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Los Otomanos

Origen

Las primeras entradas de tribus turcas en la región que posteriormente sería el Imperio Otomano se producen en el ámbito militar, cuando los ejércitos del Califato Abbasí necesitaron soldados. Por ello, recurrieron a los territorios fronterizos reclutando a la población. Dentro del Califato Abbasí ya puede apreciarse cómo los turcos van escalando posiciones en el ejército y la administración. La lenta penetración de tribus turcas en esta zona se realizó de dos maneras: mediante la lenta ocupación del territorio por parte de los grupos tribales y mediante la lucha contra el Imperio Bizantino, que había dominado esta región durante mucho tiempo.

Como consecuencia de su lenta pero ininterrumpida penetración, surgieron varios poderes políticos turcos en esta zona. Uno de ellos fue conocido como Sultanato de Rüm, fundado por un miembro de la familia Selyuki, que se dio a sí mismo el título de sultán poco después de la batalla de Manzikert (1071). Este sultanato sobrevivió a múltiples contingencias (rivalidad de otros poderes locales, los Bizantinos, la Primera cruzada, los Znaguíes y Ayyubíes de Siria), pero no pudo hacer nada para detener la marea mongola. En 1243 un cuerpo del ejército mandado por Batu, el Jan de la Horda de Oro, sometió el sultanato a la soberanía mongola. A partir de ahí el poder del sultán se eclipsó ante la dominación ejercida por los mongoles y la aparición de pequeños principados independientes regidos por cabecillas locales.

El Estado Otomano era el más pequeño e insignificante de los principados turcomanos que habían surgido de las ruinas de los imperios de Bizancio y de los selyuquíes de Rüm. Sin embargo, el rey Osmán I (1300-1324) se independizó de los selyúcidas e inició una política de expansión. Para ello contaba con un conjunto de nómadas turcomanos, todavía organizados en tribus, que habían participado en el movimiento de los gazi, «los guardianes de la fe». Obtuvo buenos resultados y su señor selyuquí le concedió el gobierno de un beylik, y la fama de Osmán (Uthmān, عُثمَان ,de ahí el nombre de Imperio Otomano) atrajo a mucha gente a su territorio.

Expansión

Los otomanos no conseguirían suficiente poder como para eliminar a sus enemigos inmediatos y establecer un verdadero Estado hasta el gobierno del hijo y sucesor de Osmán, Orhan I (1324-1360). La clave de su reinado fue la conquista de Nicea en 1331 y Bursa. Esta última no sólo proporcionó la capital, sino los útiles necesarios para crear una administración otomana. Pudo acabar también con la amenaza de sus vecinos turcomanos, Aydin, que proporcionaba mercenarios a Juan Cantacuceno. Tras la caída de Aydin, serán los otomanos los que ayudarán al candidato al trono bizantino, enfrentado a Juan Paleólogo, tomándose como recompensa el derecho a saquear el territorio bizantino a lo largo del Egeo, en Tracia, y la mano de la hija de Juan Cantacuceno, Teodora.

A partir de 1354, los cuerpos de expedición otomanos dirigidos por su hijo Suleyman Paşa establecieron una base permanente en la península europea de Gallípoli, a pesar de las protestas de Cantacuceno y otros. Este último tuvo que abdicar por haber sido el responsable de que los turcos se introdujeran en Europa. Bajo el mandato de su hijo, Murad I (1360-1389), se hicieron las primeras conquistas estables en la Europa sudoriental. Tomó Edirne (Adrianópolis) en 1361, la convirtió en su capital y nombró el primer visir del que sería el Imperio Otomano: Kara Halil Paşa, de los Candarli, familia que monopolizó el puesto durante el siglo siguiente. El emperador bizantino se comprometió a pagar tributo regularmente a los otomanos y a enviar contingentes militares para su ejército, debido a que no podían enfrentarse a la presión turca sobre Constantinopla. Fue uno de los sultanes más importantes del Imperio Otomano por su triunfal campaña militar en Tracia y en los Balcanes, que acompañó con tacto y prudencia pactando con la Iglesia Ortodoxa. También fue el primero en ser nombrado sultán, ya que los anteriores ostentaban el título de emires.

Para defender a Europa de la amenaza turca, el Papa proclamó una bula llamando de un modo formal a la Cruzada hacia 1366, que fue un fracaso en «la ruta de los serbios». Los otomanos siguieron la política islámica tradicional de tolerancia hacia los zimmíes, o «gente del libro», que tenían derecho de protección sobre sus vidas, propiedades y creencias religiosas siempre que aceptasen un gobierno musulmán y pagaran los tributos (cizye) que les eximían del servicio militar. Por ello no se hizo ningún esfuerzo para la conversión en masa de la población. Durante su reinado también se creó el cuerpo de los jenízaros, una pieza clave en el desarrollo posterior del imperio.

Las amenazas se multiplicaban, y a su vecino Karamar se unió la expansión mongola de Tamerlán. Fue en la decisiva batalla de Kossovo (1389) cuando la victoria otomana permitió realizar nuevas conquistas al sur del Danubio, acabó con la última defensa organizada en el área de los Balcanes y dejó a Hungría como único oponente serio en el sudeste de Europa. En esta batalla, un preso serbio asesinó a Murad I (el único sultán asesinado en una batalla), y le sucedió su hijo Bayezid I o Bayaceto el Rayo (1389-1402), afianzándose en la victoria.

Para evitar posibles luchas por el trono, fue éste el primer sultán que mató a todos sus hermanos, práctica común a partir de este momento y que institucionalizaría Fatih Sultan Mehmed. Los esfuerzos de Beyazid fueron encaminados a conquistar el oeste de Asia Menor, lo que consiguió en 1390. Seis años más tarde se enfrentó a la Primera Cruzada, que finalizó con una aplastante victoria de los jenízaros en la batalla de Nicópolis (1396). El ejército otomano llegó hasta los muros de Constantinopla, pero los otomanos abandonaron el sitio de la ciudad para enfrentarse con una nueva amenaza.

Los problemas con los vecinos turcomanos, sobre todo con Karaman, el principado turco más fuerte de Asia Menor, obligó al sultán a combatir en el este. El resultado fue la anexión de estos pequeños Estados hasta que el oeste volvió a reclamar la atención de Bayezid. Muchas de las zonas ya conquistados se quisieron liberar del poder otomano, pero el sultán reconquistó rápidamente lo perdido y siguió adelante: irrumpieron en Estiria, ocuparon Grecia y en 1397 llevaron a cabo la conquista de Atenas. Se dirigieron entonces hacia el este, donde se encontraron con un enemigo mucho más poderoso: Tamerlán. En 1402, los mongoles ganaron la batalla de Ankara, lo que supuso el hundimiento de la hegemonía otomana en Asia Menor. Los otomanos se reconocieron vasallos de Tamerlán y Beyazid encontró la muerte en prisión en 1403.

La autoridad otomana entró en crisis durante once años. Ni Tamerlán ni sus sucesores impusieron dominio alguno duradero y el panorama quedó abierto para las luchas de poder entre los miembros de la familia otomana y los señores territoriales. La situación no era fácil, ya que eran cuatro los príncipes otomanos que se disputaban el trono. Tras un periodo de luchas fratricidas fue Mehmed I (1413-1420) el ganador. Con este sultán y, sobre todo con Murad II (1421-1451), el gobierno otomano volvió a recuperar la unidad. Como Mehmed había vencido gracias al apoyo de la aristocracia turca, se le dio énfasis al pasado turco de la dinastía reinante, y por primera vez se encargaron unas crónicas de su historia. Dio prioridad a potenciar el comercio con los países europeos y firmó un tratado con Venecia en 1416. La infantería jenízara quedó como guardia personal del sultán, y la aristocracia volvió a controlar su cota de poder. Su ejército cruzó el Bósforo, tomó Edirne y comenzó el primero de los grandes sitios a Constantinopla (1422), no tanto para conquistarla, sino para castigar a los bizantinos por su deslealtad al haber apoyado a los rivales del sultán.

Además de esto, Murad desarrolló el famoso sistema del devşhirme, con el que reclutaba periódicamente a los mejores jóvenes cristianos de las provincias de los Balcanes para convertirlos al Islam y para que prestaran servicio de por vida al Imperio. A éstos se les favoreció en un principio para que adquirieran poder, y así equilibraran el poder que acumulaba la aristocracia turca. Tras la firma de dos tratados de paz, Murad cedió el trono voluntariamente a su hijo Mehmed, de cuya juventud intentaron aprovecharse sus enemigos. Queriendo sacar partido de la situación se hizo una llamada a una cruzada para expulsar a los otomanos de Europa; parecía que lo iban a conseguir, pero Mehmed cedió el trono a su padre, que con sus ejércitos consiguió una arrolladora victoria en la batalla de Varna. Tras esto, el Imperio Otomano estableció un control directo sobre ¨Macedonia, Tracia, Bulgaria y gran parte de Grecia.
Imperio Otomano y Mediterráneo oriental, 1450.

Mehmed II el Conquistador (1451-1481) se apoyó en el devşhirme durante su gobierno, por lo que necesitaba una victoria militar para plantarle cara a la oposición, liderada por su propio gran visir, Candarli Halil. El famoso sitio (6 de abril – 29 de mayo de 1453) y la conquista de la Constantinopla del emperador Constantino XI supuso el principio del fin de la influencia de la aristocracia turca. Poco a poco los otomanos se fueron apoderando de todas las poblaciones cercanas a la ciudad, y ante el temor a una invasión, el emperador bizantino pidió ayuda a los reinos europeos, pero pocos acudieron a su llamada. El 29 de mayo de 1453, los jenízaros entraron en la ciudad tras un sangriento asedio de 8 semanas. La caída de Constantinopla puso fin al Imperio Romano de Oriente y consolidó el gran Imperio Otomano, que trasladó su capital a Constantinopla, a partir de aquí llamada Estambul. Tras esta victoria, Bosnia y Serbia pasaron a ser provincias otomanas y Albania, tras sofocar la revuelta de Skanderbeg, quedó incorporada al imperio en 1468. Llega hasta Italia, y por fin los venecianos reconocen la soberanía otomana y les pagan un tributo. También los mamelucos dejan de ser un enemigo, ya que su decadencia interna no les permite llevar a cabo el enfrentamiento entre los dos imperios más importantes de Oriente Próximo.

Para evitar la desintegración del Imperio como les había ocurrido a los Estados turcos, que dividían el imperio entre varios sucesores, Mehmed y sus descendientes establecieron el principio de indivisibilidad del poder, con todos los miembros de la clase dirigente sujetos a la voluntad del gobernante. Se estableció el principio que seguirían todos los gobernantes, hasta el siglo XVII, de ejecutar a todos los hermanos inmediatos a fin de eliminar las disputas dinásticas. Como gobernante, el padre elegía al más capaz entre sus hijos. Finalmente Mehmed empezó el proceso por el cual estas disposiciones fueron codificadas en el Kanunname, tarea terminada por Suleiman el Magnífico. La actuación económica, sin embargo, resultó desastrosa al final, ya que los impuestos y la inflación provocaban cada día mayor descontento en la sociedad. Todo esto desembocó en una guerra civil, y a la muerte de Fatih los problemas y las críticas a la administración se agudizaron aún más.

El Imperio tras la caída de Constantinopla

Mehmed murió envenenado por su médico Yakup Paşa, que llevaba trabajando para los venecianos bastante tiempo y que fue linchado por los jenízaros. Para evitar una situación de enfrentamiento entre los dos hijos de Mehmed, el Sadrazam les envió mensajes comunicándoles que quien llegara primero sería el sultán. Su enemigo, Ishak Paşa, mató al mensajero de Cem, el favorito de todos, por lo que Beyazid se hizo con el trono. El sadrazam fue linchado e Ishak Paşa nombrado nuevo gran visir. Los jenízaros también saquearon la ciudad entera aprovechándose del poder adquirido, pues cada vez eran más incontrolables.

Le sucedió su hijo Beyazid II (1481-1512), cuyo periodo puede considerarse como un tiempo de sosiego para el Imperio, en el cual se consolidaron las acciones de Mehmed y se resolvieron las reacciones económicas y sociales que su política interna había causado. Las relaciones con el exterior se caracterizaron por la prudencia, debido sobre todo a los problemas internos que había dejado su padre. Además tuvo que enfrentarse a la revuelta promovida por su hermano, Cem Sultán, que se instaló en la ciudad de Bursa y se proclamó padişah. Con un aumento de sueldo logró el apoyo de los jenízaros, pero fue derrotado en una batalla contra su hermano y tuvo que retirarse a Egipto. El segundo intento no le fue mejor, por lo que decidió quedarse en Rodas (1495).

La primera decisión de Beyazid fue anular la reforma agrícola que había realizado su padre, devolviendo tierras a sus antiguos dueños, terratenientes y sobre todo religiosos. Una vez hecho esto, eliminó a los altos cargos del devşhirme para crear un equilibrio entre éstos y la aristocracia turca, cosa que consiguió y mantuvo hasta su muerte. Reorganizó la estructura fiscal y estableció un nuevo sistema de impuestos, más llevadero para los súbditos. Bajo la influencia de los ulemas, Bayezid luchó contra la influencia europeizante y se adhirió al Islam ortodoxo, en lucha contra la proliferación del chiismo. Se le considera un integrista ortodoxo y, aun así, permitió la afluencia masiva de los judíos expulsados de España y de otras partes de Europa.

Beyazid tuvo ocho hijos, y la lucha por la sucesión se hacía cada día más latente. Quiso engañar a sus hijos para matar a todos menos uno, pero tres de ellos no se dejaron engañar. Efectivamente, se desató al final una lucha por la sucesión. Obligado por los jenízaros, tuvo que ceder a que su hijo Selim fuera su sucesor, y enfrentarse a éste ante sus exigencias para que abdicase en su favor. El otro candidato, Ahmed, se casó con una hija del Sha de Persia. Debido al levantamiento de los jenízaros, Beyazid se vio obligado a ceder el trono a Selim I en 1512.

Selim I (1512-1520) era un hombre de estado coherente, organizador y un extraordinario dirigente. Mandó eliminar a sus hermanos y primos después de la muerte de su padre, por lo que recibió el sobrenombre de «el cruel». El primer objetivo que se impuso fue consolidar el Estado y se dirigió hacia el este, a por los chiíes de Irán. Ganaron la batalla después de una larga campaña, pero no acabaron definitivamente con la amenaza. Selim fue un ferviente sunní y mandó aniquilar a muchos chiíes de Asia Menor.

La segunda expedición de Selim fue en 1516, esta vez contra los mamelucos de Egipto. Primero se dirigió a Siria, donde los dos ejércitos se enfrentaron cerca de Alepo. Tras esta victoria aplastante de los otomanos, éstos bajaron a Egipto y lo conquistaron también. El califa Mütevekkil III cayó prisionero de los otomanos en 1517 y este califa abbasí tuvo que ceder su título. Logró asimismo llegar a Arabia y conquistar la Meca y Medina. En 1519 el señor de Argelia también se adhirió al ejército del Gran Señor. Selim I murió de cáncer en 1520.

Le sucedió su único hijo Suleyman II (1520-1566), que siguió los pasos de su padre consolidando aún más la paz y la estabilidad interior. De esta manera, el Imperio Otomano alcanzó su máxima extensión geográfica, que duraría hasta 1683.

El sucesor de Suleyman fue el hijo de éste y Roxana, Selim II (1566-1574), que cometió el error de atacar la isla de Chipre y sufrió la primera derrota otomana en Europa en la batalla de Lepanto, en 1571. Al morir el sultán, su hijo Murad III (1574-1595) subió al trono. A partir de este sultanato creció la influencia del harén en las decisiones del gobierno. Murad III se dedicó a la buena vida y los placeres del harén, al igual que su sucesor Mehmed III (1595-1603), dejando todo el poder en manos del Gran Visir. La anarquía e inseguridad reinaban en todo el Estado, y dentro del ejército aumentó la enemistad entre jenízaros y sipahis, el cuerpo de caballería del ejército otomano. Cuando muere el sultán, su hijo Ahmed es muy joven, y se inicia el «sultanato de las mujeres».

El siglo XVII, bajo los sultanatos de Osmán II y Murad IV, fue una época trágica. Osmán II (1617-1622) fue el soberano más culto de toda la dinastía. Sabía que una reforma era necesaria, la cual vencería los poderes fácticos establecidos. Los jenízaros, al tener noticia de ello, asesinaron a los altos cargos en sus propias casas, por lo que el sultán tuvo que ceder. A pesar de todo, no se libró de ser asesinado a manos de los jenízaros. Nombraron a Murad IV (1623-1640) como nuevo dirigente del Imperio. Consiguió hacer alguna reforma en la administración pero, cuando murió, el Estado quedó sin dirigentes y se extendió un vacío de poder por el Imperio durante 20 años. El sultán Ibrahim (1640-1648) sucedió a Murad IV y es considerado el peor padişah de la dinastía otomana. Anuló lo que había conseguido Murad IV, provocando una corrupción generalizada y desmedida.

Organización

El proyecto del creador de la organización otomana, Fatih Mehmed, era el de crear un imperio inmenso, el cual integraría a mongoles, musulmanes y cristianos. Para ello, su nueva capital, Estambul, comenzó a ser repoblada por gentes de muy distinta procedencia, y hasta dejó en libertad a los prisioneros de guerra para que se establecieran en la ciudad. También se animó al Patriarca Ortodoxo griego, Ghennadios Scholarios, al Catholicos armenio (1461) y al Gran Rabbí judío para que se establecieran allí, y se les permitió convertirse en jefes tanto civiles como religiosos de sus seguidores, constituidos en comunidades autónomas y autogobernadas, llamadas millet, que fueron las unidades de gobierno básico de las comunidades no musulmanas dentro del Imperio Otomano. El primer líder de la millet era elegido por el sultán y a partir de él eran elegidos por la comunidad.

Mehmed II, a su muerte se había convertido en «el señor de dos mares y dos continentes». Durante su gobierno también se crearon las instituciones que iban a ser características de este Imperio. El elaborado ceremonial y el sistema de jerarquías de la corte bizantina fueron recreados en la del sultán, a fin de separar al sultán del pueblo para que fuera un gobernante respetado y temido. La autoridad del sultán se vio también reforzada por la alianza de intereses de los grupos no musulmanes con los suyos propios. Eliminó a las grandes familias de la estructura de la administración y nombró a Zaganos Paşa como gran visir, después de matar a Candarli por traidor.

Para evitar la desintegración del Imperio que le sucedía a los Estados turcos, que dividían el Imperio entre varios sucesores, Mehmed y sus sucesores establecieron el principio de indivisibilidad de poder, con todos los miembros de la clase dirigente sujetos a la voluntad del gobernante. Se estableció el principio que seguirían todos los gobernantes hasta el siglo XVII: ejecutar a todos los hermanos inmediatos a fin de eliminar las disputas dinásticas y, como gobernante, el padre elegía al más capaz entre sus hijos. Finalmente Mehmed empezó el proceso por el cual estas disposiciones fueron codificadas en el Kanunname, tarea terminada por Suleyman el Magnífico.

La nobleza otomana estaba por encima de los raiyeh (literalmente, el ‘rebaño’), pero no tuvo cargos en el gobierno hasta que su presión obligó a Solimán el Magnífico a admitirlos, a mediados del siglo XVI. La administración otomana estaba en manos de una Casa de Esclavos, que era reclutada entre los no musulmanes, y educada desde la infancia para ocupar cargos directivos. Incluso hasta el visir del sultán era un simple esclavo, que de un momento a otro podía ser desposeído de su vida y bienes.

Decadencia

La decadencia otomana comenzó después de la muerte de Solimán el Magnífico, en 1566. Éste restauró, durante su reinado, el poder del Gran Visir y fue generoso con los jenízaros, permitiéndoles casarse. Desarrolló una considerable actividad legisladora que se centró principalmente en la organización del ejército, el feudalismo militar, la propiedad territorial y el sistema tributario. También llevó a cabo personalmente varias campañas militares. La más famosa fue el asedio de Viena en 1529, en la que fracasó. Durante su reinado, el Estado otomano alcanzó su máximo grado de desarrollo civil. Reunió la legislación en el Kanunname y concedió las Capitulaciones a Francia en 1535, lo que se considera una de las causas de la decadencia otomana posterior. Así mismo, le concedió mucha importancia a las artes y embelleció considerablemente Estambul.

A partir de aquí, una serie de gobernantes ineptos hicieron florecer las intrigas de palacio, hasta que la acción combinada del sultán Murad IV (o Amurates IV) y de la Casa de Koprulu motivó una intensa reforma administrativa. Sin embargo, el Imperio Otomano sufrió un serio revés cuando comprometió todos sus recursos en un nuevo asalto a Viena, que fracasó en 1683 gracias a la tenaz resistencia de los austriacos.

El Estado otomano era una máquina militar conducida entre el 1300 y 1566 por una serie de diez monarcas fuera de lo común. La gran habilidad y la fuerza demostrada por los sultanes a partir de Osman (m. 1326) a Suleyman (m. 1566) son el resultado de dos tradiciones: dar a los jóvenes príncipes otomanos responsabilidades y permitir la sucesión de acuerdo con el principio de «la supervivencia del más fuerte». Igualmente notable es la serie de monarcas incompetentes que acompañaron y contribuyeron al gradual declive del Imperio Otomano. La ascensión de estos monarcas incompetentes, frecuentes durante el siglo XVI, se atribuye al cambio de estas dos tradiciones. Después de Ahmed I (m. 1617) no se les volvió a dar a los príncipes puestos de responsabilidad; por el contrario, fueron confinados en el harén, a la sombra de los lujos y la soledad más que de la experiencia y el reto. Al mismo tiempo, la costumbre del fratricidio fue abandonada y el principio de la «supervivencia del más fuerte» se cambió por el de que el sucesor era el miembro varón de más edad de la familia real otomana, el que salía vencedor de las maniobras del devşirme y el harem.

Todos estos cambios se arrastraban desde el reinado de Suleyman, que, cansado de las largas campañas militares y de los arduos deberes de la administración civil centrados en su persona, hizo todo lo que pudo por apartarse de los asuntos públicos y dedicarse a los placeres del harem. El puesto de gran visir, ocupado entonces por su amigo Damad Ibrahim Paşa, fue reforzado en cuanto a poder e ingresos, llegando incluso a tener el poder de pedir y obtener obediencia absoluta, privilegio hasta entonces reservado sólo al sultán. Éste fue el principio del fin, ya que el gran visir podía desempeñar todas las tareas del Gran Señor, excepto la de mantener la lealtad y unidad de todos los grupos del Imperio.

La frecuente ascensión de monarcas incompetentes, junto con la acumulación de tíos y hermanos en el harem, condujo a numerosas intrigas de palacio, en gran parte promovidas por los dirigentes de la administración. Como los sultanes ya no podían controlar a este grupo, era inevitable que el devşirme controlara a los sultanes y usara la propia estructura del Imperio Otomano para su propio beneficio. La administración otomana basada en los esclavos, una vez eficiente y con un sistema de promociones para los más trabajadores y con más talento, se fragmentó en familias que se implicaban en los negocios más lucrativos. Estas familias a menudo trababan alianzas con líderes militares y con personas de influencia en el harén, normalmente las madres o esposas de los que ostentaban el poder, en la sombra o desde el trono. Los historiadores otomanos llaman a esa época el «Sultanato de las mujeres», que se sigue del «Sultanato de los Agas», el tiempo durante el cual el cuerpo de los jenízaros empezó a intervenir directamente en la política. De esta manera, los sultanes comenzaron a ser mascotas de la política y de los jefes militares. Lo poco que podían hacer los sultanes para tratar de extender su poder era enfrentar entre sí a las diferentes facciones para debilitar la figura del gran visir.

Influencia de Europa

Entre las muchas causas de la crisis otomana, figura igualmente el desarrollo económico exterior. Durante el periodo entre 1300 y 1566, el Imperio Otomano no era tan sólo poderoso, sino también próspero, como se prueba en el superávit anual que se producía en sus arcas. El Imperio era más o menos económicamente autosuficiente, producía alimentos aparentemente ilimitados y materia prima en abundancia que los artesanos autóctonos usaban en la fabricación de productos para el consumo propio y la exportación. Gracias al control que mantenía el Imperio en tres continentes y varios mares, se obtenían asimismo ingresos considerables gracias al transporte, sobre todo en la ruta de las especias y la seda, desde el noroeste atravesando Oriente Medio hasta el sur de Asia. El declive económico del Imperio Otomano después de 1566 era, al principio, solo relativo comparado con lo que estaba ocurriendo en el oeste de Europa, donde se produjo una revolución industrial y comercial entre los siglos XV y XVIII que transformó la economía feudal europea, haciendo que los anticuados gremios desaparecieran de Europa.

Como casi todas las zonas en desarrollo del medievo, el Imperio Otomano no experimentó esta revolución. Por el contrario, sus instituciones industriales y comerciales no se movieron más allá de sus técnicas manuales y la organización gremial, por lo que no podían competir con las exportaciones europeas. Aunque pintoresco, los trabajos tradicionales y los bazares se probaron cada vez más arcaicos e ineficientes, en comparación con las fábricas modernas y las compañías comerciales.

Con el paso del tiempo, el capitalismo dinámico de Occidente no sólo hacía parecer más atrasada a la economía, sino que realmente la transformó y la debilitó. La firma del tratado de las Capitulaciones, hecha por Suleyman en 1535, dio a los franceses el derecho de comerciar sin trabas dentro de los dominios otomanos. Aunque este tratado no se hizo desde una posición de debilidad, ésta se fraguó en el siglo siguiente, cuando el Imperio Otomano se encontró en una posición inferior en comparación con Europa occidental. Además, una inflación en rápido aumento, que se inició en Europa con el flujo de metales preciosos provenientes de América, trastornó la economía del Imperio. Posteriormente, las factorías occidentales introducían sus productos fabricados en masa a los territorios otomanos, dejando sin vender su propia producción artesanal e iniciando el proceso que arruinaría la economía otomana desde 1750 hasta 1850 y que casi destruyó por completo las manufacturas, sobre todo las textiles. El Imperio Otomano era incapaz de seguir el ritmo de crecimiento económico ni de enfrentarse con la alta inflación europea.

Durante este mismo periodo, holandeses e ingleses consiguieron clausurar completamente la antigua ruta del comercio internacional que atravesaba el Oriente Próximo y, consecuentemente, decayeron los ingresos del Imperio Otomano y la prosperidad de sus provincias árabes. Ya hacia la mitad del siglo XVII, el Imperio Otomano, una vez próspero, estaba bajo una enorme presión económica, como prueba el déficit anual en las arcas del Estado.

El Imperio Otomano no pudo mantener el ritmo de Europa en otros muchos aspectos. Por ejemplo, el capitalismo evolucionó acompañado del desarrollo de nuevas instituciones políticas, métodos científicos y tecnología militar. Quizá la innovación más importante en Europa después del Renacimiento fue la aparición de la idea de Estado como nación, una unidad política que gradualmente se convirtió en el centro de la identificación nacional de un pueblo y su lealtad a la nación. El Imperio Otomano, por el contrario, nunca fue una unidad política y cultural con cohesión durante el periodo de 1600 a 1850, sino que siguió siendo un conglomerado de distintas religiones y etnias. La identidad propia y la lealtad estaban concebidas en un margen más estrecho: la familia o la millet.

Las instituciones educativas y científicas europeas, revitalizadas en el Renacimiento, fueron superando a las de los otomanos, atascadas en una rutina de imitación y falta de crítica. La «revolución científica» en Europa no sólo llevó al desarrollo de nuevas infraestructuras completamente nuevas, sino que también trajo un cambio en el armamento y en las técnicas de hacer la guerra. Sólo un grupo muy reducido de pensadores en el Imperio Otomano se dio cuenta de que su civilización se estaba quedando a la zaga del desarrollo económico con respecto a Occidente, tanto en las innovaciones militares como en las instituciones políticas y económicas.

El surgimiento de Estados fuertes económica y políticamente en Europa se sumó a un factor de mucha relevancia a la hora de la caída otomana. El Imperio era una máquina militar que funcionaba a base de guerras cortas y victoriosas que permitían la expansión territorial, su fuente de prosperidad. Cuando los otomanos empezaron a encontrarse con ejércitos mejor preparados y con armas desconocidas, el Imperio llegó a sus límites de expansión y comenzaron a retroceder. Fue en el siglo XVII cuando el Imperio Otomano empezó a perder territorios a un ritmo constante en Austria, Rusia y en otros países europeos expansionistas, territorios que eran perdidos en largas e infructuosas guerras. Así fue como el Estado otomano no pudo seguir manteniendo su tesoro público a través de una máquina militar que consumía más que aportaba y que absorbió la mayor parte de los ingresos de los impuestos.

La desmembración del ejército y la administración

Durante la segunda mitad del siglo XVII, los soldados profesionales que hasta ese momento dedicaban toda su vida al ejército y estaban obligados a vivir en celibato, pidieron y ganaron los derechos al matrimonio, a vivir fuera de sus barracones y a complementar sus salarios cada vez más pequeños con la adquisición de un oficio o de iltizams. Después de asegurarse de que sus hijos se pudieran enrolar en el cuerpo, los jenízaros se movieron para acabar con el devşhirme (el último fue en 1637). A pesar de que el cuerpo de los jenízaros aumentó de 12.000 al principio del reinado de Suleyman a 200.000 allá por el siglo XVII, su convirtió en una fuerza prácticamente inútil. Cuando las guerras pasaron de ser victoria y botín para convertirse en derrotas y pérdidas territoriales, los jenízaros se desmoralizaron y se negaron a luchar. También eran reacios a adoptar las armas y técnicas modernas que venían de Europa. Así pues, a pesar de la ineptitud militar, los jenízaros se hicieron cada día más fuertes y osados a la hora de intervenir en política para prevenir que ningún gobernante les quitara los privilegios.

Se suma a esta crisis militar la de la administración, caracterizada por el paso de un sistema basado en el mérito a otro sistema de sobornos y mecenazgo. La inflación, así como las guerras, trajeron como consecuencia que el habitual superávit de las arcas públicas se convirtiera en déficit año tras año, por lo que los sultanes y sus ministros empezaron a pedir «regalos» a los que buscaban un puesto en la administración, como medio para incrementar el tesoro. Quizá los primeros candidatos debían poseer alguna habilidad, pero con la desaparición del devşhirme, los cargos iban para el que aportara el soborno más abundante, independientemente de sus méritos. Los compradores del iltizam y otros cargos se dispusieron a conseguir beneficios, por ejemplo, subiendo los impuestos todo lo que podían. Fue así como el nepotismo y la corrupción se extendieron por toda la administración otomana.

Esta situación se agravó por el notable aumento de la población del Imperio durante el final del siglo XVI y a través de casi todo el siglo XVII, como parte del desarrollo demográfico general que tuvo lugar en la mayor parte de Europa en el mismo periodo. Como los medios de subsistencia no sólo no aumentaban, sino que disminuían en relación a las condiciones políticas y económicas entonces vigentes, el resultado fue la miseria y la aparición de trastornos sociales cada vez mayores. A esto se suma el mal gobierno de los detentores de timars y los multazims, demasiado interesados en recuperar sus propias inversiones y conseguir los máximos beneficios en el menor tiempo posible. Los agricultores que no podían hacer frente a los altos impuestos, eran sacados de sus tierras, momento en el que tenían tres posibilidades: o bien eran trabajadores de alquiler en grandes fincas, formando una nueva clase de campesinos sin tierras; otros acudían a las ciudades donde alimentaban las filas de mendigos sin empleo que protagonizarían una serie de revueltas durante el siglo XVII; y la tercera opción para los campesinos desposeídos de sus tierras era unirse a bandas de ladrones, normalmente encabezadas por un antiguo sipahi. Durante el siglo XVII, estas bandas se hicieron comunes en las zonas montañosas de los Balcanes y Anatolia, financiándose con incursiones a las granjas que todavía eran productivas. En algunos casos llegaron a exigir el pago de impuestos a los habitantes de la zona y formaron su propio gobierno regional, que sustituyó y desafió al del sultán.

En este contexto, con la administración y el ejército cada vez más corruptos y más débiles, el vasto territorio perteneciente al Imperio Otomano no podía ser controlado con eficiencia por el gobierno central. Los imperios vecinos, como Austria, Rusia e Irán, se aprovecharon de la debilidad otomana para apoderararse de todo el territorio que pudieron.

Política religiosa

Con respecto a la religión en el Imperio Otomano, el Islam hizo avances positivos durante su periodo de expansión y florecimiento. Durante el periodo de crisis, sin embargo, la jerarquía islámico-otomana, ahora rígidamente centralizada y burocratizada, parece haber desarrollado un papel histórico más bien negativo, al menos bajo la perspectiva de los que intentaron modificar y modernizar las instituciones otomanas. El ulema principal mostró e impuso un espíritu de estrechez y rigidez mental. Por otro lado, la integración de la jerarquía religiosa en la administración otomana puso a los ulemas en estrecho contacto con la corrupción que se estaba empezando a expandir entre los recaudadores de impuestos y otros sirvientes civiles. Más de un dignatario religioso sucumbió a la tentación de amasar su fortuna personal, desviando los ingresos, adquiriendo iltizams y usando su dinero para vivir en el lujo.

Como ciertas familias de los ulemas otomanos se convirtieron en algo así como una aristocracia religiosa, su poder vino a ser social y económico más que moral. Durante el periodo de declive, la jerarquía religiosa dentro del Imperio Otomano pareció haber renunciado a su superioridad moral a favor de los sufíes, que continuaron expandiéndose entre 1500 y 1750. La orden Bektashi, tan extendida entre los jenízaros, empezó a ser identificada con este cuerpo. Mientras tanto, las órdenes sufíes, más radicales, se dirigían a las zonas rurales y a las clases más bajas. Muchos ulemas siguieron condenando actividades como la música, la danza, beber café, fumar tabaco o hachís, prácticas que aparecieron en el siglo XV y XVI en el contexto de las ceremonias sufíes. En el siglo XVIII con muchos de los ulemas asociados a la corrupción y debilidad del gobierno central otomano, numerosos sectores de la población miraron a los líderes populares sufíes en busca de un guía moral.

Pérdidas territoriales

A todo esto se añadió además un nuevo factor de decadencia: la debilidad del gobierno central llevó a la pérdida de control de la mayoría de las provincias a manos de los gobernantes locales, que asumieron el control más o menos permanente de grandes distritos, incluso de provincias enteras durante largos periodos de tiempo. Pudieron mantener su autoridad no sólo porque el gobierno otomano no disponía de recursos militares para sujetarlos, sino también por el apoyo del pueblo, que prefería ser gobernado por tales déspotas locales que por los corrompidos e incompetentes funcionarios otomanos. A su vez, estos gobernantes locales fueron capaces de consolidar sus posiciones aprovechando las fuertes corrientes de nacionalismo local que estaba empezando a surgir entre los diversos grupos étnicos.

Estos jefes locales ejercían un poder casi completo en sus territorios, recaudando los impuestos locales para sí mismos y enviando sólo pagos nominales al gobierno central, por lo que resultaba muy difícil alimentar a la población de las ciudades. La reacción otomana fue enfrentar a los rebeldes locales entre sí y aprovechar la influencia de la ayuda otomana, que lograba que se siguiera reconociendo la autoridad del sultán, en tanto que el Tesoro ganaba buenos pagos regulares en moneda o en especies por parte de los jefes locales. Debido a que gran parte de lo recaudado iba a parar a manos de los que controlaban el gobierno central para provecho personal, el Tesoro seguía sufriendo escasez de fondos y la población de las ciudades escasez de alimentos y de otros productos. Por este motivo, ésta era una masa inquieta, mal gobernada, anárquica y violenta, que muchas veces linchaba y asesinaba a los funcionarios de la administración. Los jefes de palacio no se oponían demasiado a tales ejecuciones, ya que les permitía conseguir ganancias al otorgar el puesto al aspirante con el mejor soborno.

En general, la mayoría de los otomanos no veía la necesidad de que el Imperio cambiara para superar las condiciones críticas de la época, puesto que obtenían beneficios personales de la corrupción existente. Además, la característica básica de la mentalidad otomana era el completo aislamiento en su esfera y la falta de conciencia de lo que sucedía allende las fronteras. Europa quedaba fuera de la referencia debido a la creencia en la superioridad absoluta de la sociedad otomana sobre el mundo infiel en todos los aspectos. De este modo, los avances en todas las materias que se producían en Europa fueron totalmente desconocidos en la esfera otomana. El único contacto que tuvieron con Europa fue en el campo de batalla, y las derrotas del ejército otomano eran achacadas a un fallo en el empleo de las técnicas antiguas, que habían propiciado tantas victorias, más que al hecho de que se estaban quedando atrás en las técnicas militares con respecto a Europa.

Bien es cierto que algunos otomanos rompieron, al menos parcialmente, este aislamiento durante el siglo XVIII a través de cierto número de canales que se establecieron con Occidente. Un reducido número de embajadores otomanos fueron enviados para firmar tratados y participar en negociaciones y, aunque no se quedaban mucho tiempo, fueron los primeros en comprender algo de lo que pasaba en Europa. Además, al Imperio Otomano llegaban mercaderes, viajeros y cónsules, por lo que a los otomanos les fue imposible seguir evitando este contacto. Fue poco a poco como las costumbres y saberes europeos empezaron a entrar entre las clases dirigentes. Hasta cierto punto esto marca el comienzo del conocimiento de Europa, pero se trata de un hecho de alcance limitado, dado que entre las masas permaneció como totalmente extraño e indeseado.

A partir de entonces, los otomanos descubrieron que su poderío militar (basado en la disciplina de la infantería de jenízaros y la caballería de Sipahi) estaba naufragando y resolvieron abrirse a la diplomacia occidental. De esta manera, los comerciantes cristianos de Constantinopla (los fanariotas) se abrieron paso en la administración otomana. Este proceso duró todo el siglo XVIII, pero motivó el surgimiento de la Gran Idea de reemplazar el Imperio Otomano por un Imperio Griego. Los griegos se alzaron en armas a comienzos del siglo XIX y obtuvieron su independencia en 1823, pero jamás llegaron a concretar la Gran Idea. Los otomanos se volvieron más fanáticamente musulmanes que nunca, y se enredaron irremisiblemente en el juego político de las potencias coloniales de Occidente, al tiempo que el Imperio sobrevivía a las sublevaciones que sus propios jóvenes oficiales, educados en el arte de la guerra occidental, promovían en nombre de esos mismos valores occidentales que habían recibido. El “hombre enfermo de Europa”, como se calificó al Imperio, sobrevivió aún tres cuartos de siglo más, gracias al apoyo de Inglaterra (que necesitaba a los otomanos para contrarrestar las ambiciones de Rusia de alcanzar el Mar Mediterráneo). Esto no impidió que los otomanos perdieran virtualmente la administración de Egipto, al tiempo que los pueblos cristianos de los Balcanes (Serbia, Rumania, Bulgaria y Albania) se iban independizando uno detrás de otro.

Restablecimiento y reforma (1789-1914)

A pesar de los largos siglos de decadencia y descomposición y de las serias derrotas sufridas frente a los enemigos europeos, cuando Selim III (1789-1807) subió al trono, el Imperio todavía comprendía toda la península de los Balcanes, al sur del Danubio, toda Anatolia y el mundo árabe desde Iraq hasta el norte de África. La era de reformas del siglo XIX se puede dividir en tres fases diferentes: A) un periodo de transición y preparación (1789-1826); B) un periodo de acción intensiva (1826-1876); C) un periodo de culminación, desde 1876 hasta la primera guerra mundial.

El primer periodo fue inspirado y dirigido por dos sultanes reformadores, Selim III y Mahmud II (1808-1839), que no fueron más que reformadores tradicionales. Lo principal de su esfuerzo iba dedicado a purificar, eliminando la corrupción y el nepotismo en la administración. Además crearon unas fuerzas militares totalmente nuevas, llamadas Nizam-i Cedid, cuando los continuos reveses militares demostraron la supremacía europea. Dejaron intactos los antiguos cuerpos, muy hostiles a esta creación, por lo que ambos sultanes se vieron obligados a limitar su número, por eficientes que llegaran a ser. Cuando los Nizam-i Cedid provocaron una revuelta de los jenízaros en contra de Selim en 1807, no pudieron evitar ni su deposición al trono ni su propia descomposición, así como tampoco pudieron evitar su asesinato. Mahmud II fue colocado en el trono y tuvo que pasar muchos años antes de que se atreviera a restablecer ese cuerpo con un nuevo nombre y emprender la acción contra los asesinos.

Además del conservadurismo interno y la oposición abierta, Selim y Mahmud se vieron desviados de su tarea por los continuos peligros militares que tenían frente a sí. Francia se transformó en nación enemiga cuando Napoleón Bonaparte invadió Egipto y Siria en 1798. Sólo cuando los franceses fueron arrojados de Egipto en 1802 pudieron ser restablecidas las relaciones normales entre ambos Estados. Rusia y Austria constituían una amenaza constante en los Balcanes, y como resultado de su intervención surgieron revueltas nacionales contra el sultán en Serbia, en 1804, y en Grecia, en 1821, que temporalmente supusieron la autonomía e independencia de ambas. Las amenazas exteriores y la continua intervención extranjera en los asuntos internos hicieron extremadamente difícil para estos sultanes emprender reformas significativas. Además los jenízaros eran lo suficientemente fuertes para oponerse a los sultanes, pero no lo suficiente como para neutralizar los peligros extranjeros.

Como resultado, Mahmud II y sus partidarios llegaron por fin a la deducción de que nunca conseguirían crear nuevas instituciones militares si no acababan con las antiguas. Entonces restableció el ejército de Selim con el nombre de Sekban-i Cedid (1815), los trajo secretamente a Estambul y esperó a que los jenízaros se rebelaran contra esta decisión. Lo hicieron, en efecto en 1826, y los hombres de Mahmud bombardearon sus cuarteles y organizaron una matanza no sólo en Estambul, sino en todo el Imperio. Este hecho, llamado Vaka-i Hayriyye, fue de la mayor importancia, ya que privaba a la clase dirigente de su brazo militar para oponerse a las reformas.

El efecto militar del Vaka-i Hayriyye fue, sin embargo, desastroso. El antiguo ejército había sido destruido y no había otro que ocupara su lugar. Las grandes potencias se aprovecharon de la debilidad militar del Imperio Otomano y obligaron al sultán a aceptar la independencia griega y la autonomía de Serbia, Valaquia y Moldavia en la conferencia de Londres y en el tratado de Edirne (1829). El gobernador de Egipto, Medmeh Ali, declaró su independencia virtual, conquistó el sur de Arabia, Siria y la Anatolia sudoriental, además de derrotar al moderno ejército otomano naciente en la batalla de Konya (21 de diciembre de 1832). Cuando Gran Bretaña y Francia le retiraron su ayuda, el sultán se vio obligado a firmar el tratado de Hünkâr Iskelesi (8 de julio de 1833) con el Zar, que colocaba Imperio Otomano bajo «protección rusa». Por fin, en 1833, debido a que las potencias europeas no se ponían de acuerdo en cómo dividir el Imperio y ante el temor a un posible restablecimiento y fortalecimiento del poder si Mehmed Ali llegaba a Estambul, le obligaron a retirarse, de modo que salvaron a Mahmud.

Pero Mahmud cometió un error: decidió corresponder a las provocaciones rusas decretando la yihad; sin embargo, el Suylislam lo impidió. Entonces mandó asaltar el patriarcado, y el patriarca Gregorio V fue colgado de la misma puerta de la sede ortodoxa, lo que provocó un fanatismo en los ortodoxos y el nacimiento del movimiento helenista. Después de estos acontecimientos, Mahmud pudo hacer las reformas que formaron la base de las introducidas por el Tanzimat. Sin embargo, el esfuerzo prematuro de Mahmud por utilizar el nuevo ejército antes de tiempo resultó en una derrota desastrosa a manos de los egipcios en la batalla de Nezib (1839). El Imperio fue salvado una vez más por las potencias extranjeras, y Mahmud murió en la amargura.

De 1839 a 1876 se produjo un periodo en donde una serie de reformas, conocidas como el tanzimat-i hayrye («legislación beneficiosa»), pudieron ser realizadas por fin. El periodo del tanzimat se extendió a través del gobierno de dos sultanes, Abdülmecit I (1839-1861) y Abdülaziz I (1861-1876), ambos hijos de Mahmud II, y culminó con el reinado de Abdul-Hamid (1876-1908). El tanzimat fue básicamente el esfuerzo de la clase dirigente otomana de ese tiempo por preservar su posición autocrática tradicional modernizando los instrumentos de gobierno: la administración y el ejército. Los miembros más importantes del tanzimat fueron Musatfa Reşid Paşa, que sirvió seis veces de gran visir entre 1839 y su muerte, en 1856, y sus dos protegidos, Alisa Paşa y Fuad Paşa.

Abdülmecit I (1839-1861) llevó un estilo de vida europeo y fundió las arcas del Estado haciendo reformas. Es conocido como uno de los sultanes más mujeriegos. El sultán Abdülaziz I (1861-1876), pese a los movimientos nacionalistas, mantuvo la apertura europeísta. Fue el primer mandatario del Imperio Otomano que realizó una visita oficial a un país extranjero, acompañado por dos sobrinos y futuros sucesores: Abdul Hamid II y Murad V. En 1867 volvió de Londres eufórico y empezó a gastar toda la hacienda pública para emular lo que había visto allí. Era un déspota y un tirano que provocó una anarquía administrativa inimaginable. El Imperio Otomano ya estaba en ruina y el Sadrazam Nedim Paşa tuvo que decretar la suspensión de pagos y de la deuda externa. En 1876 el padişah es depuesto (y asesinado) por un movimiento de carácter nacionalista llamado los Nuevos Otomanos, encabezados por el gran visir Mithat Paşa.

En 1876 fue preparada e introducida una constitución en respuesta a las demandas de reforma social de la sociedad otomana. Fue promulgada por el nuevo sultán poco después de su ascensión al trono, primeramente para evitar las interferencias de las potencias europeas, reunidas a la sazón en la Conferencia de Constantinopla. El sultanato y la clase dirigente se veían ahora sujetas a la suprema autoridad de la constitución, pero aun así todo dependía de la buena voluntad del sultán y nada más. Además se reconoció la igualdad a todos los habitantes del Imperio Otomano y la existencia de un sistema judicial más independiente.

El sultán Abdul Hamid II (1876-1909) aceptó todas las condiciones de Mihad Paşa para poder subir al torno. Entre ellas estaba la promulgación de la nueva constitución que establecía una monarquía parlamentaria compuesta por dos cámaras. En el último momento, Abdul Hamid II logró introducir dos cláusulas que le permitían suspender el parlamento, declarar el estado de sitio en caso de guerra y desterrar a las personas que actuaban contra la integridad del Estado. Esta última fue usada contra el mismo Mihad Paşa, eliminando al enemigo más cercano. En 1877 el mismo padişah abrió el parlamento, pero a la caída de su sadrazam y con la excusa de la guerra con Rusia, disolvió el parlamento y llevó a cabo una política reaccionaria.

Los Jóvenes Turcos

En 1906 se crea un partido en Salónica, los Jóvenes Turcos. El gobierno prohibió esta asociación, pero la inquina contra el gobierno era tal que el movimiento se extendió rápidamente, y Abdul Hamid II tuvo que ceder promulgando una nueva constitución y concediendo una amnistía general para los presos y exiliados políticos.

Fundó un cuerpo especial de caballería formado por kurdos, llamado Hamidiye, y más proyectos que eran un peso enorme para las arcas del Estado. Así, el Imperio Otomano, en el transcurso de sus últimos 20 años de existencia, fue hipotecándose gradualmente. Ante las agitaciones nacionalistas y terroristas, el sultán reaccionó mandando asesinar a los rebeldes. El ejército otomano se rebeló pidiendo la vuelta de la constitución y Austria se anexionó Bosnia-Herzegovina. Todos estos hechos llevaron al sultán a una crisis institucional y fue depuesto por un golpe de Estado de los Jóvenes Turcos en 1909.

La política de los Jóvenes Turcos se basaba principalmente en el Tanzimat, pero a pesar de sus intentos no consiguieron transformar radicalmente los fundamentos sociales y legales del país. Entre 1909 y 1910 llevaron a cabo varias tentativas de reformas y modernización del Imperio (servicio militar obligatorio para todos, sufragio universal y educación popular masiva). Les faltó tiempo de paz para conseguir la revolución que precisaban.

Final

El sucesor del sultán derrocado fue Mehmet V (1909-1918), a quien su hermano Abdülhamid II mantuvo prisionero durante 33 años. Le proclamaron sultán y en los primeros días de su reinado hizo saber a Talat Paşa que no iba a ser una marioneta de los Jóvenes Turcos, que tuvieron que ceder ante el sultán.

Estalla entonces la Primera Guerra Mundial, con el Imperio Otomano aliado de Alemania y la Triple Alianza. Estambul fue bombardeada en 1918, la población estaba cada día más desmoralizada. Al precipitarse los acontecimientos, el soberano otomano no tuvo más remedio que sentarse a negociar con los ingleses. Aceptó las mejores condiciones teniendo en cuenta la situación , y los líderes de los Jóvenes Turcos, Cemal, Enver y Talat, huyeron en un submarino alemán evitando su detención por las irregularidades cometidas durante su gobierno.

Después de la derrota de los Imperios centrales, el Imperio Otomano (gravemente socavado por la Rebelión Árabe apoyada por Gran Bretaña) se desplomó en la anarquía. El primer Presidente de Turquía, Kemal Atatürk, simplemente abolió el sultanato y renunció a la idea imperial, por lo que la historia del Imperio Otomano alcanzó su fin en 1922.

Imperio turco que duró aproximadamente desde 1300 hasta 1922, y durante su mayor extensión territorial abarcó tres continentes, desde Hungría al norte hasta Adén al sur, y desde Argelia al oeste hasta la frontera iraní al este, aunque su centro de poder se encontraba en la región de la actual Turquía. A través del Estado vasallo del kanato de Crimea, el poder otomano también se expandió por Ucrania y por el sur de Rusia.

Su nombre deriva de su fundador, el guerrero musulmán turco Osmán (o Utmán I Gazi), que estableció la dinastía que rigió el Imperio durante su historia (también llamada dinastía Osmanlí).

-Expansión otomana-

El primer Estado otomano era un pequeño principado al noroeste de Anatolia, uno de los muchos insignificantes estados que surgieron tras el hundimiento del anterior sultanato Selyúcida de Rum. Los historiadores disienten sobre la relativa importancia de sus dos características principales: las tradiciones tribales de los guerreros turco-mongoles que dominaron el Estado y la influencia del Islam. El erudito Paul Wittek, quien destaca la influencia del Islam, afirma que el surgimiento del Estado otomano se debió a la atracción de los gazis, o guerreros de la guerra santa (yihad), quienes se unieron a los otomanos porque estaban dispuestos a desempeñar un papel importante en la lucha contra el Imperio bizantino cristiano del oeste.

Las guerras incesantes y las alianzas acertadas supusieron el éxito de los otomanos. Hacia 1325 capturaron Bursa, que se convirtió en su capital y hacia 1338 habían expulsado a los bizantinos de Anatolia. En ese mismo momento, los otomanos extendieron sus territorios hacia el sur y el este a expensas de otros principados turcos, y en 1354 tomaron Ankara en la Anatolia central. El mismo año los otomanos ocuparon Gallípoli (actual Gelibolu) en el lado europeo del estrecho de los Dardanelos, que se convirtió en la base de su avance posterior en el sudeste de Europa. En 1361 los otomanos tomaron Adrianópolis (Edirne) que se convirtió en su nueva capital, y hacia 1389, cuando Murat I derrotó a los serbios en la batalla de Kosovo, los otomanos tomaron Tracia, Macedonia y gran parte de Bulgaria y Serbia.

La derrota otomana a manos del conquistador mongol de Asia Central Tamerlán en 1402, demostró ser el único contratiempo para los otomanos, quienes rápidamente reconstruyeron, consolidaron y aumentaron su poder. En 1453 el sultán Mehmet II conquistó Constantinopla (Estambul) y la convirtió en la tercera y última capital otomana. Las conquistas continuaron durante el siglo XVI. Bajo el reinado del sultán Selim I (el Severo) fueron derrotados los Safawíes persas de Irán (en Chaldirán, 1514), región que, junto al este de Anatolia fue añadida al Imperio; en 1516-1517 los mamelucos de Siria y Egipto corrieron igual suerte y sus territorios acabaron también anexionados. Con las posesiones mamelucas, los otomanos llegaron a los lugares sagrados musulmanes de Arabia y también heredaron el interés mameluco por el mar Rojo y el océano Índico.

El hijo y sucesor de Selim, Solimán I el Magnífico, normalmente es considerado como el mejor de los gobernantes otomanos. Durante su reinado Irak fue añadido al Imperio (1534), se estableció el control otomano al este del Mediterráneo, y, a través de la anexión de Argel y de las actividades de los corsarios de Berbería, el poder otomano fue empujado hacia el oeste del Mediterráneo. También Solimán llevó a los ejércitos otomanos hasta Europa: Belgrado fue capturada en 1521 y los húngaros fueron derrotados en la batalla de Mohács en 1526. En 1529 Solimán llevó a cabo el sitio de Viena sin éxito, ya que fue derrotado por Fernando I de Habsburgo, quien conservó algunas fortalezas húngaras. Pero la invulnerabilidad del Imperio otomano quedó puesta de manifiesto en 1571 con la importante derrota de su flota en Lepanto, a manos de la Liga Santa formada por el Papado, Venecia y la Monarquía Hispánica (cuyo rey era en esas fechas Felipe II).

-Instituciones otomanas-

La principal ocupación del Estado otomano era la guerra, según sugiere la relación anterior de conquistas, y su institución más importante era su Ejército. Las primeras fuerzas otomanas estaban compuestas por una caballería turca (espahíes o sipahis) pagada a través de concesiones de ganancias del gobierno (normalmente ganancias en tierras) conocidas como timares. Cuanta más tierra era conquistada, más ingresos tenían los gazis turcos musulmanes. Pero la caballería ligera gazi no era suficiente para la guerra constante, y desde mediados del siglo XIV los otomanos comenzaron a reclutar otras tropas asalariadas de mercenarios, esclavos, prisioneros de guerra y (desde mediados del siglo XV) una leva de jóvenes cristianos de los Balcanes (los devsirmes). A partir de estas nuevas fuerzas (las kapikulli) surgió la famosa y muy disciplinada infantería otomana, cuyos miembros eran conocidos como los jenízaros, que fue el factor principal de los éxitos militares otomanos desde finales del siglo XV en adelante. Los otomanos también crearon un cuerpo especialista de artillería e ingenieros.

La administración otomana operaba en función de las necesidades de estas fuerzas. La administración provincial era fundamentalmente un sistema de distritos militares regidos por oficiales cuya principal obligación era reunir timariotas para las campañas. Gran parte del trabajo de la administración central era la obtención de los fondos y suministros necesarios para las fuerzas kapikulli. Se construían carreteras y puentes para facilitar el movimiento de tropas. En su apogeo, la administración fue muy eficiente. La administración central estaba compuesta por tres partes fundamentales: la extensa casa del sultán; los departamentos gubernamentales agrupados bajo el control del gran visir, suplente del sultán en todos los asuntos de Estado; y la institución religiosa musulmana compuesta por funcionarios musulmanes preocupados por la educación y la legislación, agrupados bajo la jefatura suprema del sayj al-islam. Los más importantes de éstos eran los cadíes (qadis), que se ocupaban de la administración local y del derecho penal. Antes del siglo XVII los musulmanes libres servían principalmente como sipahis o en la institución religiosa; el resto de la administración del Estado estaba compuesta principalmente por cristianos convertidos al Islam que eran reclutados en forma de fuerzas militares kapikulli. Su situación jurídica era la de esclavos del sultán, aunque la palabra ‘esclavo’ no tenía las connotaciones de esclavitud doméstica o de asignación que tiene en Occidente. Para los europeos contemporáneos parecía que el Estado otomano carecía de aristocracia y estaba regido por hombres elegidos por sus méritos y su lealtad total al sultán. La administración utilizaba un idioma (la lengua turca otomana) con gramática turca y vocabulario principalmente árabe y escrito en caracteres arábigos.

La mayoría de las demás funciones realizadas por los estados modernos se dejaban a instituciones no gubernamentales. La población del Imperio otomano era una mezcla cultural, lingüística y religiosa. La mayoría de la población de las provincias europeas era cristiana y pertenecía a la Iglesia ortodoxa, muchos de los cuales aceptaron el dominio otomano porque era menos oneroso que la dominación católica. En Tracia, Macedonia, Bulgaria y Albania había un extenso asentamiento musulmán, y en Bosnia se produjo una conversión en masa al islam. Los musulmanes también predominaban en algunas ciudades. En las provincias asiáticas sucedía lo contrario: la mayoría de la población era musulmana aunque había muchos cristianos en las ciudades; en Anatolia había cristianos griegos al oeste y armenios al este, y grupos numerosos de cristianos en Siria y Egipto. El pueblo estaba organizado de dos modos. Con fines económicos se agrupaba en tribus, villas así como en gremios en las ciudades. El mayor número estaba compuesto por campesinos, quizá el 15% de la población eran habitantes de las ciudades y una proporción bastante superior nómadas o seminómadas. Con fines sociales la población se organizaba en comunidades religiosas que posteriormente se denominarían millets. Muchos musulmanes pertenecían a órdenes místicas sufíes. El gobierno trataba con los jefes de las distintas comunidades religiosas y dejaba a las comunidades ventilar sus propios asuntos. Los jefes de las comunidades religiosas, por tanto, constituían una clase de intermediarios entre el gobierno y el pueblo. Los grandes terratenientes, los jefes tribales y otras personas actuaban de forma similar y se les conoció como notables (a’yan). Durante sus primeros tres siglos, el Imperio otomano fue próspero, y esta prosperidad se reflejó en el desarrollo de una brillante cultura: música, literatura (especialmente historia, geografía y poesía), pintura y, sobre todo, arquitectura, cuya mejor representación está en la mezquita de Solimán en Estambul, construida por el gran arquitecto de Solimán, Sinan.

-Decadencia otomana-

Durante la mayor parte del silo XVII el Imperio otomano fue territorialmente estable pero durante los últimos años del siglo, comenzando con el rechazo otomano en el segundo sitio de Viena (1683), el Imperio sufrió una sucesión de derrotas militares, primero a manos de Austria y posteriormente de Rusia en las Guerras Turco-rusas. Con el Tratado de Iasi (1792), los otomanos, que ya desde 1774 habían perdido el kanato de Crimea en favor de Rusia, perdían sus territorios al norte del Danubio y todos los territorios al este del Dniéster también a manos rusas. En los demás territorios europeos, y en Asia y África, había muchos gobernantes más o menos autónomos sobre los que el gobierno central tenía poco control.

Hubo dos respuestas a esta decadencia por parte de los otomanos. Por un lado, mantenían que la raíz del problema era que las instituciones otomanas, comenzando por el Ejército, habían permitido la merma del esplendor que había prevalecido en el siglo XV y la respuesta era volver a la antigua situación. Por otro, el sector poderosamente representado por la burocracia civil, creía que el problema era que los estados europeos habían hecho avances militares que era necesario que los otomanos igualaran. Durante el siglo XIX esta segunda opción dominó y el resultado fue el movimiento de reforma otomana que comenzó durante el reinado de Mahmud II. Sin embargo, se descubrió que la reforma militar necesitaba de cambios mucho más trascendentales en el gobierno y, en última instancia, en la sociedad, a largo plazo.

-Reforma otomana-

Mahmud II intentó abolir el antiguo Ejército y sustituirlo por una nueva fuerza al estilo europeo. En 1826 acabó con los jenízaros; se permitió que el ejército sipahi se derrumbara y los timariotas fueron licenciados por el Estado hacia 1831. En su lugar fundó una fuerza pagada, disciplinada y reclutada que se convirtió en el principal instrumento de centralización política durante el último siglo del Imperio otomano, y también en la principal inspiración para la modernización de otras instituciones otomanas. Un ejército moderno era caro, debían pagarse impuestos y era necesaria una burocracia más numerosa y eficaz para recaudarlos. Además, se precisaba un sistema educativo moderno para suministrar oficiales al Ejército y funcionarios al Estado. También se realizaron importantes reformas jurídicas e importantes desarrollos en comunicaciones (telégrafo y ferrocarril). Todas estas reformas costaban dinero y debían transferirse más recursos de instituciones no gubernamentales al Estado. La oposición fue vencida por el nuevo Ejército. Todavía no había suficiente dinero y desde mediados del siglo XIX los otomanos comenzaron a solicitar préstamos en grandes cantidades al extranjero. Finalmente (1875) el Imperio no puso interés en sus deudas y tuvo que aceptar cierto control financiero europeo (1881).

Así, la centralización fue el principal asunto tratado durante el Tanzimat, nombre dado al movimiento de reforma entre 1839 y 1878. También había otro segundo y contradictorio problema englobado en dos famosos edictos (el Noble Edicto de la Cámara Rosa o jatt-i-sarif, de 1839, y el Edicto Imperial, de 1856). Dicho problema no era otro que el concepto de liberalización, con el que se pretendía conceder a los ciudadanos derechos y libertades más amplias, y en particular dar a los no musulmanes los mismos derechos y deberes que a los musulmanes. En gran medida este segundo aspecto fue impuesto a los otomanos por la presión de las grandes potencias europeas en nombre de los cristianos otomanos como parte de la denominada Cuestión Oriental.

Las tensiones causadas por las reformas del Tanzimat provocaron críticas tanto de quienes no querían el cambio, considerándolo anti-islámico, como de quienes creían que las reformas no llegarían lo suficientemente lejos y deberían acompañarse por una mayor participación popular en el gobierno. En la década de 1860, un grupo de hombres jóvenes conocidos como los Nuevos Otomanos, solicitaron una variedad de reformas, incluida la petición de una constitución. En 1876, los ministros reformistas promulgaron una Constitución, aunque fue anulada en 1878. Siguieron una serie de conspiraciones revolucionarias por grupos conocidos normalmente como Jóvenes Turcos, que culminaron en una revolución militar en 1908, con la caída del gobierno despótico del sultán Abdülhamit II y la restauración de la Constitución. Los conspiradores militares estaban relacionados con un grupo de oposición denominado Comité de Unión y Progreso, que en 1913 tomó el control del Imperio y comenzó a introducir nuevas reformas más radicales.

-Colapso otomano-

Durante el último siglo de su existencia, la cuestión ante la que se encontraba el Imperio otomano era si a través de la coerción y la conciliación podía mantenerse unido, hasta que los frutos de la modernización satisficieran a los ciudadanos no musulmanes para que continuaran formando parte del Imperio. En sus provincias europeas fracasó porque los cristianos no acataban el poder otomano y las potencias europeas no permitían que éste les coaccionara. Gradualmente las provincias se hicieron autónomas: Grecia (1829), Serbia (1830) y los principados de Moldavia y Valaquia (actual Rumania) que se unificaron en 1859. Grecia se independizó en 1830, Serbia, Rumania y Montenegro en 1878, así como parte de Bulgaria. Hacia 1885 los territorios otomanos en Europa se redujeron a Macedonia, Albania y Tracia, y todos ellos, exceptuando Tracia, dejaron de pertenecer al Imperio como resultado de las Guerras Balcánicas de 1912-1913. También los otomanos perdieron el control del norte de África: Argelia fue tomada por Francia en 1830 y Túnez en 1881. Inglaterra ocupó Egipto en 1882 e Italia se anexionó Libia en 1912. Pero los otomanos conservaron las provincias asiáticas e incluso aumentaron su poder en Arabia. Aunque había algunas muestras de oposición nacionalista en las provincias árabes, se limitaron a una pequeña minoría, y en 1914 no había razones que hicieran pensar que el poder otomano no perduraría en Asia.

El colapso y la extinción del Imperio otomano fue consecuencia de la I Guerra Mundial. El gobierno cometió el error de entrar en la guerra del lado de los Imperios Centrales, y la derrota de Alemania significó el final de los otomanos. Éstos no tuvieron demasiados problemas durante los dos primeros años de la guerra, aunque sufrieron derrotas a manos de Rusia al este de Asia Menor. Pero en 1917-1918, cuando comenzaron en Irak y Siria nuevas ofensivas británicas, las fuerzas otomanas comenzaron a declinar y tras la firma del Armisticio de Mudros (octubre de 1918) los otomanos habían perdido todo menos Anatolia. Los otomanos se vieron obligados a firmar el Tratado de Sèvres (1920), a través del cual no sólo perdían las provincias árabes sino también sufrían la división de Anatolia. En oposición a los planes aliados, y en concreto a la invasión de Izmir por Grecia en mayo de 1919, surgió un movimiento nacionalista bajo el liderazgo de Mustafá Kemal Atatürk; este movimiento llevó a cabo la resistencia armada hasta que en 1922 los griegos fueron derrotados y expulsados de Anatolia y del este de Tracia. El sultán se había comprometido por su aquiescencia con la política de los aliados, y el 1 de noviembre de 1922 se abolió la dinastía otomana y el Imperio llegó a su conclusión. Un año después fue sustituido por la República de Turquía.

-Conclusión-

Es necesario mencionar las consecuencias de la caída del Imperio otomano. Los estados balcánicos lo recordaban como un brutal opresor, los liberales europeos lo denunciaron durante mucho tiempo como el gobierno de una horda extranjera, los nacionalistas árabes lo acusaron de haber frustrado el potencial árabe durante siglos, y los nacionalistas turcos lo consideraban un recuerdo peligroso que amenazaba el movimiento progresivo hacia la nueva república. Sus ideologías islámicas y otomanas fueron desacreditadas. Un sistema político que duró 600 años, más que el Imperio romano o el Imperio Británico , y controló una extensa área, debió de tener algunas virtudes. Para los musulmanes era una cuestión de orgullo y comodidad: el orgullo por sus primeras victorias, y la comodidad que disfrutó como defensa frente al mundo no musulmán. Para los hombres de talento representaba un foro a través del cual podían moverse con facilidad (y así lo hacían) en la búsqueda de una vida mejor. Y para una gran variedad de pueblos (en 1914 todavía 25 millones) de distintos idiomas, culturas y religiones, una forma de vivir juntos con cierto grado de armonía. Fue un Imperio con talento para la guerra y el gobierno y además guardó un gran secreto imperial: los imperios dependen de un gobierno mínimo para su supervivencia y no deben interferir demasiado en las vidas de sus ciudadanos. El movimiento de reforma que intentaba asegurar la supervivencia del Imperio pudo haber sido la causa principal de su destrucción. Pero los nuevos estados que sucedieron al Imperio descubrieron que las ideologías de nacionalismo, con las que se habían opuesto al otomanismo, eran instrumentos difíciles con los que regir estados multinacionales.

El legado otomano fue importante durante los años siguientes. Había hombres educados tanto en el sistema otomano como en las ideas del movimiento de reforma que regían los asuntos de la república turca y eran líderes políticos de los estados árabes. Los movimientos de población y las conversiones que se habían producido bajo el Imperio dejaron considerables problemas a los estados sucesores, principalmente con respecto a los musulmanes que vivían en los estados de los Balcanes. Sin embargo, el Imperio ha sido poco estudiado y poco comprendido, principalmente debido a que se abandonó su idioma. El turco otomano, para quienes lo leen, sigue siendo una clave, como el latín y el griego clásico, para el estudio no sólo del Imperio sino también de una civilización muy característica.

Fuentte: Wikipedia

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