está afectada por el enfriamiento de las aguas del mar por la Corriente de Humboldt que viene del suroeste. Debido a las bajas temperaturas del mar, no hay suficiente evaporación cerca de la costa, como para formar lluvias, lo que hace que el litoral tenga un 99% de aridez, con desiertos de arena y cerros rocosos sin vegetación. El área verde se restringe a las vecindades de los ríos que bajan de la cordillera o a las zonas donde se concentra la niebla que tropieza contra los cerros a una altura de 900 ms. snm, creando unas finas lloviznas -la “garúa” o “camanchaca”- que permite la formación de una vegetación estacional de sombra, llamada “lomas”.

Eso está asociado con un régimen de lluvias más o menos estable en la cordillera, con precipitaciones durante el verano, entre diciembre y marzo, meses más o menos, según la distancia con la costa y la proximidad con las húmedas selvas amazónicas.

Esta situación se altera irregularmente en años excepcionales donde suele llover copiosamente en la sierra, generando desbordes en los ríos e inundaciones, con lluvias aun en el desierto. Eso está asociado, del mismo modo, a intensas sequías en otras regiones de la sierra, que pueden durar varios años, creando serios problemas de mortandad, hambre y migración por desabastecimiento.

Esos fenómenos de alteración se conocen con el nombre de “El Niño”, debido a que, según las observaciones tradicionales, se atribuyen a variaciones térmicas en el mar, por la influencia de las aguas cálidas del norte, que anualmente, cerca del solsticio de verano, a fines de Diciembre, se hacen presentes frente a las costas norteñas del Perú. Cuanto más avanzan estas aguas hacia el sur, la temperatura es más alta en el mar y sus efectos más fuertes. Es una oscilación térmica que se da en la superficie marina del océano Pacífico y que favorece el desplazamiento de las corrientes ecuatoriales. Eso altera las condiciones establecidas por la vecindad de la corriente fría de Humboldt y desestabiliza la vida de las gentes, los animales y las plantas, más bien habituados al clima sub-tropical ligado a los mares fríos.

El gran problema con estas oscilaciones es que no son regulares, es decir que, hasta donde sabemos, no se producen de manera fija cada cierto número de años. Aveces hay uno o dos “Niños” catastróficos en un siglo, aveces más; pueden repetirse cada 10 o 28 años. Es aleatorio y, por tanto, de difícil predicción. Casi como lo son los temblores de tierra. Sin embargo, todo indica que en el Perú, en tiempos antiguos, se encontraron ciertos indicadores predictivos sobre estos eventos, no tanto en lo referente a los “meganiños” catastróficos, sino en el control anual de estas oscilaciones, porque ocurre que ellas se dan a lo largo de todo el tiempo, con diferencias en la magnitud de sus efectos sobre el clima. Dicho de una forma simple: todos los años El Niño se presenta en las costas peruanas, con efectos relativamente predecibles sobre lo que ocurrirá cada verano. En términos gráficos, todo el tiempo hay curvas de oscilación, unos años son de flujo y otros de reflujo, sólo que esos flujos y reflujos no son constantes y unos años pueden subir mucho y adquirir los tonos catastróficos que conocemos. Obviamente, a los agricultores y pescadores les será más importante conocer las oscilaciones “medias”. Para eso, produjeron calendarios especiales.

Ahora sabemos que el fenómeno El Niño no afecta solamente al Perú y el Ecaudor, sino que sus efectos cubren toda la cuenca sur del océano Pacífico (Asia, Oceanía y América del Sur) e influyen también en el comportamiento climático de ciertos territorios en el Atlántico. La forma particular de sus efectos en el mundo andino, se debe a la relación que estas alteraciones tienen con la presencia de la corriente fría de Humboldt, que corre paralela a nuestras costas. Según sabemos, este fenómeno -llamado ENSO: El Niño Southern Oscillation) es muy anterior a Chavín y presumiblemente contemporáneo al Holoceno (9000, a.C.) o aun más viejo. Según esto, el nacimiento de la civilización andina se dio cuando ya existían las condiciones climáticas azarosas que se generan con estas oscilaciones.

Introducción a los estilos Chavín

Chavín es un sitio, una época de historia antigua y un estilo de arte. Al decir un estilo, estamos generalizando mucho; es como decir que hubo un sólo estilo en el Renacimiento. En realidad, se trata de varios estilos o de diversas modalidades de los mismos. Esto ha causado mucha confusión, debido a que se han ido descubriendo poco a poco y de algún modo todos eran considerados como “estilo Chavín”. Eso incluyó estilos, como el Cupisnique de los valles de la costa norte, que también eran considerados como una modalidad costeña de Chavín, siendo que son diferentes aunque tengan varios elementos y rasgos comunes, derivados de sus obvias relaciones y coetaneidad.

Chavín es un estilo que se presenta en varias modalidades, no sólo en los diversos lugares donde aparece, casi en todo el norte y centro del Perú, pero también en el mismo centro ceremonial de Chavín de Huántar, donde se halla concentrada la mayor cantidad de obras de arte de ese estilo. Debido a esta concentración y también porque fue el primer lugar donde se identificó, esta forma del arte se llama Chavín. Julio C. Tello fue quien le dio coherencia histórica, aun cuando ya tanto el “Lanzón” como la Estela Raimondi eran conocidas desde el s. XIX y esta última era un símbolo de la antigüedad peruana, traída a Lima en la segunda mitad de ese siglo, para ser expuesta.

El primero en hacer distinciones dentro del estilo Chavín fue Alfred Kroeber, en 1926, cuando separó un estilo “M” (“mayoide”) de otro “N” (“nascoide”); el primero referido al Obelisco Tello, que ahora es conocido como estilo Dragoniano, y el otro a la Estela Raimondi, que ahora es parte de un Estilo tardío de la fase EF. Esta secuencia en 4 fases: AB, C, D y EF, fue propuesta en 1962 por John H. Rowe, con una primera definición de las pautas artísticas que le caracterizan. El Obelisco fue ubicado en la fase C, en tanto que las litoesculturas del Pórtico de las Falcónicas se ubica en la fase D; el Lanzón en la fase AB.

Gracias a los hallazgos de la Galería de las Ofrendas, ha sido posible aislar 4 estilos o modalidades del estilo Chavín que coexistían, que se ha bautizado como: Ofrendas, Floral, Dragoniano y Qotopukyo. Cada una de ellas con sus rasgos propios, expresados fundamentalmente en ceramios que fueron, claramente, hechos por personas distintas aunque posiblemente en el mismo centro ceremonial de Chavín. Richard Burger encontró una secuencia de cerámica que bautizó como Urabarriu, Chakinani y Urabarriu, en la que, desde luego, están presentes estos 4 estilos, dominantemente en su fase Urabarriu, la más antigua.

En tanto que el estilo Ofrendas es una versión vulgar, generalizada, de la alfarería chavinense, y se puede decir que existió a lo largo de toda la historia de Chavín, el estilo Floral, cuya base tecnológica y morfológica es la misma que Ofrendas, es la versión fina y elegante de aquel estilo y por tanto también debe esperarse que sus personajes y otros rasgos del estilo se presenten en toda la secuencia, con sus variantes respectivas. Son muy diferentes, en cambio, los estilos Dragoniano y Qotopukyo, cuya dispersión es restringida y que, según parece, se vinculan más con los temas litúrgicos propios de Chavín de Huántar, asociados al Obelisco Tello y el Lanzón, es decir al Viejo Templo o fases AB y C de Rowe. El estilo dragoniano de la Galería de las Ofrendas, debiera considerarse como una versión tardía de la fase C, contemporánea con las lápidas grabadas de la Plaza Circular.

Las aves rapaces, los felinos y las serpientes son los elementos que sirven de base al estilo Chavín. Las formas y los ornatos se derivan de las partes y atributos de estos seres. Pero ninguno de ellos son en sí mismos objetos de culto. A la par que los felinos, las aves, como tales, aparecen siempre como seres secundarios, como los ángeles o los guardianes de los dioses. Estos animales, con atributos sagrados, están en las cornisas, en los zócalos e incluso en algunas piedras del paramento. De modo excepcional las serpientes aparecen también individualizadas, aun cuando casi siempre la serpiente aparece sólo como un atributo de los otros personajes: sus pelos, plumas, aletas, cinturones u otros.

En la mitología andina que se preservó a lo largo de los siglos, sobreviven los tres personajes, como guardianes de las cosas del mundo; las serpientes -Amaru y Machakway- pueden volar o no, ser inmensas o no. Las pequeñas serpientes nacen de los cabellos que las gentes pierden y una prueba de eso aparece en los estanques, donde se transforman en millones de pequeñas culebras.

Aparte de eso, en todas las modalidades del estilo Chavín, hay ciertas reglas que se obedecen canónicamente.

El estilo Dragoniano

El nombre de “dragoniano” se deriva del hecho de que en el centro de esta modalidad del estilo Chavín, hay una imagen mayor, en torno a la que giran los demás iconos que constituyen el “corpus” de esta modalidad. Este estilo tiene su presentación más compleja en el Obelisco Tello, que fue también considerado hace muchos años, como “estilo Chavín N” por el arqueólogo A.L. Kroeber, por el parecido que él le encontraba con el arte Maya.

Aparte del Obelisco, hay varias litoesculturas que fueron grabadas con diseños y rasgos propios de este estilo y que corresponden a la época más antigua del estilo. Es un estilo de larga duración, pues debe haber nacido hacia el año 1100 a.C. y continuado por unos 400 años. En la Galería de las Ofrendas se ha hallado un importante lote de vasijas de este estilo, en un contexto que data del año 800 a.C., cuando ya estaba plenamente maduro. Uno o dos siglos después se desintegraría y sería reemplazado por otros estilos. Está asociado al culto a un Dragón con cabeza de Cocodrilo que, a su vez, parece vincularse con el culto en el que eran importantes los moluscos de los mares cálidos del norte, tales como el Spondylus y el Strombus, que al parecer servían al culto al agua. Todos los iconos dragonianos -lagartos, serpientes, peces, aves y felinos- parecen vinculados a este culto en la mitología andina.

Hay dos tipos de “dragones”, uno cuya cabeza es la del inmenso lagarto o cocodrilo que vive en los ríos de la cuenca del Guayas; otra, cuyo rostro tiene unos “ganchos” y que se considera que puede ser de una serpiente. Ambos son míticos y resultado de una combinación de rasgos imaginarios de muchos seres reales o no. Ambos aparecen también con cuerpos y posiciones diferentes, siendo el Cocodrilo más formal, en tanto que el otro tiene muchas variantes, e incluso se reproduce a sí mismo en sus versiones de Ser alado o sin alas. Es hijo del Cocodrilo, y hay varias escenas de su parición.

El estilo Dragoniano no es muy común fuera de Chavín; aparece sólo en piezas muy especiales en otros templos de la época, especialmente en la costa central, en donde hay una versión “tosca” del estilo en lugares como Ancón y Garagay.

El estilo Floral

Es una de las modalidades del estilo Chavín, que se presenta tanto en la litoescultura como en la cerámica de Chavín de Huántar. Es un estilo que aparece durante mucho tiempo y posiblemente acompaña el arte chavinense desde sus orígenes hasta su declinación plena. Los iconos que más le caracterizan son los que representan una aves con las alas desplegadas y una cabeza que combina el pico de las rapaces con una boca con colmillos, junto con los de unos felinos con manchas como las de los jaguares, y una permanente presencia de serpientes. Todos estos personajes tienen rasgos muy naturalistas, lo que hace que sean de fácil identificación. Aparecen con frecuencia en las cornizas y lápidas que cumplen una función ornamental en los templos. Los hay tanto en las litoesculturas del Viejo Templo como en las del Templo Nuevo.

Si bien son esos iconos los motivos centrales de este estilo, se destaca la presencia de unos diseños trifolios, similares a los de una “Flor de lys”, que son los que indujeron a bautizar al estilo como Floral. Está acompañado con el uso muy frecuente de volutas y otros elementos decorativos curvilineales, que logran una sensación de movimiento.

En la Galería de las Ofrendas se encontró un significativo lote de vasijas decoradas con diseños de este estilo. Si bien la cerámica está hecha con las mismas técnicas que el estilo común llamado Ofrendas, Floral es una modalidad elegante, donde las formas y el acabado de las piezas son muy refinados. Son comunes los floreros, igual que los platos y fuentes grandes y muy adornados, con decoración incisa y pintada, que a veces cubre toda la pieza, externa e internamente, usando texturas de diverso tipo para lograr contrastes en las superficies decoradas.

El estilo Raku: Cupisnique en Chavín

Raku es el nombre que se le da a unas piezas de estilo Cupisnique, de la costa norte, que se encuentran tanto en Chavín como en diversas otras partes del Perú, entre Lima y Lambayeque. Es una modalidad de Cupisnique, que está representada en Chavín por unas pequeñas botellas, mayoritariamente con un gollete en forma de estribo.

Es una cerámica característicamente Gris claro, muy delgada, que tenía la superficie ahumada, negra y brillante, decorada con desniveles, ya sea con incisiones, excisiones o modelado. Hay tres variantes de este estilo; una, es de botellas con superficie lisa, con incisiones delgadas, hechas después que la vasija estaba seca, antes de cocerla y donde los diseños son preferentemente de cabezas humanas aisladas o amarradas unas con otras; otra, donde la decoración es con unas cintas o cordones en relieve, que tiene unos personajes que cubren los cuerpos y aun los golletes de las botellas, y con golletes gruesos, con bordes prominentes, donde se representan serpientes, felinos y aves, en versiones muy diferentes a las del estilo Floral. Finalmente, la tercera, que tiene las formas y la decoración más típicas de Cupisnique, con incisiones en pasta húmeda y los diseños que aparecen en la cerámica de Trujillo.

Además del estilo Raku y del Wacheqsa, hay varias piezas en la Galería de las Ofrendas que obviamente proceden de los valles de la costa norte y varias de ellas adscribibles a Cupisnique y sus variantes locales. Unas son, seguramente, de Lambayeque y alguna de Jequetepeque.

Al igual que Raku, Wacheqsa es también una cerámica de estilo Cupisnique, que corresponde a la modalidad que en Chicama fue identificada como “Cupisnique Transitorio”, que en Virú se conoce como “Guañape Tardío” y que en el valle de Moche acompaña a la Huaca de los Reyes. Se caracteriza por el color rojo intenso de su superficie, que está usualmente decorada con una pintura de color metálico, negro grafitado. Las formas dominantes son botellas con golletes en forma de estribo, de contorno rectangular o globular o con formas de frutas modeladas; hay también cántaros y cuencos, con figuras geométricas incisas y pintadas o simplemente pintadas.

Hay dos variantes en este estilo, al igual que en Raku, con formas y decoración diferentes. El segundo estilo es de botellas de cuello ancho y gollete con un grueso reborde, cuya característica más notable es que toda la superficie externa está pintada con grafito, lo que combinado con la tendencia de presentar diseños en relieve, le da aspecto metálico. En esta variante, los motivos de diseño son muy parecidos a los de la variante Chicama del estilo Cupisnique.

El estilo Mosna y otros estilos

Mosna es un estilo de arte particular de la sierra norte, muy popular en los valles de Cajamarca y el alto río Jequetepeque y, por tanto, probablemente de esa procedencia. En Chavín, aparece como un conjunto de piezas foráneas, del mismo modo como ocurre en otras partes de Ancash y Huánuco.

Es un estilo bien diferente a los que usualmente se asocian a Chavín, es una alfarería sobria, de color anaranjado claro, pintada con una gruesa pintura roja, con diseños muy abstractos, en los cuales se puede advertir una cierta conexión con personajes chavinenses tales como el águila, la serpiente y aparentemente también el felino. Un diseño afín a este estilo, apareció en un mural de la Huaca Lucía, en Lambayeque y su edad está probada por su constante presencia en sitios de esta época.

Aparte del estilo característico, que en Cajamarca se identifica como “Huacaloma Rojo sobre Naranja”, en Chavín se encontró además una variante, que se diferencia del estilo mayoritario porque usa la pintura roja para decorar fondos y delimita los diseños con incisiones, puntuaciones y otros recursos que son propios de los estilos chavinoides.

Junto con el estilo Mosna, en la Galería de las Ofrendas se han hallado otras piezas de estilos diferentes a Chavín y Cupisnique, como el llamado Pukcha, que tiene cerámica tricolor muy fina, o el Puca Orjo, que parece una imitación local de vasijas de los estilos Cupisnique, con golletes en forma de estribo.

La arquitectura del templo antiguo

Debido a que recién se ha iniciado la segregación de esta fase, ya que el Templo Nuevo fue construido sobre éste, la identificación del Templo Antiguo está incompleta. En realidad, sólo se ha reconocido el volumen principal -en forma de U y con la imagen de un gran ídolo tallado en piedra que usualmente conocemos como Lanzón en su interior- y un atrio con cornisas y cabezas talladas en piedra en cuyo centro hay una plaza circular hundida a la que erróneamente algunas personas llaman “anfiteatro”. De los otros edificios e instalaciones sólo tenemos vestigios e indicios.

De acuerdo con el conjunto de datos disponibles hasta ahora, además del cuerpo central, el templo tiene dos plataformas anexas: una, al norte, próxima al ala izquierda mirando hacia el exterior, llamada Templo Norte o sector D, y otra, al sur, más larga y alejada, llamada sector F. Otros indicativos permiten extender el área del Templo Antiguo hasta el extremo norte del pueblo, en la zona llamada Urabarrio, donde hay una consistente presencia de la cerámica que Richard Burger llamó Urabarrio por esta causa. Allí, Marino González encontró construcciones megalíticas y galerías de estilo Chavín.

El Templo Antiguo sufrió una serie de modificaciones que variaron las formas del proyecto arquitectónico original. De acuerdo a nuestros datos, la plaza circular hundida inscrita en el atrio es parte de una plataforma agregada encima de la primera versión de éste, de la cual sólo tenemos algunos vestigios por confirmar. Esta plataforma agregada, con sus lápidas finamente talladas y grabadas, con sus galerías de las Ofrendas, las Caracolas y el Campamento, corresponde al parecer a la última fase del Templo Antiguo. A este añadido se suman otros en las alas, como uno en la sur, con galerías como la de las Vigas Ornamentales, que tiene dos de estos elementos con figuras grabadas de animales míticos marinos.

Algunas evidencias sueltas, como la de una inmensa columna de roca negra, rota en muchos fragmentos y enterrada, señalan estructuras ahora desconocidas. Esta columna, de casi 1 m de diámetro, presenta figuras grabadas en el viejo estilo Chavín.

El Templo Antiguo contaba con una bella ornamentación. La plaza circular hundida tenía un muro en cuyo frente occidental, donde alumbra el sol naciente, había dos hileras de lápidas grabadas: la inferior, de piedras de distintos colores, con figuras de felinos y la superior con una procesión de personajes que parecen ser músicos y danzantes. En esta plaza circular, en el centro, pudo haber estado el Obelisco Tello.

La plaza circular hundida y sus frisos

La plaza circular hundida, enlosada con piedras amarillas, es un espacio sagrado ubicado en el centro de una plataforma cuadrada y a 2,10 m de profundidad. Tiene 21 m de diámetro y está dividida en dos mitades, una occidental, pegada a la plataforma central, y otra oriental. El muro occidental estuvo cubierto por dos series continuas -una encima de otra- de lápidas grabadas, la de abajo, de unos 30 cm de alto por 60 cm de ancho, con imágenes muy realistas de felinos vistos de perfil, y la de arriba, de alrededor de 60 cm de lado, con personajes organizados en una suerte de procesión en la que aparecen unos trompeteros o tocadores de pututu -una caracola marina de sonido profundo-, un portador de una rama de cactus San Pedro y otros danzantes.

En las lápidas superiores, la procesión de los músicos y danzantes está grabada a ambos lados de la escalinata occidental de la plaza circular y sólo en este hemiciclo. Ahora sólo quedan 5 , pero debieron de haber 14 en cada lado. Ellos -también los felinos de la parte inferior del muro- se dirigen desde los dos lados hacia el centro, de modo que los que vienen del norte caminan hacia el sur y viceversa. Miran hacia la escalinata, aunque hay al menos uno -o dos- en cada lado que mira hacia el centro de la plaza, donde debió de estar clavado el Obelisco Tello. Es decir que, mientras que los demás están de perfil, estos últimos están de frente. Los músicos y danzantes iban muy bien ataviados, con coronas, mantos y adornos simbólicos que seguramente hablaban de sus dignidades.

Los felinos, en las lápidas inferiores, caminan todos, desde el norte y el sur, hacia la escalinata. Sus cabezas son básicamente iguales, pero sus cuerpos, por parejas, son diferentes. Están individualizados, de modo que cada uno debe de haber representado algo distinto. Es tentador pensar que representaban constelaciones o fuerzas cósmicas diferentes. Los felinos acompañaban desde abajo a los dignatarios, quienes ocupaban un lugar destacado en la procesión.

Todos -músicos y danzantes, y felinos- avanzan hacia el centro, siguiendo la misma dirección que la sombra del Obelisco por las mañanas a lo largo del año. En el solsticio de invierno (21-24 de junio), cuando va a empezar el año agrícola, la sombra apunta hacia el sudoeste y “camina” hacia el centro, donde se encontraría el Obelisco.

La Arquitectura del Templo Nuevo

Este es el edificio más conocido de Chavín. Es la versión final de todos los proyectos arquitectónicos que se condujeron en Chavín. Si bien tiene una organización del espacio que sigue el mismo eje Este – Oeste del templo antiguo, mirando hacia el oriente, que en este caso coincide con el curso del río Mosna, se trata de un proyecto distinto, en donde las instalaciones anteriores pasaron a un nivel subsidiario o fueron cubiertas o destruidas.

El templo nuevo tiene su núcleo principal en una inmensa plataforma tronco-piramidal, que es el Templo Mayor, que se formó a partir de varios agregados al ala sur del Viejo Templo.

El edificio estaba totalmente rodeado por una cornisa de piedras que tenían imágenes de aves, serpientes y felinos, grabadas en sus lados visibles, y que estaban inmediatamente encima de unas cabezas antropomorfas esculpidas en piedra y adheridas al muro a las que conocemos como “cabezas-clavas”. Todo eso a unos 12 ms. encima del piso, en la zona donde eran visibles unas finas piedras labradas que servían de enchape cara-vista del templo.

No tenemos información muy clara sobre esto, pero todo indica que a unos 4 ms. por debajo de la cornisa, el exterior del templo estaba enlucido y no dudamos que además estaba cubierto por una serie de imágenes modeladas en barro y pintadas con muchos colores. Ocurre esto en sus homólogos de la costa (Moxeke, Garagay y otros). Además, los ocho metros inferiores del paramento están hechos con piedras toscas que obviamente no eran “cara-vista”. En las excavaciones se han encontrado restos de gruesos y bien acabados enlucidos, muy fragmentados. Algunos de ellos mostraban improntas de sogas y cañas en su lado interno, a la par que en varios fragmentos era posible deducir modelados de imágenes curvilíneas pintadas. En el tercio inferior, en la zona de los zócalos, el templo estaba adornado con lápidas, columnas, pórticos y voladizos que tenían personajes grabados en sus caras visibles.

El Templo Nuevo tenía un pórtico espectacular, al que se accedía mediante una secuencia de escalinatas que venían prácticamente desde el río. El pórtico estaba formado por dos columnas de piedra negra -cilíndricas y totalmente grabadas con imágenes de águilas humanizadas- que sostenían un dintel-voladizo formado por al menos tres lozas que -a su vez- tenían grabadas las imágenes de 7 falcónidas de perfil, de un lado, y probablemente otras 7 convergiendo desde el lado opuesto.

El pórtico estaba flanqueado por un zócalo de unos dos metros de alto, formado por lozas de piedra clara hacia el sur, y de piedra oscura hacia el norte. Era la base de un muro que protegía las escalinatas por el exterior, formando, de este modo, una galería con escalinatas, igual a la que se conserva aun en el lado norte del Templo Mayor. Esta galería con dos escalinatas, se iniciaba en el pórtico, ascendiendo hacia la cima de la pirámide, donde se encontraban dos recintos cuadrangulares y el ingreso a varias de las galerías del templo. Delante del pórtico había un pequeño atrio rectangular, cuyo muro perimetral estuvo también cubierto con lozas grabadas con una serie de personajes obviamente ligados al culto.

Hacia el oriente se abre una gran plaza cuadrangular, de 50 ms. de lado, con una escalinata al centro de cada lado, donde hubieron ornatos que hoy están perdidos. La escalinata occidental, que da acceso a la plataforma sobre la cual está el pequeño “Atrio de las Lápidas”, tenía un pórtico con dinteles grabados con la imagen de unos personajes que bien podrían ser de felinos en parejas o, como sugieren algunos arqueólogos, de unos muy estilizados caimanes o cocodrilos (?). Cerca se encontró una columna cilíndrica, pero no tiene grabados.

La plaza está rodeada de una plataforma, pero además tiene dos plataformas laterales más altas -al norte y al sur- con lo cual se obtiene una nueva versión de edificio en forma de “U”. Si bien ahora ya casi no existe, hasta antes de 1945 se observaba una cadena de recintos rectangulares, a modo de las celdas que hay en las galerías, en el extremo oriental del eje que cruza el centro de la pirámide y la plaza.

Hay mucho más. Las terrazas, galerías, canales y otros restos arquitectónicos son aún reconocibles en los alrededores del templo, hasta cubrir toda el área triangular que está entre los dos ríos.

Explicación de la ubicación cardinal de las edificaciones

La orientación de los edificios construidos en los centros ceremoniales de la época Chavín no estaba determinada por el asar, sino, muy por el contrario, era parte de la razón por la que ellos fueron construidos. Para el estudioso más lego, basta constatar que todos los edificios siguen una misma orientación, aun cuando ellos se construyan a grandes distancias

Casi siempre, el orden de los edificios o los muros, de sus pasajes o plazas, así como las sombras de sus muros y plataformas, tiene algo que ver con algún fenómeno cósmico o natural. Un buen punto de referencia pueden ser el lugar donde está una alta montaña, donde mora el gran Apu Wamani (el Ser tutelar, que cuida del bienestar de los habitantes de la tierra), o donde se encuentra la “paqarina”, que es una cueva o un lago, donde los mitos dicen que nacieron los primeros habitantes. Son fenómenos naturales que cunden en el espíritu de la gente.

Pero los fenómenos cósmicos más lejanos, suelen ser más precisos para las prácticas cotidianas de los pescadores, los agricultores o cualesquier habitante del planeta Tierra. El lugar donde “nace” el Sol está en el oriente o “levante”, pero nunca es el mismo; tampoco lo es en el occidente o “poniente”. En el curso del año, el punto donde nace o muere, cambia, desde el sudeste hasta el sudoeste y viceversa en el oeste. En realidad, está sólo unas pocas horas en el Este, dos veces cada año, sobre el equinoccio; en cambio se queda dos o tres días sobre los trópicos de Cáncer o Capricornio, cuando comienzan el invierno y el verano, que en términos del Perú son las épocas de sequía y de lluvia en la sierra, de bajada de los ríos o de cauces secos en la costa. Todo nuestro calendario se acomoda a eso.

Todos los astros nacen en oriente, de donde viene la lluvia, y mueren en el poniente, en el mar, más allá de los desiertos de la costa. Por eso, no es nada casual que los muros y los vanos de los edificios chavinenses, o algunas partes de ellos, estén orientados hacia el nordeste, el sudeste o el Este. Aparte de la función esotérica que ello pueda cumplir, la función práctica de hacer accesible las fechas del año, es fundamental para la producción. El éxito de un centro ceremonial como Chavín, debió estar asociado al acierto de sus predicciones climáticas: años secos, lluviosos o desastrosos, en la vida de los Andes, requieren de un calendario preciso. Los “oráculos” sirven para eso.

En el centro del templo principal, en el interior, a más de 15 metros de distancia de la luz solar, en un recinto estrecho y absolutamente oscuro, está el ídolo del Lanzón; una imagen sagrada, en forma de un ser humano, que saluda con la mano derecha, mirando al oriente. Todo es obscuridad, hasta que una mañana cada año, o tal vez dos, la luz del sol, penetrando hasta la estrecha galería, iluminaría la imagen, directa o indirectamente, por unos breves instantes. Eso debía ocurrir cada año, un día que resultaba significativo para el complejo calendario andino. Podía ser cuando el sol nace cerca del sudoeste, hacia fines de octubre o comienzos de noviembre; cerca quizá del “día de los muertos” del calendario cristiano”. ¿Sería el inicio de las lluvias?, es el fin de la cosecha. El sol nace en ese punto dos veces; la otra fecha debe estar entre fines de febrero e inicios de marzo, ¿cerca tal vez del carnaval de los cristianos?. Acaban las lluvias y se inicia la cosecha de los cultivos tempraneros.

Explicación de la forma constructiva

Los templos están construidos a base de grandes rellenos de piedra y tierra, los que eran depositados entre muros que cumplían una función medianera, de contención. Estos muros eran de mampostería irregular, con piedras similares a las de los rellenos, con los que se confunden en algunos casos, estaban unidos con una tierra arcillosa igual a la del relleno. Al parecer, los muros de contención se construían dentro de un régimen regular, en retículas de dimensión variable.

Algunos espacios por rellenar eran dejados libres, poniendo grandes piedras sobre muros vecinos, a manera de vigas, con lo que se formaron unos recintos angostos, a modo de pasadizos o galerías, cuyas paredes eran enchapadas con piedras seleccionadas o simplemente cubiertas con una gruesa capa de revoque, que suavizaba las irregularidades, aveces muy graves, del paramento. Las vigas eran de piedras anchas y gruesas, siempre de 80 o más centímetros más largas que el ancho del pasaje. Todo indica que también estaban cubiertas con barro, según los restos que quedan de los revoques.

Las galerías formadas de esta manera, se convirtieron en un elemento muy importante de los edificios, logrando con ellas cubrir varias funciones, desde canales de drenaje para evacuar las aguas de lluvia, hasta recintos secretos, ductos acústicos, ventiladores y seguramente almacenes y depósitos de ofrendas. Por tanto su altura -más que su ancho- varía de acuerdo a su función; en algunos casos es de un alto superior a la altura promedio de un hombre, es decir de 1.80 m. o más, pero en otros es apenas de 50 cm. o menos, si se trata de un ducto de ventilación o de drenaje. El ancho de las galerías obedece más a la técnica de la construcción, de modo que hay una cierta tendencia modular, que hace que la mayoría de estos pasajes sean angostos, con un promedio de 1 m. de ancho en los que tienen techos altos; los ductos, de techos bajos varían más, según las calidades de su función, pero tienden a ser más angostos que 1 m.

Sin duda, las “galerías” son un aspecto notable de la arquitectura chavina, en la medida en que es un elemento poco frecuente en otros lugares y épocas. Un procedimiento similar se aprecia en unos pocos edificios de esta misma época en el norte del Perú, pero cuando aparecen son elementos raros y aislados, a diferencia de Chavín, donde son numerosos y característicos. En algunas épocas de las regiones vecinas, como la de Recuay, existen “soterrados” parecidos, pero usualmente son mausoleos o pequeños graneros.

Los exteriores de los templos eran enchapados con piedras labradas con las caras paramentales planas. Hay sectores en donde tal enchape es “cara vista” y las piedras tienen un acabado exquisito, con las caras pulidas y los ángulos refinados en escuadra; otros enchapes más toscos servían obviamente para acabados enlucidos, que según los datos de las excavaciones en el Atrio del Viejo Templo, eran de arcillas que estaban además pintadas de colores crema y rojo (entre los fragmentos identificados).

Cara-vista o no, los paramentos exteriores son impresionantes por el tamaño y calidad del material empleado. Se trata de enchapes megalíticos, que a la par que le daban solidez a los rellenos que constituyen el núcleo de la construcción, ellos mismos -dispuestos en talud- formaban una sólida edificación, gracias a que tenían un aparejo concertado, que se armaba a partir de grandes bloques combinados con unos más pequeños, cementados con arcillas de alto nivel de cohesión.

Algunas de las piedras del paramento tienen 3 o 4 ms. de largo, aunque en promedio son de 1.50 ms. o menos, con un ancho modular que hace posible su alineamiento en hiladas de grosor alterno. Parece que en el templo antiguo era dominante una alternancia 1-2-1, es decir de hiladas de ancho simple alternas con unas de ancho doble, mientras que en el templo nuevo estaba generalizada una alternancia 1-1-2-1-1, consistente en dos hiladas de ancho simple por una de ancho doble. Esta diferencia cronológica no parece, sin embargo, generalizable hasta que se hayan hecho más exámenes de la superposición de paramentos; además, parece que en el viejo templo se usaron ambos tipos de paramento, prefiriendo el último para los de fino acabado.

Explicación de las construcciones subterráneas

Las macizas plataformas piramidales de Chavín, si bien son en efecto “macizas”, tienen una serie de pasajes y galería interiores, a modo de soterrados o sótanos, que se desplazan en los ejes este-oeste y norte-sur de los edificios, junto con otros similares que hay en los alrededores, debajo de los templos o en sus costados.

Varias de estas “galerías” son en realidad ductos de drenaje, que sirven para recoger el agua que se almacena en la superficie, por las lluvias o transporte artificial, y luego conducirla, por una suerte de gran desagüe, hacia el cauce del río Mosna, donde desemboca por una galería que está construida a un nivel más bajo que el del agua del río, de modo que no se aprecia realmente su punto de salida. De allí se deriva la historia de que existe una galería que pasa por debajo del río. Cuando el río está calmado, se puede apreciar la boca del gran desagüe en las orillas al pie del centro ceremonial.

Hay una hipótesis que indica que algunos de estos ductos fueron alimentados artificialmente con agua, desde el río Wacheqsa, para, luego de disponer su ascenso a la parte superior de una de las plataformas, soltar el agua por unos ductos, con una fuerte pendiente, especialmente construidos para producir ruido. De este modo, el “templo tronaba” o “hablaba”. Un experimento físico dio como resultado un ruido similar al que hace el rugido de un león africano; entre los animales sudamericanos, el único cuyo rugido es similar, es el cocodrilo de la costa ecuatorial, que vive entre el río Chira y el Guayas y Babahoyo. Es un animal inmenso, que llega a tener más de 5 ms. de largo y que es carnívoro y muy agresivo. Su rugido se escucha hasta 1 km. de distancia, según dicen los guardianes de una reserva que hay en el Babahoyo. En el obelisco Tello, están las imágenes de un cocodrilo macho y otro hembra, asociados al mullu y el pututu-que se extraen de la misma región de los cocodrilos- y también al jaguar, las serpientes y otros fantasmas, cuyos atributos de ferocidad, combinados, sirvieron para construir un “Olimpo” de seres mágicos y poderosos.

Desde luego, no todas las galerías eran conductores de agua. También formaban recintos destinados para otros fines. En una de las galerías está el ídolo principal de Chavín, llamado El Lanzón, de modo que allí algunas personas actuaban para rendirle culto. Otras galerías cuya función desconocemos aun, podían recibir grupos pequeños de personas, pero lo que parece obvio es que nadie podía vivir en ellas de modo permanente. No sabemos si algunas pudieron servir de sepulturas. En el atrio del templo antiguo hay unas galerías donde se depositaron ofrendas para el templo y luego fueron selladas con piedras enormes; y estaban cuidadosamente diseñadas para ese fin. Esa era la función de la Galería de las Ofrendas, y también lo era de las otras galerías que hay en torno a la plaza circular. Eran como sepulturas.

No se trata de construcciones muy complejas. En realidad son parte de la red de estructuras que se habilitaban para producir una maciza pirámide: se hacía un “emparillado” de muros, luego se rellenaba con piedras y barro los espacios de la “parrilla”, dejando algunos de esos espacios libres. Eso era una galería. Luego se ponía vigas de piedra encima del espacio vacío y más lodo y piedra y una nueva parrilla encima.

31B. La galería de los Laberintos. Éste es uno de los muchos complejos de pasajes subterráneos que tiene el templo de Chavín. Algunos de ellos, como la Galería del Lanzón, en forma de cruz, servían como un oratorio donde se guardaba la imagen de la divinidad u otros personajes sagrados. Otros, servían para funciones litúrgicas que desconocemos, y algunos eran lugares donde se depositaban ofrendas. Generalmente, se trata de pasajes alargados que tienen a sus lados unos espacios a manera de celdas.

En relación con el viejo templo, aparte de la galería donde estaba la Gran Imagen, había al menos tres complejos de pasajes, uno de ellos al lado de la galería del Lanzón, al que hemos bautizado como “Galería de los laberintos”, por su extraña configuración.

Introducción a la litoescultura

El arte lítico chavinense no es propiamente escultórico, pese a que existen más de cien esculturas de cabezas monstruosas, humanas, de animales, etc. Se trata en realidad de un manejo de superficies planas, en donde se graban imágenes relacionadas con el culto. Es un arte asociado a la arquitectura, aunque algunas piezas son obviamente independientes de ella, como es el caso del ídolo principal, que si bien está dentro del templo, obviamente fue esculpido con independencia de una función de columna, enchape de muro, viga, cornisa o algo similar; ocurre igual con piezas como el “Obelisco Tello”.

La litoescultura o lapidaria chavinense fue y es el paradigma del estilo llamado “Chavín”; lamentablemente hay pocos objetos iguales en otras partes, esto determinó que los términos de comparación con la cerámica u otros materiales, fueran sumamente arbitrarios, de modo que se produjeron muchas interpretaciones confusas y se concedió al estilo una extensión mayor de la que tiene. Eso favoreció a que se construyeran hipótesis tan ambiciosas como la de considerar a Chavín como la “capital” de un imperio, con un ámbito muy vasto de dominio. Todavía hoy, el llamado “Horizonte Temprano”, es confundido como la etapa de expansión de la cultura Chavín a nivel pan-peruano.

John H. Rowe (1962), logró hacer una segregación cronológica de las litoesculturas de Chavín, utilizando su asociación con las diversas fases constructivas del centro ceremonial y algunos rasgos estilísticos derivados de la secuencia que él y Lawrence Dawson habían construido para la cerámica Paracas-Ocucaje del valle de Ica.

AB, es la fase más antigua, representada por la Gran Imagen (“Lanzón”) que está asociada al viejo templo. Por razones de estilo se le asocia una cornisa donde aparecen unos jaguares y serpientes cuyos atributos se hacen extensivos a la fase.

C, es la fase relativa al “Obelisco Tello”, que si bien no tenía probanza directa cuando Rowe hizo el enunciado, gracias a las excavaciones en el “Atrio del Viejo Templo”, esta fase se ha confirmado, agregando numerosas lápidas grabadas con personajes antropomorfos y figuras de jaguares parecidas al de la Cornisa AB.

D, la tercera fase, está constituida por un grupo de litoesculturas asociadas al “Pórtico de las Falcónidas”, en el Templo Nuevo, entre las que destacan las columnas con imágenes de aves antropomorfas, el dintel-voladizo con falcónidas grabadas y las lápidas del atrio anexo al pórtico.

EF, la última fase, es la que por ahora aun no cuenta con sustento empírico y está representada sobre todo por la “Estela Raimondi”, un monumento que representa al “Dios de los Báculos”, divinidad muy popular en el sur andino.

Las evidencias disponibles no favorecen una hipótesis expansiva de la cultura Chavín, aun cuando parece ser cada vez más claro que el sitio fue un lugar muy poderoso en su tiempo, pero más bien centro de concentración y convergencia que de difusión.

El Lanzón Monolítico

En el centro del templo, dentro de un crucero subterráneo, está la escultura de una Gran Imagen, que era el personaje sobrenatural más importante del lugar. Algo equivalente a una divinidad. Es un ser antropomorfo, es decir con atributos propios de los seres humanos, pero dotado de rasgos de poder y fuerza que no tenemos los humanos: la boca con dos inmensos colmillos, las manos y los pies con garras, los cabellos y las cejas convertidos en serpientes vivas.

Tiene un tocado -o moño- formado por cabezas de grandes serpientes o felinos, y un cinturón de la misma composición. Está vestido con una “cushma” que termina en flecos a la altura de las rodillas, una esclavina sobre los hombros y adornado con grandes aretes anulares, un collar de muchas cuentas, pulseras y ajorcas. En la crisma tiene un pequeño hoyo circular con una protuberancia central, conectado con la parte superior del ídolo y encima de la nariz tiene una especie de ave o murciélago

El ídolo está clavado en el centro de un pequeño espacio de planta cuadrangular, en el centro de una galería oscura, en forma de cruz: a los lados -norte y sur- hay dos celdas angostas y atrás -al oeste- otra parecida. En las celdas hay unos pequeños nichos en las paredes y unas clavas salientes, como si hubiesen servido como soportes para alguna forma de iluminación. La celda trasera tiene un tubo que se dirige hacia el oeste y que permitía oxigenar el recinto cerrado.

Hacia el oriente hay un largo pasaje, de más de 12 m de largo, que nace en un vestíbulo que hay en la entrada al subterráneo. Allí, frente al ídolo, a 12 ms, hay un tubo de 40 cm de lado -cuadrangular- por donde entran aire y luz desde el exterior, por las mañanas, todo el año. El sol penetra por este tubo, muy temprano, y permanece por unos minutos; algunos días que penetra más y otros menos; hay meses cuando apenas entra la luz hasta unos pocos centímetros dentro del tubo y no llega al pasillo. En su estado original -previo a su desmoronamiento en el s. IV a.C.- el tubo pudo captar una mayor iluminación, debido a que el talud del muro era mayor que el actual. De ese modo, una o dos veces en el año, la galería podía estar iluminada, aun más si -como hacían los incas en el Qorikancha- cubrían los muros o parte del piso con láminas de oro que reflejaran el sol.

Es muy poca gente la que puede estar junta dentro del crucero. Desde las celdas laterales se puede apreciar la imagen del lanzón si se ilumina desde el Este; desde atrás sólo se ve la sombra del ídolo y quien estuviera adelante, cierra el acceso a la luz que viene del Este. Desde luego, puede verse también si se llevan antorchas, sólo que en un ambiente tan cerrado, el humo de las antorchas puede ser muy tóxico.

El Obelisco Tello

El Obelisco de Chavín es la escultura más compleja que se conoce en el Perú. Es una pieza alargada, prismática, de 2,52 m de altura, que tiene una sección de 40 cm que estaba dentro de la tierra, de modo que se fijaba, verticalmente, en el centro de la plaza circular.

En el obelisco está grabado un texto que gira en torno de un inmenso dragón que se presenta en dos versiones -masculina y femenina- una al lado de otra. No representa al Dragón como un personaje único, sino como parte de una escena en la que intervienen una gran cantidad de personajes. Es absolutamente claro que los sacerdotes de Chavín estaban en condiciones de hacer una extensa lectura de lo que allí estaba grabado. A nosotros se nos presenta con una enmarañada articulación de imágenes, unas dentro de otras, dentro de campos muy similares a los que tenían los “glifos” de antiguos pueblos que escribían sus historia.

El Dragón está dispuesto a lo largo del obelisco, con la cabeza mirando hacia arriba, un largo cuerpo que tiene un vientre en forma de una inmensa boca, llena de grandes colmillos que se cruzan. La cola es como si fuera de un pez y sus patas parecen las de un lagarto, con garras de cuatro dedos. Hay muchas diferencias menores entre las dos versiones, pero sin duda la más significativa está en el bajo vientre, en la región de los genitales. El macho, tiene un apéndice que eyacula, como si fuera un árbol; la hembra tiene un signo que parece una “S”.

La cabeza del dragón es la de un cocodrilo, con cuatro grandes colmillos que salen de su mandíbula superior y pasan por encima de la inferior. Éste es un detalle que diferencia a los cocodrilos de los caimanes, que esconden los dientes maxilares cuando tienen la boca cerrada. El Dragón debe pues referirse a la fiera que vive entre el río Chira y la cuenca del Guayas, en el Ecuador. No hay cocodrilos en otra parte de Sudamérica; no los hay en la Amazonía, en donde, en cambio abundan los caimanes. Esto liga al Dragón con el mullu (Spondylus) y el Pututu (Strombus).

Los tres son animales de mares ecuatoriales. En el Obelisco aparecen los dos moluscos asociados al Dragón macho: el mullu delante de su hocico y el pututu cerca de sus genitales. Frente a la versión femenina, hay dos personajes frente al hocico: un ave y un pez, y junto un felino (el aire, el agua y la tierra). Entre los tres personajes y la concha Mullu, al centro, hay un diseño que muestra una cadena de signos en “S”, muy similares a los que tiene el genital femenino (¿será algo ligado a la fertilidad?). Delante del brazo delantero del macho hay un signo en forma de cruz, igual al que tiene el ídolo del Lanzón en la crisma; frente al otro brazo, hay otra ave, que podría ser un loro.

Los tres personajes felino-ave-pez, la concha spondylus y los tres signos especiales, es todo lo que no está fuera del cuerpo del Dragón; son 7 imágenes independientes y autónomas. Las demás, que son muchas (65 en total; de modo que hay 72 grababas en la piedra), son partes de la compleja estructura corporal del Dragón. Cada una de las imágenes está ligada a las otras, formando parte del dorso, el cuello, las ancas, la cola o los brazos del monstruo. Además, cada uno de estos personajes “interiores” contiene otros, que son algo así como sus atributos. La mayoría de los personajes se duplican, uno en el cuerpo del macho y otro igual o semejante en el de la hembra. Casi todos tienen algún atributo de ferocidad, ya sea el colmillo o la garra, que deben ser signos de sacralidad. Pero hay también figuras de plantas, flores y frutos. ¿será un mapa de las constelaciones?.

Cualquiera que fuera la lectura de los personajes que están formando parte del cuerpo del Dragón con cabeza de Cocodrilo, lo que no deja dudas es que se trata de una imagen ligada a personajes que viven en las tierras húmedas tropicales del norte, incluyendo los felinos, las aves, peces y serpientes y, por cierto, los moluscos. Todos ellos forman parte de la mitología andina, que perduró hasta el siglo XVI, cuando llegaron los europeos al Perú.

Lo único que era requerido -como objeto- por los sacerdotes y los dioses, era el Mullu. Los peregrinos debían llevar el Mullu, que aparece asociado al gran Dragón y su contexto selvático y marítimo. Los mullus eran portadores del agua, algo así como mensajeros de los dioses del agua. El pututu anunciaba a quienes lo portaban y quizás hasta servía para “llamar” al agua. El obelisco, ubicado en el centro de la plaza circular o en cualquier parte, era un primitivo “Intiwatana” (reloj solar) que servía para indicar los días del año, los meses y las estaciones. Era también el que guardaba los misterios de todo eso, en un texto que sólo podían leer los iniciados.

El Pórtico de las Falcónidas

En la fachada del Templo Nuevo hay una portada, hermosa, que tiene en el centro dos columnas cilíndricas de piedra negra, que sostienen un dintel voladizo, a modo de cornisa, cuya mitad sur era de piedra blanca, en tanto que la del norte era de piedra negra. Hay tres escalones y una vereda que, igualmente, son de piedras blancas hacia el sur y negras hacia el norte.

Las columnas están íntegramente grabadas, con la imagen de dos aves míticas antropomorfas, una hembra al norte y un macho al sur. En la cara visible de la cornisa hay grabadas las figuras de siete aves que van de sur a norte y otras tantas en dirección contraria. Es más, con la misma altura de la portada, que tiene casi 3 m, hay dos hileras de lozas blancas al sur y negras al norte, que servían de zócalo a la gran fachada del templo.

Las aves son falcónidas, es decir representaciones de aves carnívoras, como los halcones, las águilas o los cernícalos, que abundan en los cielos andinos. No son, desde luego, retratos de especies vivas; por el contrario, si bien son sin duda falcónidas, están dotadas de una serie de atributos que las sacralizan o mitifican en función de los códigos chavinenses: tienen, detrás del pico, unas fauces felínicas, con grandes colmillos que se cruzan, sus plumas son serpientes o personajes con atributos de seres vivos. Además, su vientre es una gran boca llena de dientes con colmillos.

Las figuras no representan al mismo personaje; la primera es diferente, pero las que le siguen van en parejas, cada pareja con una falcónida particularizada. Están de perfil, como si estuvieran caminando. En cambio, las falcónidas de las columnas son del tamaño y la forma de un ser humano, con ropa humana, con alas desplegadas y la cabeza de “Waman puma” (una falcónida con atributos de felino). En el cuerpo de estos seres míticos hay una serie de otras pequeñas figuras, ya sea en forma de peces, aves muy pequeñas o cabezas monstruosas con grandes dientes, o simplemente bocas con colmillos. Las serpientes son abundantes. Un detalle interesante es que mientras que el macho aparece como caminando, con los pies uno tras otro, la hembra está parada, con las piernas abiertas y, según algunos arqueólogos, con el órgano sexual dentado.

Desde luego, no son las únicas representaciones de aves; hay muchas otras en el ornato de los templos. Las cornisas que coronaban todo el frente oriental de la gran pirámide tenían grabadas -en la parte visible- personajes similares, sólo que ellas eran aves y no seres antropomorfos; con las alas desplegadas, como si estuvieran volando. En la cornisa del lado occidental, en cambio, se ha encontrado imágenes del felino en las cornisas, junto a figuras de grandes serpientes.

El Pórtico de las Falcónidas

En la fachada del Templo Nuevo hay una portada, hermosa, que tiene en el centro dos columnas cilíndricas de piedra negra, que sostienen un dintel voladizo, a modo de cornisa, cuya mitad sur era de piedra blanca, en tanto que la del norte era de piedra negra. Hay tres escalones y una vereda que, igualmente, son de piedras blancas hacia el sur y negras hacia el norte.

Las columnas están íntegramente grabadas, con la imagen de dos aves míticas antropomorfas, una hembra al norte y un macho al sur. En la cara visible de la cornisa hay grabadas las figuras de siete aves que van de sur a norte y otras tantas en dirección contraria. Es más, con la misma altura de la portada, que tiene casi 3 m, hay dos hileras de lozas blancas al sur y negras al norte, que servían de zócalo a la gran fachada del templo.

Las aves son falcónidas, es decir representaciones de aves carnívoras, como los halcones, las águilas o los cernícalos, que abundan en los cielos andinos. No son, desde luego, retratos de especies vivas; por el contrario, si bien son sin duda falcónidas, están dotadas de una serie de atributos que las sacralizan o mitifican en función de los códigos chavinenses: tienen, detrás del pico, unas fauces felínicas, con grandes colmillos que se cruzan, sus plumas son serpientes o personajes con atributos de seres vivos. Además, su vientre es una gran boca llena de dientes con colmillos.

Las figuras no representan al mismo personaje; la primera es diferente, pero las que le siguen van en parejas, cada pareja con una falcónida particularizada. Están de perfil, como si estuvieran caminando. En cambio, las falcónidas de las columnas son del tamaño y la forma de un ser humano, con ropa humana, con alas desplegadas y la cabeza de “Waman puma” (una falcónida con atributos de felino). En el cuerpo de estos seres míticos hay una serie de otras pequeñas figuras, ya sea en forma de peces, aves muy pequeñas o cabezas monstruosas con grandes dientes, o simplemente bocas con colmillos. Las serpientes son abundantes. Un detalle interesante es que mientras que el macho aparece como caminando, con los pies uno tras otro, la hembra está parada, con las piernas abiertas y, según algunos arqueólogos, con el órgano sexual dentado.

Desde luego, no son las únicas representaciones de aves; hay muchas otras en el ornato de los templos. Las cornisas que coronaban todo el frente oriental de la gran pirámide tenían grabadas -en la parte visible- personajes similares, sólo que ellas eran aves y no seres antropomorfos; con las alas desplegadas, como si estuvieran volando. En la cornisa del lado occidental, en cambio, se ha encontrado imágenes del felino en las cornisas, junto a figuras de grandes serpientes.

El dintel de los jaguares

Cuando se sube desde la gran plaza cuadrangular, en dirección a la portada del templo mayor (Templo Nuevo), se asciende por unas escalinatas muy anchas, soberbias, de piedras blanquísimas. Estaba adornada por unas columnas cilíndricas al parecer lisas, que sostenían un dintel con las imágenes de cuatro felinos que estaban juntos, en parejas, sentados unos al lado de otros (y no en fila), de modo que la composición aparece con pares de cabezas, unidas por una sola gran boca -como siameses- y un cuerpo alargado, como si fuese la imagen de un saurio, con dos pares de patas. Pero no es un saurio; en Chavín, el detalle de las cabezas es un indicador fundamental para identificar la imagen, y las bocas, las orejas y los nostriles de esta composición son las que aparecen con los felinos en otras representaciones y de ningún modo en relación con los lagartos. La posición de sus piernas -una adelante y otra atrás- recuerda a la de los saurios, pero también a la imagen casi retratista de un felino pintado en los muros de Sechín. Los felinos parados tienen las patas hacia adelante; en este caso, se trata de felinos sentados. Este detalle y el hecho de que entre las piernas hay una plumas o escamas, hizo pensar a algunos analistas que se trataba de un dragón como el que aparece en el Obelisco Tello.

Al igual que todas las demás figuras de Chavín, aquí también los personajes miran en dirección al centro, unos desde el norte y otros desde el sur.

Cerca de estas escalinatas, en algún momento, alguien enterró los restos de una hermosa columna de piedra negra, grabada con imágenes de felino, de un estilo muy antiguo, de la época del ídolo del Lanzón y que no parece haber formado parte de la portada de los Jaguares, aun cuando esto no lo podemos saber ahora.

La estela Raimondi

Estamos frente a una de las más famosas lápidas de Chavín. Desde que fue llevada a Lima, en 1873, para el Palacio de la Exposición, se convirtió en un símbolo del país. Está hecha en una losa rosada, de casi dos metros de altura y 73 cm de ancho y sólo 17 cm de espesor. Tiene una cara grabada y otra lisa.

No se sabe donde estaba ubicada originalmente; cuando fue hallada, ya los pobladores de Chavín la habían trasladado al pueblo y allí la usaban para fines domésticos (como mesa de comedor y como batán). Debió estar en algún lugar del templo nuevo, pegada a alguno de sus muros, es una lápida que está hecha para enchapar paredes.

Es una pieza, en realidad, atípica. La imagen de un ser antropomorfo, parado y que sostiene unas varas o báculos en ambas manos, es muy antigua y popular en el sur de los Andes: en los desiertos de Ica, en Ayacucho, el valle del Cusco y el altiplano del Titicaca. Allí aparecen en la misma época que en Chavín o aun antes. Bien pudiera ser producto del contacto entre los pueblos de Ica y Chavín, en los tiempos iniciales de Paracas.

Se trata de un personaje cuyo aspecto es extraño. Un ser antropomorfo, con fauces de felino y garras en las manos y los pies, que sostiene unos báculos frondosos de volutas y serpientes. Encima de la cabeza, como si fuera un tocado emplumado, una sucesión de 4 personajes que pudieran ser una suerte de elaboradas imágenes de serpientes. Todas tienen una boca en forma de U, con pares de dientes, un par de colmillos y un diente triangular central que cubren el labio inferior (bocas agnáticas).

Las cabezas clavas

En la parte alta de los templos, debajo de las cornisas, había una hilera continua de cabezas talladas en piedra, lo suficientemente grandes como para que desde el suelo, entre 14 y 20 metros más abajo, se pudieran apreciar sus detalles. Sólo las cabezas, como si fuera una exhibición de los decapitados que exponen los cazadores de cabezas de otros pueblos, en la parte más importante de sus casas. Las cabezas expuestas podían ser de enemigos capturados en la guerra, o de prójimos cuya memoria querían preservar.

En unos casos los cuerpos eran comidos -canibalizados- enterrados o cremados, según las costumbres de cada pueblo. En Chavín parece que podía ser parte de prácticas o ritos antropofágicos, pues, como se presenta en la Galería de las Ofrendas, una parte de los presentes depositados en el templo era una considerable cantidad de restos humanos, cocidos o asados de la misma forma como lo estaban los restos de aves, peces, venados, alpacas y otros animales.

Sin duda, los colmillos y garras que se hallan como atributos de los personajes sagrados, más que una ostentación de terror, es la expresión sacralizada de cómo funcionaban las relaciones de poder entre las gentes y los pueblos. El canibalismo no era una propiedad exclusiva de los templos; era una práctica generalizada aun en las aldeas de pescadores y agricultores de todo el territorio. Si los europeos hubieran llegado en aquel tiempo, sus contactos habrían sido con caníbales, con costumbres parecidas a las que tenían los pueblos que ellos conocieron en lo que ahora es Colombia o gran parte del Brasil. Claro que en el s. X a. C., todavía existían pueblos caníbales en Europa, práctica general en el continente en los períodos históricos precedentes. En el Perú, cuando se definieron los Estados, a partir del s. V d. C., junto a la nueva forma de organización que ellos impusieron, desapareció el canibalismo, pero las “cabezas clavas” continuaron usándose hasta el s. X de nuestra era.

Introducción

Chavín representa la época que da inicio al uso de los metales. La producción metalúrgica comienza con el oro y casi simultáneamente con el cobre nativo en sitios ligados a Cupisnique y Chavín, a pesar de que la evidencia más antigua de objetos de oro en los Andes centrales se remonta 1 500 años antes de la era cristiana en la región de Andahuaylas, en la sierra sur del Perú.

A lo largo de toda la etapa Formativa la metalurgia mantuvo una condición ciertamente primitiva utilizando los metales nativos -tanto el oro como el cobre- en su forma natural. Posteriormente el cobre, hallado en forma de rocas, sería convertido en metal mediante procesos de fundición.

El oro y el cobre eran obtenidos en la naturaleza en forma de “pepitas” o pedazos que contenían físicamente sus cualidades de color, dureza y maleabilidad. Lo que hacían los artesanos era convertirlos en láminas mediante el martillado en frío, sin someterlos al fuego. Los dos metales mencionados son lo suficientemente maleables como para que esto ocurra, aun cuando el cobre podía exigir el calentamiento para ser trabajado, lo que llevó a descubrir que el uso del fuego podía permitir una unión más firme entre piezas que estaban originalmente separadas. Existen algunos objetos en los que también se usó plata nativa, como los de Chongoyape, donde se usó la unión de un segmento de este metal con otro de oro para obtener un efecto de color.

Las láminas de metal, martilladas, presionadas, repujadas o trabajadas con instrumentos con punta o filo, eran finalmente convertidas en lienzos sobre los que se grababan o destacaban figuras o diseños de los estilos propios de la época. Estas láminas eran entonces dobladas o unidas con ayuda del fuego o simplemente también del martilleo y así eran convertidas en coronas, orejeras, narigueras, collares, pectorales, cinturones, brazaletes, ajorcas y otros adornos, casi todos dirigidos a ser parte del ornato o del vestir personal. Excepcionalmente se han encontrado piezas que pudieron servir para otros fines, como para inhalar estupefacientes, cubrir cetros y contener bebidas o comidas -pequeños recipientes en forma de vasos o copas-, que cumplían funciones más ornamentales que utilitarias.

Los hallazgos de oro no son frecuentes y casi toda la información disponible se reduce a lotes o piezas aisladas encontrados de manera casual por campesinos o “huaqueros”, especialmente en la costa y la sierra norte del Perú. Esto significa que el registro arqueológico propiamente dicho, es decir el realizado por profesionales, es mínimo.

Por otro lado existen muchas piezas falsificadas para su comercialización entre coleccionistas y aficionados, debido a la facilidad con que pueden reproducirse. De todas maneras, los hallazgos más notables son los de Chongoyape y de Kuntur Wasi. Los registrados en el mismo Chavín son muy escasos y apenas consistentes en pequeñas láminas. Sin embargo, algunas piezas de colecciones antiguas indican que éstas “proceden de Chavín”, aunque no mencionan el hallazgo. Pero en el valle de Chicama, en las excavaciones que hizo Rafael Larco Hoyle, sí aparecieron algunas piezas de oro, como también en los valles de Jequetepeque, Zaña y Trujillo. Así, se podría decir que el oro estaba asociado principalmente a los cupisniques y a su área de relación.

Chongoyape

Chongoyape se encuentra ubicado en el valle de Lambayeque. En este sitio se encontraron dos lotes de tumbas con objetos de oro. El primero, hallado en 1928-1929, por el joven Floro Morrofú de 15 años, en el fondo de una acequia en la hacienda El Almendral, de propiedad de los hermanos Gayoso; y el segundo, una década después, al parecer junto con los restos de tres individuos y con cerámica de estilo Cupisnique, por los trabajadores de un camino. El material encontrado es muy vistoso y comprende coronas, pectorales, anillos, alfileres e incluso una placa bimetálica, que combina oro y plata, así como cuentas esféricas hechas de dos tapas soldadas, depiladores y alambres de oro. Estas piezas están asociadas al estilo Cupisnique, aun cuando tienen rasgos atribuibles a una nítida relación con Chavín.

Kuntur Wasi

Kuntur Wasi se sitúa en la sierra norte del Perú , en la cuenca del río Jequetepeque, en Cajamarca, sobre el pequeño poblado de San Pablo. Se trata de un cerro en cuya cima fue construido un templo en la época Formativa y donde, además de plataformas escalonadas y estructuras funerarias, existen evidencias de litoesculturas emparentadas con el estilo Cupisnique, pero tan bien elaboradas como las de Chavín de Huántar.

En el año 1945 la misión del Museo Nacional de Antropología y Arqueología de Lima descubre los primeros objetos de oro en Kunturwasi. Sin embargo, es recién a partir del año 1989 cuando la misión de la Universidad de Tokyo, liderada por Yoshio Onuki, realiza los hallazgos más contundentes. De los contextos funerarios de élite excavados por los japoneses se rescataron numerosas piezas de orfebrería, entre las que se deben mencionar los primeros objetos chavinoides hechos de cobre.

En las tumbas excavadas en Kuntur Wasi el ajuar funerario incluye collares, coronas, orejeras, cuentas y pectorales de oro repujados y calados con diseños de cabezas-trofeo y de personajes de las iconografías chavinoide, Cupisnique y de una peculiar modalidad local asociada a Kuntur Wasi y a la región del Jequetepeque.

Las conexiones de Kuntur Wasi con Chavín pudieron estar asociadas al oro, pero existen también evidencias de un mismo tipo de vasijas, que en Chavín se conocen con el nombre de Mosna y cuya distribución llegó hasta las regiones de Huánuco y Ancash.

Fuente:  Chavin.perucultural

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Categorías:Civilización Chavin Etiquetas:
  1. chimol.trufia
    25/07/2011 en 7:41 PM

    Esta Pagina Es Una Chimba Crajooooo ….

  2. mia
    24/08/2010 en 11:15 AM

    hay io keria reglas de arte y aki no hay reglas de arte entre el lanzon y la estela

  3. Anyela
    06/08/2009 en 1:19 AM

    la informacion esta bastante completa pero deberia colocar la bibliografía. Por lo demás, he sacado gran parte mi trabjo de esta página y puedo recomendarla como confiable.

  4. Anonimo
    16/06/2009 en 2:46 PM

    esta pagina es muy buena

  5. 22/11/2008 en 5:25 PM

    Jajaja Gracias

  6. ROO
    27/10/2008 en 11:57 PM

    SOS UN CAPO ES RE LINDA LA INFORMACION QUE PROPONES EN TU PAGINA OJALA QUE SEA UN EXITO

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