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Imperio Colonial Britanico

Desde la perspectiva actual, se hace difícil valorar la importancia del Imperio Británico sin caer en una exageración. La civilización de nuestros días da por sentado sobre la base de no pocos valores que nacieron o tomaron vida en el seno de este gran imperio, o fase de hegemonía inglesa en el mundo. Sin embargo, sobrevalorar esa aportación equivaldría a minimizar injustamente la herencia acumulada en la Historia y supondría enfocar el futuro con una visión estancada, como si lo conseguido fuera el óptimo que deseara alcanzar la Humanidad.

La situación en el contexto general de la Historia ayuda a realizar este ejercicio aplicado a cualquier periodo. En el ejemplo que aquí nos ocupa, hay que tener en cuenta dos cuestiones concretas: una, que esa hegemonía se realiza dentro de un marco más amplio, la civilización cristiana occidental, de la que es deudora y sin la cual no puede explicarse; otra, que en ese contexto fue pionero en aportaciones sustanciales que contribuyeron notablemente a la transformación del mundo civilizado, en Occidente y en otras partes, porque fueron en sí mismas agentes de civilización..

General inglés del Imperio, de la época.

I

COLONIALISMO E IMPERIALISMO:

CONCEPTO Y CAUSAS

1. Concepto de Imperialismo y Colonialismo.

El concepto de Imperialismo y Colonialismo no tiene una fácil definición y resulta obvia su identificación en muchos casos. El sentido histórico del término colonización tiene una gran amplitud designando cualquier forma de dominio político, económico o cultural en épocas distintas de la Historia. Puede designar tanto a la colonización griega del siglo VIII a.c., como a la colonización española o portuguesa del siglo XVI. Algunos historiadores consideran, además, que el término colonialismo implica una relación de dominio directo entre la metrópoli y las colonias.

Por su parte, el término Imperialismo haría referencia, en principio, a la configuración de estructuras, fundamentalmente políticas, de carácter supranacional. Su versión moderna se acuñó en 1840 y encierra una acepción más restringida convirtiéndose en uno de los términos más oscuros de la Ciencia Política. A fines del siglo XIX comienza a dársele su acepción actual gracias a las obras del americano Ch. A. Conant y al inglés J. A. Hobson, e indicaría cualquier forma de sujección. El uso del término denotaba la mayor importancia de los móviles económicos en la expansión colonial iniciada a fines del siglo XIX.

La historiografía marxista retomaría el término, especialmente cuando Lenin extrajo las últimas consecuencias de la teoría de la acumulación capitalista y denunció al Imperialismo como “estadio supremo del Capitalismo”, ante la necesidad ineludible de invertir en los territorios de Ultramar los capitales excedentes de las potencias occidentales.

Así, pues, desde fines del siglo XIX el Colonialismo e Imperialismo adquieren un significado especial. La política imperialista que practican los países europeos sigue en gran parte las fórmulas coloniales clásicas (dominio político directo hasta la Segunda Guerra Mundial) y buscan objetivos típicamente mercantilistas: búsqueda de mercados, explotación de materias primas, etc. Todo ello, junto a objetivos económicos nuevos: exportación de capitales y unas fórmulas de dominación más sutiles y típicamente actuales, como fue el caso del Imperialismo Norteamericano.

2. Causas y teorías de la expansión colonial.

Pocos temas han sido tan debatidos como el de los orígenes de la expansión imperialista en el siglo XIX. Básicamente, sus teorías explicativas se dividen en dos grandes grupos: las que defienden la supremacía absoluta de los factores económicos y aquellas que sostienen, en cambio, el predominio de razones de tipo político o ideológico. El debate todavía no ha concluido en la actualidad, aunque se tiende a descartar una explicación exclusivamente unitaria de la expansión imperialista.

2.1. Interpretaciones económicas del Imperialismo.

1- Búsqueda de mercados: La competencia por la obtención de mercados para los excedentes de producción es el factor decisivo de la expansión imperialista, según la teoría de Charles A. Julien. El punto de partida sería la crisis de 1873, y el período deflacionista subsiguiente; acentuado por el viraje proteccionista iniciado por la mayor parte de países industrializados, excepto en Gran Bretaña. En realidad existe un paralelismo entre expansión colonial y proteccionismo. Por el contrario, el mantenimiento de la política librecambista británica también se explica en parte por la expansión imperialista, tras el cierre de los mercados europeos a los productos británicos tras la oleada proteccionista.

2- Obtención de materias primas: La búsqueda de materias primas no suscitaba, al menos en los orígenes de la expansión colonial, el mismo interés. Sólo en algunos casos constituyeron un estímulo importante.

3- Inversión de capitales: La relación entre inversión de capitales y expansión imperialista fue formulada por Lenin en su obra “Imperialismo, fase superior del capitalismo” (1917). Según la explicación marxista, cuando el capitalismo alcanza el estado “monopolístico”, las oligarquías financieras utilizan la colonización como instrumento para la inversión de capitales. Su finalidad no sería obtener mercados o materias primas, sino también y sobretodo, territorios donde exportar capitales y mantener un alto grado de rentabilidad de éstos en un momento en que la tendencia deflacionista de los precios en los países industrializados había significado una sensible disminución de los beneficios del capitalismo financiero. La inversión de capital se orientaba en los países colonizados o de economía dependiente hacia sectores que requerían escasa dotación técnica y mano de obra no cualificada (minería, plantaciones agrícolas, etc..), frecuentemente en forma de contratos de préstamo, de manera que se obligaba al país deudor a invertir ese capital en las compras de bienes de equipo o mercancías en el país acreedor. Como consecuencia, conforme se establecían mayores lazos financieros, mayor era el grado de dependencia.

4- Factores demográficos y sociales: Junto a la búsqueda de mercados e inversión de sus capitales, considerados tradicionalmente como los factores esenciales de la expansión colonial, aparecen otros de raíz socioeconómica. Algunos historiadores han resaltado la incidencia de la presión demográfica europea en la expansión colonial. Hasta 1914, más de treinta millones de europeos emigraron a ultramar. Aunque hay que tener en cuenta que la emigración se dirigió preferentemente hacia Estados Unidos y que si exceptuamos el caso británico, el colonialismo fue impulsado por países sin excedente demográfico.

Además, el colonialismo tuvo efectos beneficiosos desde el punto de vista social: contribuyó a paliar las fases de recesión económica y el paro; atenuando considerablemente las tensiones sociales. Por otro lado, el aumento del nivel de renta del proletariado provocó una disminución de la plusvalía de los capitales e incitaba la inversión de capital en las colonias, donde los niveles salariales eran mucho menores.

2.2. Interpretaciones políticas e ideológicas.

Las explicaciones económicas del Imperialismo fueron criticadas en el periodo de entreguerras y de manera más decidida tras la Segunda Guerra Mundial. La interpretación política del Imperialismo fue defendida por William Langer en su obra “The diplomacy of Imperialism” y más tarde por Winslow y el francés Raymond Aron. Para estos historiadores, la gloria, el poder y el prestigio fueron los fundamentos del colonialismo. Los factores económicos serían argumentos utilizados por los defensores de la expansión colonial para conseguir que la opinión pública aceptase los sacrificios económicos que comportaban las colonias. Las colonias serían, para esta corriente historiográfica, una carga más que un negocio. El estudio clásico de J. A. Hobson pretendió demostrar que las colonias inglesas no eran rentables. Aunque su análisis fue debatido posteriormente, sostuvo acertadamente que el capital excedentario se debía únicamente a que el sistema social europeo negaba a la masa popular una capacidad de consumo suficiente para estimular la economía industrial. Así, las crisis de superproducción que fueron un estímulo para la expansión imperialista serían, al mismo tiempo, crisis de subconsumo.

Las motivaciones políticas de la expansión colonial están entremezcladas muchas veces con elementos afectivos o de psicología social. No obstante, por su ambigüedad, el nacionalismo, el prestigio o el poder son difíciles de precisar; ¿Son motivos reales o medios para disimular otras causas?

En otros casos influyen razones de tipo diplomático, como la política colonial de Bismarck en la década de 1880 de intentar trasplantar al área colonial la política de equilibrio europeo o de utilizar las colonias como bazas en beneficio del equilibrio general. Las preocupaciones geoestratégicas fueron también argumentos importantes, especialmente para el imperialismo británico, cuya empresa era el asegurarse las rutas marítimas y las zonas neurálgicas del mundo.

2.3. La ideología imperialista.

Junto a estas causas políticas, existen una serie de factores ideológicos que configuran la denominada ideología imperialista. El punto de partida sería la evolución ideológica que experimentan los países europeos en el último tercio del siglo XIX. Una corriente de conservadurismo se extiende por toda Europa. La burguesía revolucionaria, una vez cumplido el ciclo histórico de suprimir el Antiguo Régimen y establecer las bases del Estado liberal, evoluciona hacia actuaciones conservadoras cuya manifestación ideológica más significativa es el nacionalismo, con tintes más o menos xenófobos. Este nacionalismo conservador tiene una de sus manifestaciones más importantes en la denominada “mística imperialista”, que baraja argumentos como honor nacional, prestigio político, misión civilizadora o evangelizadora y agrupa a las corrientes que defienden o justifican la expansión colonial.

En Gran Bretaña está representado por el llamado “jingoísmo” que integraba tanto a políticos tories (Disraeli, Rhodes) como liberales-imperialistas (Chamberlain). El Jingoísmo era un movimiento nacionalista y racista británico y consideraba necesario el Imperio, pues la “mejor raza del mundo” puede y debe dominar a los pueblos inferiores. Este sentimiento hipernacional estaba alimentando por el acoso a la hegemonía británica que representaban Alemania y Estados Unidos. Numerosos intelectuales se sintieron atraídos por el llamado “darwinismo social”, que extrapolaba las ideas evolucionistas de Darwin a las cuestiones sociales y políticas, afirmando la existencia de naciones más capacitadas para la supervivencia. Tal vez el mejor representante de esta corriente es el escritor británico Ruyard Kipling que habla de “el deber del hombre blanco”.

En Francia, la ideología colonialista no alcanzó el mismo consenso que en Gran Bretaña, el partido colonial representaba intereses muy diversos (desde los medios financieros y el ejército hasta el funcionariado colonial). Políticos como Jules Ferry y León Gambetta fueron los máximos impulsores del colonialismo francés.

En Alemania, las ideas nacionalistas se apoyaron en la “Nachbarschatsmission” (misión de vecindad), fomentada por los medios misioneros católicos y protestantes, que consideraban la exploración y colonización como un medio para la evangelización. Sin embargo, los inicios de la política colonial alemana estuvo motivada por motivos comerciales, como lo demuestra la creación de la Deutsche Kolonialverein (Unión Colonial Alemana, 1882).

En Estados Unidos, los orígenes de la política colonialista se remontan a la doctrina Monroe: “América para los americanos” (1823), fórmula para oponerse a cualquier reconquista de Hispanoamérica por las potencias surgidas de la Restauración. A fines del siglo XIX el Corolario Olney (1895) retomaría esta doctrina al afirmar que ningún país europeo podría intervenir en el continente americano sin el consentimiento del gobierno estadounidense.

También la ideología colonial se reafirmó, por motivos religiosos o científicos. Colonialismo y misionalización guardaron estrechos vínculos, la Iglesia Católica y las confesiones protestantes extendieron su influencia a escala mundial a través de las misiones. Las Sociedades Geográficas contribuyeron también a la difusión de la ideología colonial: las expediciones para la exploración del interior del continente africano dieron una justificación moral y reforzaron el ideal europeo del universalismo, al tiempo que influyeron en la formación de una opinión pública favorable al expansionismo imperialista.

II

LAS GRANDES ÁREAS DE EXPANSIÓN EUROPEAS EN ÁFRICA Y ASIA

1. El marco histórico de la expansión colonial.

Durante la primera mitad del siglo XIX el Imperialismo colonial contó con escasos partidarios entre los gobiernos europeos o la opinión pública. El sistema mercantilista, soporte teórico del colonialismo en el Antiguo Régimen, entra en crisis con el desarrollo del liberalismo económico. Los teóricos de la escuela de Manchester (Adam Smith, David Ricardo, Jeremy Bentham) son abiertamente anticolonialistas. Las revoluciones de independencia de Estados Unidos y América Latina provocan la crisis definitiva del colonialismo clásico. Gran Bretaña, sin la existencia de países competidores, afianza su hegemonía marítima y propugna una política librecambista en donde no tienen cabida los pactos coloniales.

Sin embargo, a partir de 1870 se inició un relanzamiento del colonialismo. La crisis económica de 1873, la tendencia deflacionista de los precios durante la Gran Depresión y el retorno al proteccionismo marcan el punto de partida de la expansión imperialista. A las crisis cíclicas del capitalismo se une el desarrollo del capitalismo financiero con la multiplicación de sociedades por acciones y entidades de crédito; el tránsito de la libre competencia al capitalismo monopolístico significa, además, la formación de trusts y cártels que aspiran a repartirse el mercado mundial.

El reparto económico del mundo entre grupos monopolísticos y el reparto político entre las grandes potencias constituyeron evidentemente fenómenos distintos, pero la conexión entre ambos es innegable.

Las grandes potencias acometieron el reparto del mundo. En menos de treinta años la fiebre colonial llegó a todos los confines del mundo extraeuropeo. Gran Bretaña y Francia extendieron y consolidaron sus dominios en Asia y se lanzaron a la aventura africana. La Alemania de Bismarck patrocina el reparto de África en la Conferencia de Berlín de 1885, como una continuación de su política de alianzas en Europa. Concluido el reparto, se iniciaron las rivalidades para una redistribución en beneficio de las potencias rezagadas (especialmente Alemania). Como consecuencia las crisis imperialistas inician un periodo de tensiones conocido como “la Paz Armada”, que conduciría a la Primera Guerra Mundial.

2. La formación del Imperio Colonial Británico.

Territorios que formaban el Imperio Británico.

A mediados del siglo XIX Gran Bretaña era la única gran potencia colonial en Europa. A pesar de su política librecambista conservaba un conjunto de dominios a escala mundial. Mantenía cinco tipos de colonias:

1- Puertos de escala, que aseguraban su domino de las rutas marítimas y conquistadas en su mayoría a españoles, franceses y holandeses (Malta, Corfú e Islas Jónicas en el Mediterráneo; Gibraltar, El Cabo, Isla Mauricio, Adén y Ceylán en la ruta hacia la India; Singapur y Hong-Kong en la ruta de China).

2- Factorías comerciales en la costa africana (Sierra Leona y Gambia).

3- Colonias de Plantación, suministradoras de productos tropicales (Antillas, Honduras y Guyana).

4- Los Dominios, eran, sin duda las principales piezas del Imperio Británico. Eran las colonias de poblamiento blanco: Canadá, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda, destinadas a absorber los excedentes de población.

5- La India, la mayor colonia de explotación. La joya de la Corona.

La política colonial británica inició una profunda transformación a partir de la depresión iniciada en 1873. Las crisis de superproducción, la oleada proteccionista que cerraba los mercados europeos y la competencia alemana y norteamericana obligan a Gran Bretaña a basarse cada vez más en sus colonias. La crisis de 1882 y el declive de su hegemonía económica ante el dominio de las nuevas tecnologías industriales por Alemania y Estados Unidos acentúan esta tendencia. Las dificultades económicas se reflejaron en un sentimiento nacionalista de raíz popular, expresado a través de una prensa, decididamente colonialista. El “jingoísmo”, impulsado por las obras de Kipling en donde se exalta el valor y la misión de la raza blanca (especialmente la anglosajona), contribuyó a su consolidación.

Cuando, con su expansión en África, Gran Bretaña funda nuevas colonias de explotación, a las que añade el protectorado de Egipto y Sudán a principios del siglo XX, reunió un Imperio Colonial de 33 millones de kilómetros cuadrados y 405 millones de habitantes, el más grande y extenso que el planeta haya conocido. Sin embargo, la fuerte inversión financiera en las colonias, junto a la pérdida demográfica, y su retraso tecnológico con respecto a Alemania, se debilita su posición en Europa.

Francia fue el otro país europeo capaz de crear un imperio colonial de dimensiones mundiales, aunque desde luego no comparable al británico. Francia había perdido su antiguo imperio colonial en el siglo XVIII (Guerra de los Siete Años). En 1830, durante el reinado de Carlos X, se había iniciado una tímida penetración en Argelia, aunque los inicios de la colonización francesa en el siglo XIX se realizan durante el II Imperio dentro de la política de prestigio de Napoleón II, cuando sigue la conquista de Argelia y se incorpora Camboya mediante el tratado de Saigón de 1862, que establecía la soberanía francesa en Cochinchina. Hasta la década de 1870 Francia no tiene una política colonial de amplias perspectivas. El afán de recuperar el prestigio internacional tras la derrota en el conflicto francoprusiano de 1870-1871, y la crisis de 1873, empujaron a Francia hacia la aventura colonial. Finalizada la conquista de Argelia se inicia la de Túnez (1881) y completa el dominio de Indochina. La clave del expansionismo francés sería la conquista de las islas de Madagascar y Reunión, enclaves esenciales hacia sus colonias del Sureste asiático. La ocupación francesa de Laos amenazaba el Dominio británico de la India, y fue foco constante de disputas entre ambas potencias. La presencia del estado-tapón de Siam (Tailandia) redujo estas fricciones.

3. La colonización de África.

3. La colonización de África.


3.1 Los inicios de la colonización africana.

Antes de 1880 África era un continente casi desconocido. La ocupación europea se limitaba fundamentalmente a zonas costeras y desembocaduras de los grandes ríos africanos: Níger (que sirvió de vía de penetración para los ingleses), Senegal (para los franceses) y el Congo. La actividad de las Sociedades Geográficas y las exploraciones, especialmente de Brazza y Stanley, posibilitan el conocimiento de la cuenca del Congo como vía de acceso al interior del continente africano y estimulan la rivalidad de las potencias coloniales.

La primera zona de expansión colonial se realiza en el área mediterránea. La apertura del canal de Suez (1869) dejaba abierta la ruta hacia la India y China, y despierta la rivalidad de Francia y Gran Bretaña en el dominio del Mogreb. El papel de Italia y España en la zona va a ser de meros espectadores. La ocupación de Túnez por Francia y de Egipto por Gran Bretaña fue el resultado de un juego de intereses complejos propiciados por la decadencia del Imperio Otomano. Egipto y Túnez eran provincias del Imperio Otomano. La decadencia turca posibilita su dominio por Gran Bretaña y Francia. Gran Bretaña pretendía, con el dominio de Egipto, el control del Mediterráneo Oriental y la ruta de la India a través del Mar Rojo, para más tarde, crear un Imperio en África Oriental, desde El Cairo hasta El Cabo (“imperio vertical”). Francia, por su parte, ambicionaba el dominio de todo el Mogreb e inicia su expansión hacia Túnez. El domino de Túnez provoca el choque entre Francia e Italia, pero gracias al apoyo británico se consolida, finalmente, la conquista francesa en 1881. Túnez constituía un foco de atracción para la emigración francesa e italiana. El poblamiento italiano se hizo mucho más rápido que el francés (60.000 italianos frente a 16.000 franceses), pero la incorporación de Túnez a Italia hubiese permitido el dominio italiano del Mediterráneo central: Sicilia y Túnez podían significar una tenaza de cierre para el tráfico británico hacia el canal de Suez, motivo suficiente para que Gran Bretaña apoyase a Francia frente a las presiones italianas.

El apoyo británico a Francia en Túnez facilita su dominio de Egipto, y pone fin al conflicto franco-británico por el dominio del canal de Suez. Los orígenes de esta rivalidad se remontan a la construcción del canal, obra del ingeniero F. Lesseps con apoyo de capital francés. El endeudamiento de Egipto obligó a vender un importante paquete de acciones de la Compañía del Canal, hasta entonces monopolio franco-egipcio. Gran Bretaña aprovecha la oportunidad, y a través de la banca Rothschild, consigue el 40% de las acciones. Las dificultades financieras egipcias permitieron la creación de la “Caja de la Deuda Pública”, bajo el control franco-británico, lo que en la práctica significaba el condominio solapado de ambas potencias.

Del condominio se pasa al dominio británico tras la revuelta nacionalista y antieuropea que dirige Arabí Pachá en Alejandría (1881). Francia se inhibe y Gran Bretaña aprovecha la ocasión para ocupar militarmente Alejandría e imponer un condominio anglo-egipcio, fórmula peculiar de administración que respetaba, sólo teóricamente, la autonomía egipcia.

El fracaso en Egipto impulsará a Francia hacia la expansión en Marruecos y Norte de África. Para evitar el dominio francés del Mogreb, Gran Bretaña abogará por las pretensiones españolas para limitar el dominio francés. España pretendía ampliar su zona de influencia en Marruecos. A principios del siglo XX, la ocupación de Marruecos se convertirá en uno de los ejes principales de las llamadas “crisis imperialistas” y alimentará el clima de tensiones anterior a la Primera Guerra Mundial.

3.2. Orígenes de la colonización del África Negra.

Al igual que el dominio de África del Norte había desencadenado la rivalidad franco-británica, la colonización de Centroáfrica despierta el interés de Bélgica y Francia, y una tercera potencia en discordia, Portugal.

Los orígenes de la colonización del África Negra se remonta a los proyectos de Leopoldo II de Bélgica. Leopoldo II aprovecha su afán explorador y sus cualidades de diplomático y previsor hombre de negocios para obtener un Imperio colonial para Bélgica. Tras sucesivos y frustrados intentos de obtener Formosa (1865), Abisinia (1868), Mozambique (1869) o Filipinas (1871), fijaría su atención en África Central. Con el apoyo de las Sociedades Geográficas y tras una campaña cuidadosamente preparada, consiguió que se convocara la Conferencia Geográfica de Bruselas (1876), punto de partida de la penetración en el Congo. La actividad, supuestamente filantrópica de Leopoldo II, consiguió vencer los recelos de las potencias europeas. Al mismo tiempo, las exploraciones de Stanley por el curso superior del río Congo (1874-1877) confirmaron que el río era la gran vía de penetración del interior de África. La alianza entre el explorador y el soberano belga se plasmó en la creación de la Asociación Internacional del Congo (1879), empresa con el doble objetivo de explorar y obtener los recursos de la región del Congo.

Paralelamente, Francia había apoyado la expedición del explorador italiano Brazza en el margen derecho del río Congo, en donde había conseguido un acuerdo con el rey congoleño Makoko. El gobierno francés, para desquitarse de la pérdida de influencia en Egipto ratifica el Tratado Brazza-Makoko, y establece un protectorado sobre la orilla derecha del Congo. A su vez, Portugal, que había ocupado el territorio de Cabinda, en la desembocadura , reivindica la soberanía sobre las dos orillas.

En 1861, los ingleses se adueñaron del puerto nigeriano de Lagos e iniciaron el comercio con el interior del país. En 1885, la Conferencia de Berlín reconoció el territorio de Nigeria como zona de influencia británica, lo que permitió que, en 1914, se constituyera el Protectorado y la colonia británica de Nigeria. Por otra parte, Sierra Leona, fuente importante para el comercio de esclavos, se convirtió en colonia británica en 1808 y en 1896 pasó a ser Protectorado.

3.3 La Conferencia de Berlín de 1885: el “Scramble” de Africa

(1885-1898).

Para resolver el conflicto creado sobre la soberanía del Congo, Bismarck, que hasta entonces no se había interesado por el tema colonial, convoca una conferencia en Berlín, cuyos objetivos eran los siguientes:

a) Mantener la política de equilibrio europeo. El sistema de alianzas creado por la diplomacia de Bismarck con el objetivo de mantener la paz en Europa podría derrumbarse por las tensiones generadas en la expansión colonial. Se trataba, pues, de transferir el sistema de Bismarck a las colonias y que Alemania asumiese el mismo papel mediador que había realizado en el orden internacional.

b) Creación de un Imperio Colonial para Alemania. La falta de un imperio colonial era una traba importante para el desarrollo económico alemán; el cierre de los mercados europeos con el retorno al proteccionismo creaba dificultades y ahogaba el ritmo de crecimiento industrial. La posibilidad de obtener mercados potenciales sería, por tanto, un factor a considerar en la tardía incorporación de Alemania a la carrera imperialista.

La Conferencia de Berlín de 1885 reunió a representantes de 12 naciones europeas, además de una representación de Estados Unidos y Turquía para abordar el problema del Congo y establecer las líneas directrices del reparto de África, alejando de momento el riesgo de un conflicto militar de raíz imperialista. Los principios básicos establecidos en la conferencia fueron los siguientes:

- Reconocimiento de la Asociación Internacional Africana, como Estado Libre del Congo bajo la soberanía de Leopoldo II. El parlamento belga le autorizó a gobernar a título personal, aunque más tarde, se integraría en Bélgica. De esta manera el Valle del Congo con todos sus recursos potenciales se confería a una potencia de segundo orden; evitando de esta manera el enfrentamiento directo de franceses, ingleses y alemanes.

- Libertad de navegación por los ríos Níger y Congo, excluyendo su monopolio por ninguna potencia y facilitando el acceso y explotación del interior del continente.

El punto más importante radicó en el reconocimiento de que el control de la costa no implicaba una ocupación efectiva del territorio. Hasta entonces había prevalecido la doctrina que establecía que la ocupación de la costa legalizaba la del interior, sin que fuera necesaria su ocupación inmediata. Esta doctrina desató una carrera colonial desde las zonas costeras al interior, con el fin de controlar la mayor parte de territorios posibles.

Así, prescindiendo de supuestos geográficos, históricos o jurídicos se legalizaba la ocupación efectiva de los territorios africanos. El carácter de la colonización se modificó: el imperialismo militar venció al imperialismo geográfico o económico. Las adquisiciones se multiplicaron y en 1890 África se encontraba totalmente repartida.

En los años siguientes a la Conferencia de Berlín se firman una serie de tratados que permiten efectuar lo que el periódico inglés “The Times” definió como el Scramble de África (el “revoltijo” de África). Gran Bretaña amplió sus dominios en el África Oriental (Uganda, Rhodesia, Bechuanalandia) y occidental (Nigeria); la explotación colonial se realizó primero a través de grandes compañías comerciales, y posteriormente, por el dominio directo de la metrópoli.

En la Conferencia de Berlín, Alemania obtuvo un imperio colonial: Togo, África del Sudoeste (Namibia) y el África Oriental Alemana (Tanzania). En África Oriental el expansionismo británico y alemán chocaron; por ello, ambos países tuvieron que suscribir el tratado de Heligoland (1890) que delimitó sus respectivas áreas de influencia. Así, el proyecto de Cecil Rhodes de crear un inmenso dominio en todo el África Oriental desde El Cairo a El Cabo (“imperio vertical”), unido por ferrocarril y líneas telegráficas, queda imposibilitado por la colonia alemana de Tanzania.

Francia consolida su dominio sobre la orilla derecha del Congo y con el Senegal forma el África Occidental Francesa. Fracasa, sin embargo, el proyecto de formar un Imperio “horizontal”, uniendo el Atlántico con el Indico a través de Sudán. Es precisamente en Sudán donde se produce la más importante crisis colonial de fines del siglo XIX: el incidente de Fachoda (1898). Un ejército francés, dirigido por el general Marchand, avanza hacia el Sudán, al tiempo que un ejército británico, dirigido por Kitchener, desde Egipto. Ambos se encuentran en Fachoda. El ejército francés llega primero, pero su inferioridad militar le obliga a retirarse. El incidente de Fachoda generó un nuevo foco de conflicto franco-británico hasta la firma de la Entente Cordiale (1904), en virtud de la cual Francia reconocía el dominio británico en Egipto y Sudán a cambio de actuar libremente en Marruecos.

El antagonismo franco-británico y los deseos impotentes de España e Italia bloquearon durante quince años la ocupación de Marruecos. Tras la creación de la Entente Cordiale, en 1904, se posibilitó la formación de los protectorados francés y español en Marruecos (Conferencia de Algeciras de 1906). La intervención alemana en el Mogreb (crisis marroquíes de 1905 y 1911), sería un nuevo factor de crisis en el contexto de tensiones imperialistas que anteceden a la Primera Guerra Mundial.

La Conferencia de Berlín también posibilitó el acceso al reparto de África a otras potencias europeas. Portugal reafirmaría su dominio en Angola y Mozambique, además de conservar el territorio de Cabinda en la desembocadura del Congo. España obtendría el protectorado del Río de Oro (Sahara Español) y Río Muni (Guinea). Italia consigue las colonias de Eritrea y Somalia (1890), pero sufre un brusco descalabro en sus intentos de conquista de Abisinia: derrota de Adua frente a los abisinios (1896).

3.4. La Guerra de los Bóers (1898-1902) y el dominio británico de Sudáfrica.

La zona meridional del continente africano también fue escenario de conflictos. La ocupación británica fue muy temprana. Antes del inicio de la expansión colonial contaba con la colonia de El Cabo en la ruta hacia la India (colonia obtenida en el Congreso de Viena de 1815). Los ingleses desplazaron a los bóers (que eran descendientes de antiguos colonos holandeses asentados en África del Sur desde el siglo XVII), hacia el norte del río Orange configurándose dos áreas bien delimitadas: República bóer de Transvaal y el Estado Libre de Orange y colonias británicas de El Cabo y Natal. Sin embargo, en 1886 se descubren importantes yacimientos de oro y diamantes en Transvaal, provocando una avalancha de aventureros ingleses. Poco después, la Compañía Británica de Sudáfrica, controlada por Cecil Rhodes, obtiene en 1890 los derechos de explotación de todas las minas, desde Rhodesia a El Cabo. Además, las colonias bóers dificultaban la construcción del ferrocarril que pretendía construir Rhodes entre El Cabo y El Cairo.

Todas estas circunstancias, especialmente la riqueza minera de Transvaal, explican el inicio de la guerra contra los bóers en 1898. La excusa británica fue el carácter discriminatorio del régimen bóer. Se necesitaban catorce años de residencia para obtener derechos políticos. Fueron insuficientes las reformas políticas del presidente bóer Kruger para impedir la guerra. A pesar de la tenaz resistencia de los colonos bóers, las tropas de Kitchener ocuparon Orange y Transvaal. Finalmente, en el Tratado de Vereenigning (1902) fueron incorporadas al Imperio británico.

4. La colonización de Asia.

La colonización del continente asiático presenta similitudes y diferencias con respecto al reparto de África. En ambos casos los inicios de la colonización fueron similares: establecimiento de factorías comerciales, sobre todo, por Gran Bretaña, que ya en el siglo XVIII inició la penetración en la India por medio de la East Indian Company, o en China, durante la primera mitad del siglo XIX donde las actividades de los comerciantes británicos provocaron la primera de las Guerras del Opio (1839-1842). La apertura del canal de Suez en 1869 abrió la ruta directa hacia Extremo Oriente. Luego, la colonización se propulsó, al igual que en África, a partir de la crisis de 1873: aunque no se dieron unos acuerdos generales similares a los de la Conferencia de Berlín.

Pero, a diferencia de la colonización de África, intervienen potencias no europeas, debido a su situación geográfica: Rusia y Japón; e incluso Estados Unidos actuó en el área del Pacífico, Filipinas y China. Asimismo, a diferencia de la colonización africana, las potencias occidentales no persiguieron en muchos casos el control efectivo del territorio, sino más bien un control financiero y económico (lo que algunos historiadores han denominado semicolonización), siendo el sistema de Protectorado la forma de administración colonial más difundida. Así, las dos modalidades de colonización más difundidas fueron: la distribución en áreas de influencia comercial, sobre todo en China y la obtención de contratos de arrendamiento (concesiones) para explotar minas u otras fuentes de riqueza.

4.1. La hegemonía británica en el Indico.

La intervención en Asia Central la protagonizan Gran Bretaña y Rusia. La principal zona de disputa fue Persia. Los rusos pensaban en construir el ferrocarril transiberiano y tener salida al mar a través del Golfo Pérsico. El acuerdo rusobritánico de 1907 permitió su reparto en dos zonas de influencia, aunque se mantuvo nominalmente la independencia de Persia.

Afganistán aparece como un estado-tapón contra la hipotética expansión rusa hacia la India. Los acuerdos de 1907 que establecieron el reparto de Persia, también permitieron la renuncia rusa a su intervención en la India. A partir de entonces Gran Bretaña mostraría un desinterés sobre Afganistán que acabaría recuperando su independencia.

Territorios que fueron parte del Imperio.

La India fue la pieza clave del imperialismo británico. Su dominio se remonta al siglo XVIII cuando la East Indian Company se encargaba de la explotación y administración del territorio (1777). Con sus 5 millones de kilómetros cuadrados y una población cercana a los 300 millones de habitantes constituía un mercado muy importante para los productos británicos. Suministraba a Gran Bretaña materias primas (especialmente algodón; aunque también era importante el té, yute y aceite). La ruina del artesanado hindú, por la imposición del pacto colonial y la competencia de los productos industriales de la metrópoli, desencadenó un movimiento nacionalista que culminó en la Revuelta de los Cipayos de 1837 (los cipayos eran tropas indígenas al servicio del Imperio Británico), en contra de la occidentalización del país. La consecuencia más importante de la revuelta fue la disolución de la East Indian Company y la incorporación de la India a la Corona (1858). Durante el siglo XVIII y principios del XIX, la India fue el lugar donde muchos de los hijos nacidos en segundo lugar en familias nobiliarias (que no heredarían el estatus familiar, y debían de elegir entre la Iglesia y el Ejército) irían como oficiales de la Armada a hacer fortuna.

Sin embargo el nacionalismo hindú resucita. En 1885 nace un partido nacionalista: el Partido del Congreso, dirigido por intelectuales hindúes formados en universidades anglosajonas y que se orientó hacia posiciones moderadas: la conversión de la India en un dominio similar a Canadá. Pero Gran Bretaña se negó sistemáticamente a conceder la autonomía a un territorio vital para la economía inglesa.

La India estuvo dirigida por un Gobernador General que dependía de la Corona y que era una especie de virrey. La mayor parte del territorio se dividía en distritos provinciales administrados por funcionarios británicos, aunque en 1869 accedieron hindúes occidentalizados. El resto del territorio se administró con varios protectorados, cuyos soberanos fueron en la medida de lo posible fieles a la Corona.

4.2. El “break up” en China.

Posesiones del Imperio Británico en Indochina.

También la búsqueda de mercados y la inversión de capitales son los principales móviles que explicaron la intervención imperialista en China. Desde el siglo XVII China estaba regida por la dinastía Ching. Era un vasto imperio en decadencia, anclado en viejas estructuras de raíz señorial en donde sólo los mandarines (funcionarios progresistas) habían introducido tímidas reformas, pero impidiendo todo tipo de occidentalización.

El comercio extranjero en China estuvo limitado hasta mediados del siglo XIX al puerto de Cantón; aunque desde décadas el contrabando británico y estadounidense había adquirido grandes proporciones, especialmente mediante la introducción de opio. Sus efectos nocivos motivación su prohibición en todo el Imperio Chino. La incautación sucesiva de cargamentos de opio fueron la causa de las Guerras del Opio. La primera Guerra del Opio (1839-1842) finalizó con la cesión a gran Bretaña de Hong Kong y la posibilidad de comerciar con cuatro puertos chinos (Tratado de Nankin, 1842). Tras sucesivos conflictos se acelera la decadencia del Imperio Chino y, con ella, la presencia de nuevas potencias coloniales: Japón y Rusia.

La derrota china contra Japón en 1895 abrió definitivamente al comercio occidental el vasto Imperio Chino. La carrera militar y diplomática fue semejante al “scramble” de África. China se mantuvo como estado independiente, aunque su economía y recursos pasaron a manos de potencias extranjeras. El dominio colonial se ejerció mediante contratos de arriendo que permitieron la explotación de los recursos chinos (carbón, hierro) y el reparto de zonas de influencia que posibilitaban las inversiones de capital y la distribución de los mercados. El llamado “Break Up” de China permitió entre 1895 y 1906 la división del Imperio Chino en cuatro zonas de influencia: Francia controla el área Sudeste; Alemania la región de Shandong; Gran Bretaña la cuenca del Yangi y Rusia el Nordeste. También Estados Unidos se benefició de esta apertura comercial.

La decadencia de China y su reparto colonial motivaron el surgimiento de corrientes nacionalistas que se oponen al dominio extranjero. Se trata, en principio, de movimientos xenófobos y de raíz tradicionalista, como la Revuelta de los Boxers (1900) que fue sofocada por un cuerpo expedicionario internacional. Al mismo tiempo aparecieron otras corrientes nacionalistas, de signo progresista y democrático, organizadas en sociedades secretas y entre las que destacaba la Unión para el Renacimiento de China, fundada en 1894 por Sun Yat Sen y reorganizada en 1911 bajo el nombre de Kuomitang. El Kuomitang organizó la Revolución de 1911 que destronó al último emperador y liquidó el dominio colonial.

III

LOS SISTEMAS DE ADMINISTRACIÓN COLONIAL.

1. El Régimen de Compañías Privilegiadas.

Incluso en la segunda mitad del siglo XIX se siguió recurriendo al sistema mercantilista de Compañías Privilegiadas vigentes ya en los siglos XVII y XVIII. Estas compañías obtenían de sus gobiernos amplias facultades para organizar la explotación y administración de una determinada colonia.

Sin embargo, a partir de la década de 1890 las compañías fueron desplazadas por la administración directa de los Estados que asumieron a través de sus propios funcionarios la administración colonial.

2. El Sistema de Administración Centralizada.

Fue utilizado básicamente por Francia y por aquellos países que imitaron el modelo colonial francés (Bélgica, España, Portugal). Se trataba de incorporar el Imperio Colonial a la estructura administrativa de la metrópoli, como provincias o departamentos. No existía una administración indígena y una élite de funcionarios europeos controlaban políticamente todo el territorio.

Fue el sistema de administración colonial más utilizado por todos los países europeos. Incluso Gran Bretaña adoptó este modelo en muchas colonias aunque a diferencia del modelo francés, no pretendió nunca una absorción por la metrópoli ni su asimilación cultural.

3. El Régimen de Protectorado.

En muchos territorios coloniales con escaso poblamiento europeo se ejerció el sistema de Protectorado, por el que se respetaba el gobierno indígena que organizaba la estructura político-administrativa. Sin embargo, debía de seguir las directrices de la política exterior marcada por la metrópoli.

El sometimiento a la potencia europea que ejercía el protectorado era, no obstante, total; aunque no interesara por diversas razones su conquista. A veces, los protectorados estaban condicionados por la presencia de fuerzas militares o promovidos por conferencias internacionales (por ejemplo la de Algeciras de 1906 que estableció los protectorados francés y español). El sistema lo utilizaron la mayoría de potencias tanto en África como, tal vez más, en Asia.

4. El “self-government” en los Dominios Británicos.

En las colonias inglesas donde existía un fuerte poblamiento blanco se instauró un “self-government” o gobierno que actuaba de forma autónoma en la política interior aunque debía de someterse a las directrices británicas en política exterior. Se permitía la instauración de un Parlamento autónomo. Estados Dominios (Sudáfrica, Nueva Zelanda, Australia y Canadá) acabaron independizándose: Estatuto de Westminster de 1931, y fueron la base de la Commonwealth Británica.

Cartel propagandístico de las grandezas del Imperio.

Fuente: monografias









Imperio Mongol

El Imperio mongol fue el imperio de tierras continuas más extenso de la historia. En su apogeo se extendió desde la península coreana h

Expansión del territorio mongol

Expansión del territorio mongol

asta el río Danubio.

Instituido por Gengis Kan a partir del año 1206, el imperio llegó a tener una extensión máxima de unos 36 millones de kilómetros cuadrados, incluyendo a algunas de las naciones más avanzadas y pobladas de la época, como China, Iraq, Irán y los países de Asia Central y Asia Menor.

Formación

Gengis Kan o el Gran Kan  también escrito Genghis Khan, Cingiz Jan o, en transcripción española, Genghis Khan,  fue un príncipe mongol que unificó a las tribus nómadas de esta etnia del norte de Asia, fundando el primer Imperio Mongol. Su verdadero nombre era Temüjin (que significa “el mejor acero”). Bajo su liderazgo, los mongoles comenzarían una oleada de conquistas que extendería su dominio a un vastísimo territorio ocupando desde Europa Central hasta el sur de Asia. En el marco de esta expansión, las hordas mongolas conquistarían importantes reinos de Asia, como el Imperio Jin del norte de China (1211-1216), el Imperio Tangut, el reino Kara-kitai y el Imperio de Jorezm.

Organización

Ejército mongol

El Ejército mongol fue durante los siglos XII y XIII uno de los mejores del mundo por su movilidad y estrategias, que lo hicieron temible entre sus contemporáneos. Gengis Kan y otros militares mongoles introdujeron varias innovaciones que permitieron a su ejército conquistar vastos territorios aun estando en desventaja numérica durante las batallas que enfrentaron.

El sistema militar mongol se fundamentaba en el estilo de vida nómada de los mongoles. Con el tiempo se sumaron al mismo otros elementos inventados por Gengis Kan, sus generales y sus sucesores. Por otro lado, la tecnología que los mongoles utilizaron para atacar fortificaciones fue adaptada a partir de otras culturas, y consecuentemente se integraron a las estructuras de mando expertos técnicos extranjeros.

Yasa

Gengis Kan tenía un código de leyes llamado Yasa, que reunía tradiciones del pueblo, además de sus pensamientos e inquietudes sobre cómo debía ejercerse el gobierno.[4] Bajo el mandato de Gengis Kan, todos los individuos (siempre y cuando fueran nómadas) y las religiones eran consideradas iguales por la ley mongola, mientras que eran discriminados los pueblos sedentarios, en especial los chinos. Permitía el uso de la tortura y exoneraba a los médicos del pago de impuestos.

El Yasa era escrito en rollos de papel almacenados en volúmenes que sólo podían ser vistos por el Jan o sus asesores más cercanos, aunque las reglas que contenía eran ampliamente conocidas por todos y respetadas.

Gengis Kan también creó un amplio sistema postal para enviar órdenes gubernamentales y reportes. En vista de la diversidad étnica, religiosa y tribal tanto de los civiles como de los militares en el imperio mongol, Gengis Kan insistió que toda lealtad debía dedicarse a él como Gran Jan y en nadie más. Se esperaba la obediencia de los más pobres hacia los más ricos.

Meritocracia

Gengis Kan prefería reinar a través de las aristocracias locales, aunque si éstas se le oponían no tenía reparo en eliminarlas. Sin embargo, entre los mongoles, aplicó una meritocracia: los títulos y cargos eran asignados teniendo en cuenta el valor mostrado en la batalla o la lealtad, en contraposición del antiguo sistema de herencia a través de la familia.

Religión y Libertad de culto

En el imperio mongol coexistían muchas religiones distintas con un grado limitado de libertad de culto. Con el pasar de los años Gengis Kan comenzó a desarrollar un intenso interés por las religiones que recorrían la Ruta de la Seda pues estaba convencido de que en ellas podría encontrar, mediante hechizos y ritos mágicos, el secreto de la inmortalidad. En consecuencia, se concedió libertad de culto total y se exoneró a los sacerdotes del pago de impuestos. Esto dio como resultado que la Ruta de la Seda se convirtiese en un foro de diálogo inter-religioso como nunca antes había existido en la Historia de la Humanidad. Los mongoles eran tradicionalmente animistas chamánicos, como lo era el propio Gengis Khan y sus hijos, aunque ya existían tribus cristianas que fueron unificadas por Gengis. A partir de la tercera generación, la mayoría de los nietos de Gengis Khan se convirtieron al budismo (como Kublai Khan y Abaqa Kan) que graudalmente se convirtió en la religión predominante entre los mongoles sustituyendo al chamanismo. Algunos kanes se convirtieron al Islam como Ghazan, sin embargo fue Altan Khan el primero en declarar al budismo, específicamente el budismo tibetano, como religión oficial del Imperio Mongol. A pesar de la coexistencia de gran cantidad de religiones dentro del Imperio Mongol y sus cuatro “subregiones” (judíos, cristianos, musulmanes, paganos, budistas, hindúes, etc.), no estuvo excento de conflictos religiosos. En el Ilkanato, que gobernaba Persia y gran parte del Medio Oriente, por ejemplo, la mayoría de los kanes fueron budistas gobernando sobre una población islámica, salvo los últimos tres kanes que fueron musulmanes.

Comercio

Los mongoles valoraban sus relaciones comerciales con los países vecinos, y mantuvieron su política de apertura al comercio durante sus conquistas y expansión. Todos los mercaderes y embajadores que tuvieran la documentación adecuada y autorización, eran protegidos mientras viajaban por sus dominios, razón por la cual se intensificó el comercio terrestre, del Mediterráneo a China, a través de rutas bien mantenidas y transitadas ya que no había miedo a los bandidos. Sin embargo, los mongoles no tuvieron mucha influencia en el comercio marítimo.

Después de Gengis Kan

Tras la muerte de Gengis en el año 1227, sus sucesores, bajo el segundo jan, Ugedei, continuaron la expansión. Esta expansión incluyó a Persia, acabó con los Xia y los restos de los Jwarizm-Shah, y condujo a un conflicto con la dinastía Song de China meridional, comenzando una guerra que no acabó hasta el año 1279 en el cual se produjo la ocupación total del país y la reunificación del gobierno de China bajo los mongoles. A finales de la década de 1230, los mongoles, bajo el mando de Batu Jan invadieron Rusia, provocando la muerte de alrededor de la mitad de la población local,[5] para luego reducir la mayoría de sus principados al vasallaje.

En el año 1241, tras haber derrotado a los ejércitos polaco y alemán en la batalla de Liegnitz, a los húngaros en la batalla del Sajo y a punto de lanzarse a la conquista de toda Europa, campaña que se prometía exitosa, tuvieron que volver a Mongolia para elegir al siguiente jan,[6] tras la muerte de Ugedei, si bien devastaron grandes áreas de Europa Oriental, incluidas Polonia, Lituania, Hungría, Croacia y Bulgaria.

Mapa de los dominios mongoles, entre 1300 y 1405

Mapa de los dominios mongoles, entre 1300 y 1405

Durante el año 1256, el nieto de Gengis Kan, Hulagu, partiendo desde la base mongola en Persia, conquistó el califato Abasida en Bagdad y destruyó el culto a los hashshashin, entrando por Siria y Palestina hacia Egipto. Pero el jan Möngke (su hermano) murió, por lo que Hulagu tuvo que volver para la elección de nuevo jan, y las fuerzas que había dejado como guarnición en Palestina al mando del general Kitbuqa fueron derrotadas por los mamelucos bajo el mando del sultán egipcio Kutuz y su general Baibars en el año 1260 en Ain Jalut.

Durante el reinado de Kublai Jan (hermano de Möngke y de Hulagu), el imperio empezó un proceso de división en varios Janatos más pequeños. Kublai se dedicó a la guerra contra la dinastía Song, consiguiendo el dominio sobre China, y a la región la llamo Manzi, mientras que los kanatos occidentales iban separándose progresivamente.

La rivalidad entre las tribus (producida por el complicado proceso de sucesión, el cual paralizó dos veces operaciones militares importantes y remotas como las de Hungría y Egipto, desbaratando campañas que se anunciaban victoriosas) y la tendencia de algunos kanes a beber en demasía hasta el punto de producirles la muerte (como fue el caso de Kuyuk), causó crisis sucesorias que aceleraron la desintegración del Imperio.

Decadencia

La decadencia del imperio mongol se dio por diversos factores, entre los cuales destacan los siguientes:

* Rivalidad tribal y crisis sucesorias: La estructura tribal del imperio mongol era relativamente frágil, y se mantenía cohesionada por la figura temible de Gengis Kan. Cuando murió, el Imperio, por su gran extensión, inevitablemente terminó por dividirse. Aquella división salvó a muchos pueblos de la amenaza que les representaba los mongoles, en especial a los habitantes de Europa. Por ejemplo, las disputas por la sucesión, hicieron que los mongoles se retiraran de Europa Central.
* Asimilación de las culturas conquistadas: Los mongoles, un pueblo que alcanzó el éxito militar por su condición de nómadas, asimilaron la cultura de los países conquistados, y rápidamente fueron absorbidos por los mismos. Además, su éxito creó divisiones, y pronto los mongoles comenzaron a pelear entre sí por los botines conquistados.
* Modelo militar anticuado: A pesar de que las tácticas que utilizaron los mongoles los volvieron casi invencibles, pronto mostraron sus limitaciones cuando el ejército mongol se hallaba en terrenos adversos. El ejército mongol se fundamentaba en los ataques en masa de su caballería ligera, ataques que no podían realizar cuando el terreno no permitía las maniobras a caballo. Así, por ejemplo, conquistaron las rutas y ciudades principales de Afganistán, pero nunca pudieron pacificar las regiones montañosas. Tampoco tuvieron éxito al intentar practicar la guerra naval, por ser un pueblo que durante mucho tiempo no tuvo acceso al mar. Este aspecto tuvo hasta cierto punto incidencia en la derrota de los mongoles al intentar conquistar el Japón.
* Desarrollo de la agricultura y carencia de efectivos militares: A pesar del extenso territorio que los mongoles tenían bajo su poder, contaban con un número de efectivos militares limitado. Eran muy pocos los jinetes y caballos lo suficientemente fuertes y hábiles como para formar parte del ejército, ese número iba disminuyendo conforme los mongoles se alejaban de su lugar de origen. Por último, el avance de la agricultura y su incursión en las estepas redujo la base económica que sustentaba la producción de los soldados y caballos.
* Uso de la pólvora: Finalmente, el uso de la pólvora en armas de fuego cambió el modo de hacer la guerra, y volvió anticuado el uso de las tropas de caballería, el fuerte de los mongoles, no sólo en Asia sino también en otras partes del mundo.

Legado

Entre los imperios resultantes del imperio mongol están el formado por la dinastía Yuan (de fundación mongola) en China y la Horda de Oro que controló Asia Central y Rusia meridional.

Fuente: Wikipedia

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Reino de Macedonia

El Reino de Macedonia (en griego, Μακεδονία) fue un estado de la antigüedad, en el norte de la actual Grecia, bordeada por

Macedonia a la muerte de Alejandro Magno.

Macedonia a la muerte de Alejandro Magno.

el Reino de Epiro en el oeste y la región de Tracia en el este. El Reino de Macedonia se consolidó durante el siglo V aC, y experimentó un importante ascenso de su poder durante el siglo IV a. C. con el gobierno de Filipo II, que llevó a convertir a Macedonia en la primera potencia de Grecia. Su hijo Alejandro Magno conquistó la mayor parte del mundo conocido, inaugurando el Período Helenístico de la historia griega.

Bandera de Macedonia

Bandera de Macedonia

Macedonia se divide tradicionalmente en dos grandes regiones, la alta y la baja Macedonia, era un país de trigo y pastos, de aldeanos y jinetes con una costa marítima reducida. Los historiadores creen que sus habitantes eran griegos de dialecto dórico al igual que los de la región de Epiro, Rodas o el Peloponeso, y que hablaban un dialecto griego muy cercano al de estas regiones (véase Antiguo idioma macedonio).

Historia

Según los investigadores e historiadores es muy complejo llegar a saber con toda exactitud el origen de estos pueblos asentados en esta zona geográfica. Los antiguos les llamaban bárbaros, usando como en tantas ocasiones un criterio cultural. Su procedencia es incierta y de gran complejidad. Se sabe que se agrupaban en tribus y cada una tenía su propio rey. Eran gentes sencillas e ignorantes que apenas habían fundado ciudades ni tenían la tradición de constituir Asamblea del pueblo. El grueso de la población eran pastores que cuidaban el ganado de los nobles. Éstos últimos eran además grandes cazadores y buenos guerreros.

El historiador griego Tucídides (c. 460-400 a. C.), describe a estos pobladores como gente que constituía un conjunto de pueblos dispersos en cada uno de los cuales se había implantado una monarquía y que desarrollaban un intenso movimiento de masas. Luchaban y competían entre sí, de manera que el informe de su consolidación está lleno de alianzas y conflictos entre los diversos grupos y reyes aspirantes a la hegemonía. En algún momento de la Historia se elaboró una leyenda según la cual, los macedonios proceden de un hijo del dios Zeus llamado Macedón. De esta manera, el gran Alejandro sería descendiente de los Eácidas y de Heracles, orígenes plenamente helénicos.

La arqueología también tiene su palabra sobre este pueblo macedonio. Han salido a la luz tumbas reales que datan de finales del siglo VI a. C., llenas de ricos ajuares y valiosas obras de arte de tradición griega. Según Tucídides, el solar de los macedonios sería la zona más montañosa al oeste de la Alta Macedonia, Elimea, Oréstide y Lincestis, donde se establecieron en el siglo VIII a. C.

Orígenes

Los macedonios comenzaron a expandirse, a partir del 730 a. C., hacia las llanuras costeras, quizás debido a la presión demográfica que afectó a todo el norte de los Balcanes, ejercida por los cimerios sobre los tracios al este, y por los ilirios al oeste. En su avance, ocuparon primero Pieria y ganaron una salida al mar por el Golfo Termaico. Seguidamente avanzaron hacia Ematia y desplazaron a los botieos. La conquista de la llanura de Ematia convirtió a parte de la etnia macedonia de ganadera en agricultora. Allí fundaron su capital, Egas y, a partir del siglo V a. C., Pella. Después conquistaron las regiones de Almopia[1] y Eordea. Más tarde cruzaron el Axio y sometieron la región entre este río y el Estrimón (Migdonia) y la ciudad de Antemunte, y las regiones de Crestonia y Bisaltia. La expansión de los macedonios había concluido a finales del siglo VI a. C. y el reino emergió a principios del siglo V a. C. ya plenamente constituido, aunque con una estructura arcaica y laxa.

Macedonia dispuso, entonces, de un territorio que casi duplicaba al de Tesalia, unos 30.000 km² frente a 15.000; la densidad de población no era muy alta y tampoco era muy elevado el número de habitantes. Parte de los pueblos conquistados por los macedonios fueron expulsados o exterminados, pero otra parte permaneció y se asimiló a los macedonios. La comunidad de los pueblos macedonios reunía a todos los territorios que reconocía la autoridad del rey. Macedonia era un reino dotado de una estructura muy poco centralizada y se componía de dos partes esenciales:

* por un lado, la arché del rey de Macedonia de la dinastía argéada, es decir, la Baja Macedonia y la Migdonia, que estaban sometidas al control directo del soberano.
* por otro, los pueblos de la Alta Macedonia que conservaban cada uno su propio rey o dinasta; como los lincestas..[2] Aliados y sometidos al rey, no formaban parte de su arché y el rey no ejercía una autoridad directa sobre ellos. Cuando la autoridad real era débil, los príncipes de la Alta Macedonia tendían a convertirse prácticamente en monarcas independientes, a desarrollar una política propia y contraria a los Argéadas, y establecer vínculos de solidaridad con sus vecinos ilirios al oeste del Pindo.

Los objetivos básicos del rey de Macedonia eran asegurar, en primer lugar, la estabilidad dinástica, en segundo lugar, controlar a los dinastas dependientes de la Alta Macedonia, y por último, consolidar las fronteras del reino ante ilirios, tracios y calcídicos y, en menor medida, epirotas y peonios.

Culminación

Durante el siglo V a. C., los reyes de Macedonia completaron la conquista de Pieria con la ciudad de Pidna, que nunca había sido dominada totalmente y se hicieron con el control de las minas de plata del monte Disoro, al norte de Bisaltia, en el Estrimón, que rendían un talento diario.

Fue entonces cuando se creó la leyenda que vinculaba a los reyes de macedonia con Heracles y Argos. Se difundió asimismo la cultura griega con la presencia de Heródoto y Helánico de Lesbos en Macedonia, la participación en los Juegos Olímpicos, la vinculación con los santuarios de Olimpia y Delfos, etc.

A pesar de todos los conflictos dinásticos, los reyes consiguieron controlar las tendencias separatistas de la Alta Macedonia (Lincestis), y mantener la independencia frente a las amenazas bárbaras (persas, ilirias), las apetencias atenienses y calcídicas y las presiones espartanas.

El ascenso de Macedonia

Con la llegada al poder de Filipo II, sus ideas expansionistas de Macedonia y su capacidad militar pronto le llevaron a lograr grandes éxitos. Inmediatamente asentó el poder de la monarquía macedonia tanto dentro como fuera de sus fronteras. En el interior, acabó con los pretendientes que le veían como un usurpador y dominó a los príncipes de las regiones altas (Lincestia, Eilimia y Orestis). En el exterior, venció a una coalición de peonios e ilirios en 358 a. C., con lo que Filipo expandió su área de control tierra adentro hasta el lago Ócrida.

Luego aprovechó la Guerra Social (o Guerra de los Aliados) de 357-355 a. C. para expandirse. En 357 a. C. tomó la colonia ateniense de Anfípolis, que controlaba las minas de oro del monte Pangeo, reteniéndola a pesar de las promesas de devolvérsela a los atenienses. Ese mismo año, Filipo se casó con la princesa Olimpia de Epiro, hija del rey de Molosia.En 356 a. C. conquistó Pidna, y a continuación Potidea, ciudad que entregó a la Liga Calcídica en contra de los intereses de Atenas. Tras derrotar a una nueva coalición de tracios, ilirios y peonios, apoyada por Atenas, Filipo se sintió lo suficientemente fuerte como para postergar a su sobrino, dejarse de ficciones y proclamarse rey de Macedonia, con el nombre de Filipo II.

En el mismo 355 a. C. conquistó la ciudad de Crenidas, (a la que bautizó con su nombre llamándola Filipos o Filípolis) cerca de la costa del mar Egeo, a orillas del río Hebro y al otro lado de la zona minera del monte Pangeo. Desde esta ciudad podía tener el control absoluto de la producción de oro y a partir de ese momento, Filipo pudo acuñar en este metal y dejar de lado la plata que patrocinaban otras ciudades.

También atacó Abdera y Maronea, en la costa de Tracia, ciudad que antes había pertenecido a Atenas. Con la conquista de Metone, en la que Filipo perdió el ojo derecho, finalizó la primera fase de expansión por la costa (354 a. C.). Aliado con los Aleuadas de Larisa, intervino en Tesalia, desgarrada por la Tercera Guerra Sagrada, siendo derrotado por Onomarco en dos ocasiones (353 a. C.). Sin embargo, en la llamada batalla del Campo de Azafrán, en 352 a. C., Filipo aniquiló por completo a las huestes de Onomarco, el cual fue crucificado. Tres mil prisioneros fueron arrojados al mar, y como consecuencia de la derrota, el tirano Licofrón fue expulsado definitivamente de Feres.

Sin embargo, no pudo penetrar en la Grecia central, al estar bloqueadas las Termópilas por los focidios de Failo, apoyados por atenienses y espartanos. Entonces, reorganizó Tesalia bajo su hegemonía y se retiró hacia Epiro primero, y hacia el noreste después, extendiendo su área de influencia y sometiendo las ciudades costeras griegas del Mar Negro hasta el río Hebro (352 – 351 a. C.).

Su siguiente ataque lo lanzó en 350 a. C. sobre la península Calcídica, con la que hasta entonces había mantenido relaciones amistosas. Sincronizó la campaña con una revuelta que instigó en Eubea para impedir la intervención ateniense. Ese mismo año conquistó Estagira, y en el 348 a. C. destruyó su principal ciudad, Olinto, con lo que la Calcídica quedó sometida al dominio macedonio. Con Macedonia y las regiones adyacentes, consolidadas, Filipo celebró unos juegos olímpicos en Dion. En 347 a. C. avanzó para conquistar los distritos más orientales del Hebro, y obligó a someterse al príncipe Cersobleptes de Odrisios.

Estos hechos provocaron que en Atenas se empezara a hablar de paz, aunque todavía predominara la tendencia favorable a la guerra, por lo que Filipo esperó a la primera ocasión favorable. Esta se dio en 347 a. C., con ocasión del final de la Tercera Guerra Sagrada: los beocios llamaron en su auxilio al poderoso Filipo, quien acudió inmediatamente. En consecuencia, los focidios apelaron nuevamente a Atenas y Esparta. Sin embargo, aprovechando las disensiones internas de los focidios, Filipo llegó a un acuerdo con su jefe Faleco, el hijo de Onomarco, que se había apostado en las Termópilas con un ejército mercenario. Faleco dejó pasar a Filipo y se retiró al Peloponeso. Respecto a Filipo, penetró en la Grecia central (346 a. C.), derrotando a los focidios en la batalla de la llanura de Crocus. Esta batalla le convirtió en el gobernador (tagus) de Tesalia, en dónde reclamó también el control de Magnesia, que tenía el importante puerto del Golfo de Pagasae. Focea fue explusada de la Anfictionía de Delfos, y sus votos pasaron a Filipo, que fue admitido en la misma (aunque no de muy buen grado), con lo que adquirió una sólida posición de poder y prestigio en el mundo griego. Filipo aprovechó su posición en la Anfictionía para dominar los asuntos de Grecia y tener el control del Oráculo de Delfos, de suma importancia para cualquier decisión militar o política que hubiera que tomar.

A Atenas no le quedó otra solución que la paz, que solicitó al monarca macedonio a través de Filócrates. En ella se garantizaba a cada parte sus territorios conquistados, y se establecía una alianza defensiva, lo que dio ocasión al orador Isócrates para exhortar a Filipo a dirigir sus ejércitos contra los persas. Con las principales ciudades estado griegas sometidas, Filipo se dirigió contra Esparta y les envió un mensaje:

Se os avisa para que os sometáis sin mayor dilación, pues enviaré a mi ejército a vuestras tierras y destruiré vuestras granjas, mataré a vuestra gente, y arrasaré vuestra ciudad.

Su respuesta fue afirmativa, siempre y cuando Filipo les dejase tranquilos.

A pesar de las advertencias de Demóstenes, los atenienses dejaron hacer a Filipo, que consolidó su influencia en Grecia y reconoció la independencia de Mesenia y Arcadia. Al mismo tiempo, asentó sus dominios en Iliria, reorganizó de nuevo Tesalia (343-342 a. C.), intervino en Epiro, expulsando a Aribas y entronizando a Alejandro de Epiro, y firmó un tratado con el Gran Rey de los persas, Artajerjes III (343 a. C.), lo que le permitió extender sus posesiones en el territorio tracio, dirigiendo una gran expedición militar que conquistó la ciudad fortificada de Eumolpia renombrándola, Philippoupolis (hoy Plovdiv). En 342 a. C., negoció un acuerdo secreto con Hermias, tirano de Atarneo, asistido por Aristóteles, con el objeto de tener una cabeza de puente en caso de invadir Asia.

Demóstenes ansiaba la guerra contra los macedonios, considerados unos bárbaros, y con sus discursos solivianta y prolonga la enemistad de Atenas con Macedonia: son las famosas Filípicas. La expansión macedonia en la región de los Estrechos alarmó a los atenienses, que, conducidos por Demóstenes declararon la guerra a Filipo (340 a. C.). Éste comenzó los asedios de Perinto (340 a. C.) y Bizancio (339 a. C.), fracasados por su carencia de fuerzas navales, y vio temporalmente comprometida su influencia en toda Grecia. Sin embargo, aprovechó la Cuarta Guerra Sagrada para decidir el conflicto en tierra. Nombrado hegemon de la Anfictionía, Filipo penetró en Grecia central y venció en la Batalla de Queronea (338 a. C.) a los tebanos y atenienses aliados. En esta batalla, su hijo Alejandro, de 18 años de edad, llevó a cabo su primera acción militar al mando de 1.800 jinetes. Tras la victoria Filipo erigió un león de mármol en memoria del Batallón Sagrado de Tebas por su valentía en la batalla.

Demóstenes

Demóstenes

Después de esta gran victoria, Filipo demostró una gran sabiduría política al no humillar a los vencidos. El macedonio instauró su hegemonía sobre Grecia, constituyendo la Liga de Corinto (337 a. C.), que incluía a todos los estados griegos, a excepción de Esparta. La Liga garantizaba la paz general, la autonomía interna de cada miembro, salvo para reprimir revoluciones, y una alianza perpetua bajo el mando de Filipo, a quien la Liga concedió el mando de la guerra contra Persia.

Mientras se realizaban los preparativos de la expedición, con el envío de un ejército a Asia Menor bajo el mando de Parmenión y Atalo, Filipo fue asesinado.

El Imperio

Su respuesta fue afirmativa, siempre y cuando Filipo les dejase tranquilos.
Demóstenes

A pesar de las advertencias de Demóstenes, los atenienses dejaron hacer a Filipo, que consolidó su influencia en Grecia y reconoció la independencia de Mesenia y Arcadia. Al mismo tiempo, asentó sus dominios en Iliria, reorganizó de nuevo Tesalia (343-342 a. C.), intervino en Epiro, expulsando a Aribas y entronizando a Alejandro de Epiro, y firmó un tratado con el Gran Rey de los persas, Artajerjes III (343 a. C.), lo que le permitió extender sus posesiones en el territorio tracio, dirigiendo una gran expedición militar que conquistó la ciudad fortificada de Eumolpia renombrándola, Philippoupolis (hoy Plovdiv). En 342 a. C., negoció un acuerdo secreto con Hermias, tirano de Atarneo, asistido por Aristóteles, con el objeto de tener una cabeza de puente en caso de invadir Asia.

Demóstenes ansiaba la guerra contra los macedonios, considerados unos bárbaros, y con sus discursos solivianta y prolonga la enemistad de Atenas con Macedonia: son las famosas Filípicas. La expansión macedonia en la región de los Estrechos alarmó a los atenienses, que, conducidos por Demóstenes declararon la guerra a Filipo (340 a. C.). Éste comenzó los asedios de Perinto (340 a. C.) y Bizancio (339 a. C.), fracasados por su carencia de fuerzas navales, y vio temporalmente comprometida su influencia en toda Grecia. Sin embargo, aprovechó la Cuarta Guerra Sagrada para decidir el conflicto en tierra. Nombrado hegemon de la Anfictionía, Filipo penetró en Grecia central y venció en la Batalla de Queronea (338 a. C.) a los tebanos y atenienses aliados. En esta batalla, su hijo Alejandro, de 18 años de edad, llevó a cabo su primera acción militar al mando de 1.800 jinetes. Tras la victoria Filipo erigió un león de mármol en memoria del Batallón Sagrado de Tebas por su valentía en la batalla.

Después de esta gran victoria, Filipo demostró una gran sabiduría política al no humillar a los vencidos. El macedonio instauró su hegemonía sobre Grecia, constituyendo la Liga de Corinto (337 a. C.), que incluía a todos los estados griegos, a excepción de Esparta. La Liga garantizaba la paz general, la autonomía interna de cada miembro, salvo para reprimir revoluciones, y una alianza perpetua bajo el mando de Filipo, a quien la Liga concedió el mando de la guerra contra Persia.

Su hijo Alejandro Magno continuó la labor, las ciudades griegas lideradas por Atenas y Tebas se volvieron a alzar contra Macedonia. Alejandro dio resueltamente pruebas de su fuerza militar: atravesó Tesalia, sometiéndola,[3] (ya había sido conquistada por Filipo), venció a los griegos tomando y destruyendo Tebas,[4] y Atenas se vio obligada así a acatar su poder.[5] Se hizo nombrar Hegemon, título que ya había ostentado su padre y que lo situaba como gobernador de toda Grecia.[6]

Consolidada así la hegemonía macedónica, Alejandro se dispuso a cumplir su último proyecto de si padre Filipo II, conquistar el Imperio Persa. Alejandro conquistó el Imperio Persa, incluyendo Anatolia, Siria, Fenicia, Judea, Gaza, Egipto, Bactriana y Mesopotamia, y amplió las fronteras de su propio imperio hasta la región del Punjab. Antes de su muerte, Alejandro había hecho planes para girar hacia el oeste y conquistar Europa. También quería continuar la marcha hacia el este para encontrar el fin del mundo, ya que su tutor durante su niñez, Aristóteles, le había contado historias sobre el lugar donde la Tierra acababa y empezaba el Gran Mar Exterior. Alejandro integró extranjeros[7] en su ejército y administración, lo que ha sido definido por algunos académicos como una “política de fusión”. Favoreció el matrimonio entre miembros de su ejército y extranjeras, y lo practicó él mismo. Tras doce años de campañas militares contínuas, Alejandro murió, posiblemente de malaria, fiebre tifoidea o encefalitis vírica.

Con ello, su dinastía, encarnada en individuos incapaces o de corta edad, llegó a su fin, y su imperio fue repartido entre sus generales, los llamados diádocos (sucesores), pero sus conquistas resultaron en siglos de dominio y colonización griegas sobre áreas lejanas, conocido como período helenístico, una combinación de las culturas griega y mesoriental.

Los generales del ejército macedonio los llamados diádocos (διαδοχος) o sucesores o herederos, eran treinta y cuatro en total; cinco de ellos se repartieron los territorios conquistados por Alejandro que se fueron convirtiendo en pequeños reinos y no dejaron nunca de luchar entre ellos. Se sabe que Alejandro había dicho en una ocasión: Mis generales me harán funerales sangrientos. Después de estos antiguos generales gobernaron los llamados epígonos (επιγονος), los nacidos después o sucesores. La lucha entre ellos para obtener el poder y la hegemonía duró casi cincuenta años, hasta el 281 a. C. en que murió el último de los diádocos, Seleuco.

Los protagonistas de los primeros tiempos fueron los comandantes Pérdicas y Meleagro, con sus intrigas y maniobras. También el gran general Antígono Monoftalmos, Antípatros (o Antípater) el último general que quedaba de la época de Filipo II, y más tarde los hijos de ambos Demetrio y Casandro.

Decadencia

Durante los siguientes veinte años no hubo más que peleas entre ellos. En un principio se contentaron con llamarse gobernadores, esto fue en espera de la mayoría de edad del hijo de Alejandro, pero ya en el 306 a. C. tomaron el título de rey. Se repartieron el imperio de la siguiente manera:

* Asia para Antígono Monoftalmos. Era el que tenía más poder y más extensión de tierras.
* Egipto para Ptolomeo, cuya dinastía fue la más estable de todas.
* Tracia y Asia Menor para Lisímaco
* Babilonia y Siria para Seleuco
* Grecia, y Macedonia para Casandro.

Antígono pretendió desde un principio ser el único y soñó con la gran unidad del imperio de Alejandro. Pero los generales Ptolomeo, Lisímaco y Seleuco no se lo consintieron y le declararon la guerra. Antígono fue vencido y muerto en la Batalla de Ipso, (en Frigia, centro de Asia Menor) en el 301 a. C.

Los epígonos ( o nacidos después, o sucesores de los generales) continuaron con las luchas internas y externas por conseguir el poder.

En el año 281 a. C. el gran imperio estaba dividido en tres grandes estados:

* Macedonia (dinastía Antigónida)
* Asia (dinastía Seleúcida)
* Egipto (dinastía Ptolemaica)

Las Guerras Macedónicas

A finales del siglo III a. C., Macedonia era aún la gran potencia dominante en el Mediterráneo Oriental. Su ejército, descendiente directo de aquél de Alejandro Magno, aún era temido, al igual que su estilo de combate, que enfatizaba las armas combinadas pero cargaba mucha mayor responsabilidad sobre el poder de la falange que nunca hiciera (o hubiera hecho) Alejandro. Mientras Roma trabajaba la movilidad y flexibilidad, la falange macedonia se hacía más rígida que nunca.

Primera Guerra Macedónica

La Primera Guerra Macedónica fue el primero de los tres conflictos militares que enfrentaron al Reino de Macedonia con la República romana. La guerra se libró entre 214 a. C. y 205 a. C., y se inició como consecuencia del acercamiento entre Filipo V de Macedonia y Aníbal; tanto que éste último estuvo cerca de tomar parte en la Segunda Guerra Púnica en apoyo de Cartago.

Inicialmente Filipo tomó la iniciativa, construyó una flota e intentó tomar el control de Iliria con el fin de obtener una base de operaciones a través de la que introducirse en Italia. Con el fin de evitar la unión de las tropas macedonio-púnicas en territorio italiano, la República firmó una alianza con la Liga Etolia, el Reino de Pérgamo; de este modo, el monarca macedonio se veía obligado a mantener sus tropas en su territorio a fin de defenderse de los ataque de sus vecinos.

Tras la victoria de Roma sobre Cartago, y tras la pérdida del apoyo de la Liga Etolia contra Macedonia, el Senado accedió a firmar un tratado de paz en la ciudad de Fénice – conocido como la «Paz de Fénice» – (205 a. C.). El tratado acababa con el conflicto entre romanos y macedonios, reconocía Iliria a Filipo – a expeción de ciertas ciudades costeras – con la condición de que éste renunciara a apoyar a los cartagineses en su lucha contra los romanos. El cese de las hostilidades no fue durarero, y Macedonia y Roma volverían a enfrentarse en dos ocasiones más; estos conflictos recibieron el nombre de Guerras Macedónicas.

Segunda Guerra Macedónica

La Segunda Guerra Macedónica (200–196 a. C.) fue un enfrentamiento entre Macedonia, liderada por Filipo V, y Roma, aliada a Pérgamo y Rodas.

Filipo se había interesado desde hace un tiempo en las ciudades estado griegas pero, como estas se encontraban aliadas a Roma, no se atrevía a atacarlas. En su lugar, comenzó a tomar el control de partes de Iliria. Roma respondió amenazando con declarar la guerra y Filipo retiró sus fuerzas.

Luego, Macedonia comenzó a expandirse sobre territorios pertenecientes a las ciudades estado griegas. Estos estados solicitaron ayuda a Roma, y los romanos respondieron con un ultimátum a Filipo: aceptar el gobierno de Roma sobre Macedonia, convirtiendo en esencia a Macedonia en una provincia romana. Filipo se negó. Así comenzó la Segunda Guerra Macedónica.

La batalla decisiva ocurrió en Cinoscéfalos, Tesalia, en 197 a. C. Allí, las legiones de Tito Quincio Flaminino derrotaron a la falange de Filipo. El control macedonio de Grecia fue destrozado y en los Juegos Ístmicos en Corinto en 196 a. C., Flaminino proclamó la libertad de Grecia, pese a que ahora esta se había convertido en un protectorado romano en todo menos en el nombre.

Además del control sobre Grecia, otro motivo que provocó la guerra fue que Roma veía a Filipo como un traidor: Filipo había apoyado a Aníbal de Cartago, causando la Primera Guerra Macedónica.

Tercera Guerra Macedónica

La Tercera Guerra Macedónica (171 a. C. – 168 a. C.) fue una contienda entre Roma y el Rey Perseo de Macedonia.

Tras la muerte del Rey Filipo V de Macedonia en 179 a. C., su talentoso y ambicioso hijo, Perseo, tomó el trono. Perseo se casó con Laódice, hija del rey Seleuco IV Filopátor del Imperio Seléucida, e incrementó el tamaño de su ejército. Forjó alianzas con Epiro y varias tribus de Iliria y Tracia, y con los enemigos de las tribus tracias aliadas a Roma (como los sapeos, gobernados por Abrúpolis). Además, renovó sus antiguos contactos con algunas ciudades estado griegas (poleis). El rey anunció que llevaría a cabo reformas en Grecia y restauraría su poderío y prosperidad.

Los romanos empezaron a preocuparse de que Perseo pudiese destruir su dominio político en Grecia y restaurar la antigua soberanía macedonia sobre los estados griegos.

El Rey Eumenes II de Pérgamo, que odiaba a Macedonia, acusó a Perseo de tratar de violar las leyes de los demás estados y las condiciones de paz entre Macedonia y Roma. Los romanos, temerosos de un cambio en la balanza de poder en Grecia, declararon una nueva guerra contra Macedonia. Perseo obtuvo la victoria en el primer combate, la Batalla de Larisa, donde se enfretó al ejército de Publio Licinio Craso. El rey ofreció a los romanos un tratado de paz que fue rechazado. Los romanos tuvieron mucho tiempo problemas de disciplina dentro de su ejército, y los comandantes no podían hallar ninguna manera de invadir con éxito el territorio de Macedonia.

Mientras tanto, Perseo derrotó a otro ejército romano en Iliria. El rey macedonio trató de convencer a Eumenes de Pérgamo y al rey Antíoco III el Grande de los seléucidas de pasarse a su bando, pero fracasó.

En 169 a. C., el cónsul Quinto Marcio Filipo atravesó el Olimpo y entró en Macedonia. Sin embargo, al principio su ejército estaba demasiado cansado para luchar luego de la travesía. Finalmente, Perseo fue derrotado por las legiones del cónsul romano Lucio Emilio Paulo en la Batalla de Pidna en 168 a. C. Perseo fue depuesto y llevado a Roma junto con sus dignatarios.

Macedonia fue dividida en cuatro repúblicas clientelistas de Roma; estas repúblicas debían pagar tributo a los romanos, aunque una cantidad menor que el tributo anterior, gracias a Perseo. Las relaciones políticas y económicas entren los estados griegos y macedonios se redujeron. Además, los romanos capturaron a cientos de prisioneros entre las principales familias macedonias, incluyendo al historiador Polibio.

Esta guerra significó el fin de la Macedonia helenística y de la monarquía antigónida, pese a que Roma regresó luego para la destrucción simbólica de Corinto en 146 a. C. (véase la Cuarta Guerra Macedónica), similar a la destrucción de la inocua Cartago durante la Tercera Guerra Púnica.

Organización social

La organización política del Reino de Macedonia formaba una pirámide de tres estratos: arriba estaban el rey y la nación, abajo, las organizaciones cívicas (ciudades y éthnē), y entre ambos, los distritos. El estudio de las diferentes instituciones se ha renovado considerablemente gracias a la epigrafía, que nos ha dado la posibilidad de releer las indicaciones que nos dieron los autores clásicos, como Livio y Polibio. Éstos nos muestran que las instituciones macedonias se parecían a las de las ciudades-estado griegas, como por ejemplo la Liga Etolia o la Liga Aquea, cuya unidad era reforzada por la presencia del rey.

El rey

El rey llevaba la administración central del reino. Gobernaba desde la capital del reino (que fue primero Egas, y luego, desde el reinado de Arquelao I en adelante, Pella) y en su palacio real se conservaba el archivo del estado. El secretario real (βασιλικὸς γραμματεύς) le ayudaba a desempeñar su trabajo, por lo que era de vital importancia, así como el Consejo.

El rey era el comandante del ejército, el líder de la religión macedonia y el encargado de las relaciones diplomáticas con otros reinos. Por ello, sólo él podía establecer tratados y, hasta el reinado de Filipo V, ordenar la acuñación de monedas.

El número de sirvientes civiles era limitado: el rey dirigía su reino de una forma casi indirecta, apoyándose en los magistrados locales con los que mantenía frecuente contacto.

La sucesión

La sucesión real en Macedonia era hereditaria y patrilineal, y generalmente respetaba el principio de primogenitura, pasando la corona al primer hijo varón del rey. También había un elemento electivo: cuando el rey moría, su heredero, que sería generalmente pero no siempre su hijo mayor, tenía que ser aceptado primero por el Consejo y posteriormente presentado ante la Asamblea general para ser aclamado rey y obtener el juramento de fidelidad.

Como puede verse, la sucesión estaba lejos de ser automática, considerando que muchos reyes macedonios murieron de forma violenta, sin haber decido quién les sucedería, o sin haber asegurado que sus sucesores serían respetados. Es el caso de Pérdicas III, asesinado cruelmente por los ilirios, Filipo II, asesinado por Pausanias de Orestis, Alejandro Magno, que murió de una repentina enfermedad, etc. Las crisis por la sucesión eran frecuentes, especialmente a partir del siglo IV a. C., en el que las familias magnates del norte de Macedonia aún tenían la ambición de derrocar a la dinastía argéada y ascender al trono.

La economía

El rey era simplemente el guardián y administrador del tesoro de Macedonia y del suyo propio (βασιλικά), pues realmente éste pertenecía a los macedonios, y los tributos que pagaban los pueblos derrotados también iban para el pueblo macedonio. Incluso si el rey no llevaba la administración de las sumas del reino, se sentía responsable de defenderlas: Arriano nos cuenta que durante el motín de los soldados de Alejandro en Opis (324 a. C.), éste detalló las posesiones que su padre tenía cuando murió para probar que no había hecho un uso abusivo de las mismas.

Se sabe por Livio y Polibio que el basiliká tenía ingresos de las siguientes actividades económicas:

* Las minas de oro y plata (por ejemplo, las del Pangeo), que pertenecían exclusivamente al rey, y que le permitían acuñar monedas, un privilegio también único del rey hasta el reinado de Filipo V, quien concedió a las ciudades y distritos el derecho a acuñar monedas de menor valor, por ejemplo, de bronce.
* Los bosques, cuya madera fue muy apreciada por las poleis griegas que la usaban para construir sus barcos. De hecho, se sabe que Atenas hizo tratados comerciales con Macedonia en el siglo V a. C. para importar la madera necesaria para la construcción y el mantenimiento de su flota de guerra.
* Las tierras conquistadas, que se anexionaban al reino y que el rey explotaba directamente, en particular a través de esclavos que obtenían de los prisioneros de guerra, o indirectamente a través de un sistema de arrendamiento.
* Aduanas en el comercio (impuestos de importación y exportación)

Moneda de Filipo II

Moneda de Filipo II

La forma más común de explotar estas fuentes de riqueza era por arrendamiento: Aristóteles, en su “Económica”, nos cuenta que Amintas III (o quizá Filipo II) dobló las aduanas con la ayuda de Calístrato, que se había refugiado en Macedonia, trayéndoles de 20 a 40 talentos cada año. Para conseguir esto, todos los años se daba como oferta privada para la explotación de las aduanas la oferta más alta. También se sabe por Livio que las minas y los bosques se arrendaban por una suma acordada durante el reinado de Filipo V, y parece ser que lo mismo ocurrió bajo la dinastía argéada: puede que el sistema de arrendamiento del Egipto ptolemaico tenga aquí su origen.

Excepto las propiedades del rey, la tierra de Macedonia era esclava: los macedonios eran hombres esclavos y pagaban impuestos por terrenos privados. Incluso los tributos extraordinarios que pagaron los atenienses en tiempos de guerra no existían. Hasta en épocas de crisis económica, como la de Alejandro en el 334 a. C. o la Perseo en el 168 a. C., la monarquía mandaba pagar impuestos a sus súbditos sino que recaudaba fondos a través de préstamos, que sus Compañeros reales tenían que dar, o aumentaban el coste de los arrendamientos.

El rey podía conceder el atelíē (ἀτελίη), cuyo poseedor se veía exento de pagar impuestos. Alejandro se lo concedió a aquellas familias que tuvieron pérdidas materiales durante la batalla del Gránico en mayo del 334 a. C., por lo que no tuvieron que pagar tributos ni tasas comerciales.

Se obtenían bienes extraordinarios a través del pillaje, y el botín de guerra se repartía entre el rey y sus hombres. En tiempos de Filipo II y Alejandro el pillaje proporcionaba grandes sumas de dinero. Una parte considerable de los objetos de oro y plata obtenidos en las campañas de Europa y Asia se fundieron para hacer monedas en Pella y Anfípolis, el reino más activo de aquella época: se estima que durante el reinado de Alejandro Anfípolis acuñó cerca de 13 millones de tetradracmas de plata.

La asamblea

Todos los ciudadanos/soldados se reunían en una asamblea popular al menos dos veces al año, en primavera y en otoño, al principio y al final de la temporada militar.

Esta asamblea (koinê ekklesia o koinon makedonôn), en la que acudía el ejército en tiempos de guerra, y el pueblo en tiempos de paz, la convocaba el rey y tenía un importante papel en el nombramiento de nuevos monarcas y en juicios importantes; podía ser consultada (sin ningún tipo de obligación) para asuntos exteriores (declaraciones de guerra, tratados) y para ascender a altos oficiales del estado. En la mayoría de estas ocasiones, la Asamblea no hacía más que ratificar las propuestas de un órgano menor, el Consejo. Fue abolida por los romanos cuando reorganizaron Macedonia en el 167 a. C., para prevenir, según Livio, que un demagogo hiciera uso de ella para rebelarse contra su autoridad.

El consejo (synedrion)

El Consejo era un grupo restringido de personalidades importantes del reino, elegidas y reunidas por el rey para secundarle en el gobierno. No era un asamblea representativa, sino que era ampliado en ciertas ocasiones con representantes de las ciudades y unidades cívicas del reino.

Los miembros del Consejo (synedroi) pertenecían a tres categorías:

* Los sômatophylaques (en griego antiguo, literalmente «los guardias de corps») eran los nobles macedonios elegidos por el rey, que eran siete en el reinado de Alejandro Magno, y le servían como guardia de corps honorífica, pero sobre todo como consejeros. Era un título, aunque honorífico, particularmente prestigioso.
* Los Amigos (philoi) o los Compañeros reales (basilikoi hétairoi) eran nombrados en vida por el rey entre la alta nobleza macedonia.
* Los principales generales del ejército (hégémones tôn taxéôn) también nombrados por el rey.

El rey tenía menos libertad de lo que podríamos pensar para elegir la composición del Consejo, puesto que muchos miembros de la alta aristocracia del reino eran miembros de derechos ex officio.

El Consejo ejercía esencialmente una función probouléutica con respecto a la Asamblea: elaboraba y proponía las decisiones que ésta debía luego debatir y votar, en numerosos dominios, tales como la designación de los reyes y regentes, pero también de los grandes administradores, y las declaraciones de guerra. El Consejo estaba encargado de la instrucción judicial de los procesos capitales. Era también la primera y la última instancia para todos los casos que no entrañaban la pena capital.

El Consejo se reunía a menudo y constituía el principal órgano de gobierno. Cualquier decisión importante del rey era primero objeto de una deliberación.

En el interior del Consejo reinaban los principios democráticos de isegoria (igualdad de palabra) y de parresia (libertad de uso de la palabra), a los cuales el rey se sometía como los otros miembros.

Después de la destrucción de la monarquía antigónida por los romanos en 167 a. C., es posible que el synedrion subsistiera, al contrario que la asamblea, y quedara como la única instancia federal de Macedonia dividida en cuatro mérides.

Distritos regionales (merides)

La creación de un escalón administrativo territorial intermediario entre el poder central y las ciudades debe probablemente ser atribuida a Filipo II: esta reforma corresponde a la necesidad de adaptar las instituciones políticas a la considerable extensión del reino bajo su reinado. No era posible entonces reunir fácilmente al conjunto de los macedonios en una sola asamblea primaria, y la creación de cuatro distritos regionales, cada uno provisto de una asamblea era la respuesta aportada a este problema. No se trataba de divisiones territoriales que recortaran los grupos tribales, sino de un recorte administrativo artificial. Sin embargo, hace falta subrayar que la existencia de estos distritos no está en realidad atestiguada realmente (por la numismática) más que a partir del comienzo del siglo II a. C.

Los distritos eran los siguientes en la época antigónida, donde su número de orden es suministrado por la numismática :

* Primera méris: Anfípolis o la Parastrimonia y Paroria. El distrito debe su nombre a la única ciudad en hacer una contribución al levantamiento nacional macedonio a finales del siglo V a. C. Sus habitantes no helenizados eran reclutados en unidades distintas, llamadas bisaltias, mientras que los reclutados de Anfípolis, Filipos y Oesymé integraban la falange. La política de los reyes macedonios era no mezclar a los soldados heleno hablantes con los macedonios en el seno de las unidades.
* Segunda méris: Anfajítida. Su frontera era el río Axio el oeste y el Estrimón al este; la capital era Tesalónica.
* Tercera méris : ‘Botiea .’ Correspondía a Piera y Ematia, en el corazón del histórico reino macedonio histórico, así como la región litoral comprendida entre el Axios y el Peneo; la capital era Pella.
* Cuarta méris: Alta Macedonia.’ Reunía a Lincestis, Tinfea y Atintania. La Oréstida salió muy pronto del reino propiamente dicho. En la época romana, la capital estaba en Pelagonia.

La primera función de estos distritos era la de servir de base territorial de reclutamiento para el ejército.

La existencia de una moneda propia en estos distritos suponía una autonomía financiera e instituciones políticas propias (mal conocidas). Según las inscripciones, puede pensarse que cada méris disponía de una asamblea primaria que reunía a todos los macedonios de la región, y elegía anualmente un strategos, magistrado epónimo, cuya doble función era representar a la asamblea y al poder central, especialmente en materia militar.

Estas asambleas continuaron existiendo en época romana, y se convirtieron en las principales asambleas primarias de Macedonia, después de la supresión de la Asamblea común.

Costumbres

* Los jóvenes tenían una obligación iniciática que era la de matar un jabalí. Aquel que no lo hubiera hecho no merecía sentarse con los demás en los banquetes.
* Cuando, por las circunstancias que fueran, un hombre no había matado aún a un enemigo, tenía la obligación de llevar una cuerda atada al cuerpo.

Regiones

En el siglo V a. C., el reino se dividía en tres grandes regiones:[8]

* La Alta Macedonia o Macedónide, que se extendía al este del monte Pindo, desde el lago Ocrida, hasta las fuentes del río Haliacmón. Comprendía una serie de «comarcas» que se identificaban con determinados ethne:
o La Elimea, en el sureste, en el bucle del río Haliacmón y los confines de la Perrebea (habitada por periecos telalios).
o La Oréstide, en el oeste, hacia el nacimiento del Haliacmón y el sur del lago Ocrida, fronteriza con las tribus ilirias.
o La Eordea, que se extendía al norte del Haliacmón hasta el lago Vegorítida.
o La Lincéstide o Lincestis, que estaba situada al noroeste del lago Ocrida y que limitaba la norte con Peonia.
* La Baja Macedonia se extendía desde las laderas meridionales del Olimpo hasta el río Axio. Era el área más rica y urbanizada y constituía el verdadero corazón del reino. La Baja Macedonia incluía a:
o Pieria, que se comprendía el área desde el sur del Haliacmón, en la costa, hasta Tesalia.
o La llanura de Ematia.
o Botiea (o Botia), situada al sur de Ematia, llegaba hasta el Golfo Termaico.
* Migdonia era una región que ocupaba el territorio entre el Axio y el Estrimón.

Fuente: Wikipedia

El Imperio Babilónico

Toda la civilización  mesopotámica se basó en la cultura sumerio-acadia. Aunque los diversos pueblos que la invadieron o se establecieron en su territorio como los amorreos, asirios hititas y caldeos le enseñaron algunos rasgos propios, la civilización mesopotámica conservó a través de los años una cultura homogénea.

Babilonia en un antiguo reino de mesopotamia conocido originalmente como Sumer y Acad entre los ríos Tigris y Eufrates al sur del actual Bagdad (Irak).

En este informe daremos a conocer toda su cultura y organización social-política.

Espacio geográfico

Localización

Babilonia se encuentra entre el desierto de Siria, al oeste, y la meseta de Irán, al este. Entre los ríos Tigris y Eufrates, ambos caudales corren paralelamente, atravesando un llano de aluvión que forman con sus inundaciones. Nacen en las montañas de Armenia, recorren el país de norte a sur y desembocan en el golfo pérsico. Antiguamente sus desembocaduras estaban separadas, por que entonces la costa se hallaba 200 Km. más al interior de los que están ahora, pero con el tiempo fueron rellenando el terreno y ahora se transformaron en el río Chatt-el-Arab.

Características

Este territorio se divide en dos partes: El Norte y El Sur. Al norte los ríos son muy torrentosos, en cambio en la parte baja, son lentos y perfectos para la agricultura.

El eufrates y el tigris tienen inundaciones periódicas, provocadas por las lluvias invernales de Armenia. El tigris comienza su crecimiento en marzo y el eufrates 15 días después, estas crecidas son irregulares y violentas.

El clima es cálido y desconoce los fríos del invierno, estas tierras carecían de defensas naturales y fueron fácil presa de invasores, la riqueza del territorio fue motivo para que muchos pueblos lucharan por instalarse y mantenerse en el lugar.

Orígenes

Los orígenes de esta cultura son inciertos, si bien se sabe de dos fechas claves, las cuales son:

El fin de la I Dinastía de Isin hacia 1790a.C.

El comienzo de la dinastía  Acad hacia 2340 a.C.

Debido a lo confuso e inexactas de las fechas se utilizan tres sistemas cronológicos para el medio oriente: Alto, Medio y Bajo, dependiendo si las fechas  son asignadas por el primer año de reinado de Hamurabi de Babilonia es 1848, 1792 ó 1728 a.C. Las fechas de este informe siguen la cronológica Media y se data del primer año del reinado de Hamurabi en el año1792 a.C.

Durante el reinado de  Hamurabi y su hijo Samsu-Iluna, quien le sucedió, la civilización babilónica llegó a su cenit del desarrollo político y social. Algunas de las ciudades comenzaron a buscar la independencia y durante el reinado de Samsu-Iluna, los casitas invadieron por primera vez el país, aunque Samsi-Iluna, tubo éxito en expulsarlos, finalmente tuvieron pudieron infiltrarse dentro del país. Sumsa-Ilum había tratado con el líder rebelde, iluma-Ilum, el cual fundó una colonia al sur de Babilonia en el golfo pérsico. Con estos sucesos el país sufrió grandes deterioros, cuando en 1595 un ejercito Hitita penetró por el sur hasta babilonia y llevaron prisioneros y riquezas hasta la alejada Anatonia, en el reino comenzó el desorden. Durante en breve periodo cayó bajo el dominio de la dinastía del país del mar. Finalmente hacia mediados del siglo XVI a.C. el gobernante Casita Agnum tomó babilonia y extendió su territorio desde el río Eufrates a los montes Zagros, Bajo dominio Casita, babilonia de nuevo se convirtió en un poder de considerable importancia, junto con el imperio egipcio, los hititas y el reino de Mitanni.

Babilonia estaba tan debilitada que cayó en manos de los elamitas, que la invadieron. Mientras que en el sur había otra revuelta se fundó una nueva dinastía conocida como II dinastía de Isin. Hacia fines del siglo XII a.C. Nabucodonosor I, uno de los reyes de Isin, derrotó a los Elamitas y atacó Asiria. Un poco después grandes grupos de nómades Arameos emigraron a Babilonia, durante este tiempo Babilonia estuvo en un estado de crisis política.

Babilonia se menciona oficialmente a fines del III milenio a.C. Hacia 1984 a.C. Sumu-Abum fundó su propia dinastía, esta alcanzó su apogeo con Hammurabi. En el 1595 a. C. la cuidad fue capturada por los Hititas y poco después por los casitas, los casitas transformaron la cuidad-estado de babilonia en la capital de babilonia, región al sur de mesopotamia. La cuidad era el centro administrativo de un gran reino, después se convirtió en un centro religioso, el centro religioso del reino, con su dios principal, Marduk, situado a la cabeza del Panteón mesopotámico.

Cultura

Religión

Muchas de la creencias de los pueblos primitivos se basan en las creencias mesopotámicas. El convencimiento de que los astros, como el sol ola luna, eran seres superiores a los hombres, estos eran los dioses mayores junto con loas cinco planetas más importantes, Marduk o Beli, Dios de Júpiter y de babilonia e Ishtar, diosa del planeta venus, que representaba la guerra y el amor y era especialmente venerada en Nínive. Los dioses eran considerados como seres terribles que solo protegían a los pueblos que los adoptaban y que veían con agrado como sus fieles mataban a los hombres. En las elecciones de reyes, estos siempre se referían a sus hazañas bélicas y a como peleaban en nombre de sus dioses.

Los dioses fueron reemplazados por figuras animales, pero en la época babilónica, estos tenían forma humana y solo los brujos y los dioses malos tenían la cabeza en forma de animal.

Los babilónicos creían que la voluntad de los dioses podía interpretarse por el vuelo de los pájaros, por los sueños, por la posición de los astros.

Arquitectura

Los monumentos eran colosales y la forma de todo ellos eran uniforme y maciza, prevaliendo siempre las líneas rectas.

El ladrillo caracterizó la arquitectura de babilonia entre otros, el ancho de los muros y construcción de grandes planos rectilíneos. El ladrillo no aseguró a los templos y palacios de babilonia la duración de que tuvieron los construidos en piedra por Egipto. La acción combinada del sol y la lluvia los desmoronó poco a poco, pero las partes superiores, las primeras en derrumbarse, cubrieron con una espesa capa protectora el resto del edificio. Cada ladrillo  tenia el sello del rey que ordenaba la construcción. Estos se unían entre sí con mortero y arcilla o cal y a veces con betún.

Los ladrillos estaban a menudo con brillantes azulejos de color azul, amarillo y blanco, adornados con animales u otras formas en vidriado relieve.

En cuanto a los templos, tenían forma de altas torres escalonadas de siete pisos, el edificio llamado zigurat es una torre alta de planta cuadrada, que se compone de varios pisos, siendo cada uno mas pequeño que el inferior, en la plataforma del piso más alto estaba el santuario y el alatr de divinidad.

Este tipo de templos es de origen sumerio y sirvió de modelo a todos los demás pueblos mesopotámicos.

Sistema Legal y de escritura.

La ley y la justicia eran conceptos fundamentales en el modo de vida babilónico, la justicia era administrada por los tribunales, cada uno de los cuales tenia entre uno y cuatro jueces. Los ancianos de una cuidad frecuentemente formaban un tribunal, los jueces no podían revocar sus decisiones por ninguna razón, aunque podían dirigirse apelaciones en contra sus veredictos ante el rey. Las pruebas consistían afirmaciones de testigos o de documentos escritos. Los juramentos podían ser prometedores, declaratorios o exculpatorios. Los tribunales podían dar penas que van desde la muerte hasta azotes, la reducción del estado social a la esclavitud o el destierro. Las compensaciones por daños iban desde treinta veces el valor del objeto perjudicado.

Para asegurar que sus instituciones legales, administrativas y económicas funcionaban eficazmente, los babilonios utilizaban el sistema de escritura cuneiforme desarrollado por los sumerios. Para formar sus escribas, secretarios archiveros y demás funcionarios administrativos, adoptaron el sistema sumerio de educación formal, bajo el cual escuelas seglares servían como centros culturales. El plan de estudio consistía principalmente en copiar y memorizar ambos libros de textos y diccionarios sumero-babilónico que contenían largas listas de palabras y frases, incluido los nombres de árboles, animales, pájaros, insectos, países, pueblos y minerales así como una gran y diversa colección de tablas matemáticas y problemas. En el estudio de la literatura, los alumnos copiaban e imitaban distintos tipos de mitos, epopeyas, himnos, lamentaciones, proverbios y ensayos en lengua sumera y babilónica.

La Escritura

El maravilloso arte parece ya bien avanzado, adecuado para expresar pensamientos complejos en el comercio, la pesia y la religión. Las inscripciones más antiguas se encuentran en piedra (muy escasa en la zona de Babilonia) y datan al parecer  de dos tiempos tan remotos como 3600 años a.c. Hacia el 3200 aparece la tabla de arcilla, y desde entonces en adelante los sumerios se deleitaron con el gran descubrimiento. Buena fortuna para la humanidad es que la gente de Babilonia no escribe en frágil papel y con tinta que se borra con el tiempo, sino en húmeda arcilla con la cuneiforme punta de un estilo. Con este dócil material el escriba mantenía registros, redactaba contratos y documentos oficiales, escribía propiedades, sentencias y ventas, y creaba una cultura en la que el eastilo (punzón que usaban los antiguos para escribir en tablas de arcilla) se hizo tan poderosa como la espada. Completado el escrito, el escriba cocía la tabla de arcilla junto al fuego o al sol y la convertía en un manuscrito mucho más duradero y menos firme que la piedra.

Medicina, astrología y matemáticas.

El desarrollo de los conocimientos científicos fue obra de los sacerdotes y estuvo naturalmente, muy vinculado a la religión.

La astronomía fue la ciencia predilecta de los babilónicos, como consecuencia de la relación que suponían existente entre el curso de los astros y el destino de los hombres. Ellos fueron los primeros en trazar cartas astronómicas, en establecer la distinción entre planetas y estrellas, en determinar los doce signos del zodiaco. Dividieron el año en doce meses lunares (seis de treinta días y seis de veintinueve días), y para evitar las divergencias entre ese calendario y las estaciones agregaron de tiempo en tiempo un mes suplementario. Como se ve en la formulación de un calendario los egipcios superan a los babilónicos pues crearon uno basado en los movimientos del sol.

Nuestras civilizaciones tienen algunas medidas de tiempo, transmitidas por los babilonios, como la división en semanas o periodos de siete días.

También en matemáticas realizaron muchos adelantos. El sistema de pesas y medidas de los babilonios era sexagesimal, es decir, tomaba como base el número sesenta. Este sistema fue adoptado en toda el Asia y se extendió, luego al mundo mediterráneo. Se conservan aún vestigios de esa manera de contar y medir en la división de la hora y de los minutos, así como también en la división de la circunferencia de 360° (múltiplo de 60.)

Sociedad

Civilización babilónica

La civilización babilónica, que duró desde el siglo XVIII hasta el siglo VI a.c. era como la sumeria que la precedió, de carácter urbano aunque se basa en la agricultura más que en la industria. El país estaba compuesto unas doce ciudades, rodeadas de pueblos y aldeas.

Los babilonios modificaron y transformaron su herencia sumeria para adecuarla a su propia cultura y carácter. El modo de vida resultante demostró ser tan eficaz que sufrió relativamente pocos cambios durante aproximadamente 1200 años. Influyó en sus países vecinos, especialmente en el reino de Asiria, que adoptó la cultura babilónica prácticamente por completo. Afortunadamente se han encontrado una colección importante de obras de literatura babilónica gracias a las excavaciones. Una de las más importantes es la magnifica colección de leyes (s. XXVIII a.c.) frecuentemente denominada “Código de Hammurabi”, que, junto con otros documentos y cartas pertenecientes a  distintos periodos, proporcionan un amplio cuadro de la estructura social y la organización económica.

Sociedad

La sociedad babilónica estaba compuesta por tres clases sociales representadas por el awilu, persona libre de clase superior; el wardu, el esclavo; y el mushkenu, persona libre de clase inferior, que se encontraba legalmente entre el awilu y wardu. La mayoría de los esclavos eran prisioneros de guerra, aunque algunos eran reclutados entre la población babilónica, por ejemplo: Las personas libres podían ser hechas esclavos como castigo de algunos delitos; los padres podían vendera sus hijos como esclavos en momento de necesidad; o un hombre incluso, podía someter a toda su familia a los deudores como pago de deuda, pero no durante de tres años. Los esclavos eran propiedad de su amo, como un bien mueble, podían ser marcados o azotados, y eran severamente castigados si intentaban escapar. Los esclavos tenían algunos derechos legales y podían realizar negocios, prestar dinero y comprar su libertad. Si un esclavo se casaba con una persona libre y tenían hijos, estos eran libres.

Vida familiar

La familia era la unidad básica de la sociedad babilónica. Los matrimonios eran dispuestos por los padres y los responsables se reconocían legalmente tan pronto como el novio presentaba un regalo nupcial al padre de la novia; la ceremonia matrimonial normalmente concluía con un contrato inscrito en una tablilla. Aunque el matrimonio se consideraba principalmente en un acuerdo practico, hay pruebas que sugieren que no eran completamente desconocidas las relaciones prematrimoniales clandestinas. La mujer babilónica tenia algunos derechos civiles importantes. Podría tener propiedades, realizar negocios y actuar como testigo en un juicio. Sin embargo, el marido podía divorciarse de ella por cuestiones triviales o, si no le había dado hijos, podía contraer matrimonio con otra mujer.

Ciudades

El número de habitantes de una ciudad variaba probablemente entre 10000 y50000. Las calles de la ciudad eran estrechas, flaqueadas por los muros altos y sin ventanas de las casas. Las calles no estaban pavimentadas ni tenían alcantarillas. La casa media era una  estructura pequeña, de una planta y de ladrillos de barro, compuesta de distintas habitaciones agrupadas alrededor de un patio. Por otra parte, la casa de un prospero babilonio era, probablemente una residencia de dos pisos de ladrillo con aproximadamente una docena de habitaciones, con muros interiores y exteriores. La planta interior tenía una habitación de servicio y, a veces, incluso una habitación privada para el culto. Los muebles incluían mesas bajas, sillas con respaldo y camas con armazón de madera. La vajilla domestica estaba fabricada de arcilla, piedra, cobre y bronce y los cestos y las arcas de caña y madera.

Las casa frecuentemente se construían sobre un mausoleo donde se enterraban los miembros de la familia. Los babilonios creían que las almas de los muertos viajaban al siguiente mundo, y que, al menos en cierto grado, la vida seguía allí como en la tierra. Por ello, enterraban junto al muerto tarros, herramientas, armas y joyas.

Tecnología

Los babilonios heredaron los logros técnicos de los sumerios en riego y agricultura. El mantenimiento del sistema de canales, diques, presas y depósitos construidos por sus predecesores necesitaba de un considerable conocimiento y habilidad de ingeniería. La preparación de mapas, informes y proyectos implicaban la utilización de instrumentos de nivelación y jalones de medición. Con fines matemáticos, utilizaban el sistema sexagesimal sumerio de numeración, que caracterizaba por un útil dispositivo denominado notación lugar-valor que se parece al actual sistema decimal. Continuaron utilizándose las medidas de longitud, área, capacidad, peso, normalizadas anteriormente por los sumerios. La agricultura era una ocupación complicada y metódica que necesitaba previsión, diligencia y destreza. Un documento escrito en sumerio recientemente traducido, aunque utilizado como libro de texto en las escuelas babilónicas, resulta ser un verdadero almanaque del agricultor, y registra una serie de instrucciones y direcciones para guiar las actividades de la granja, desde el riego de los campos hasta el aventamiento de los cultivos cosechados.

Los artesanos babilonios eran diestros en metalurgia, en los procesos de abatanado, blanqueo y tinte, y en la preparación de pinturas, pigmentos, cosméticos y perfumes. En el campo de la medicina, se conocí bien la cirugía y se practicaba frecuentemente, a juzgar por el código de Hammurabi, que la dedica varios párrafos. También se desarrolla sin lugar a dudas, la farmacopea, aunque la única prueba importante de ello procede de una tablilla sumeria escrita algunos siglos antes del reinado de Hammurabi.

Política

A la cabeza de la estructura política estaba el rey, monarca absoluto que ejercía el poder legislativo, judicial y ejecutivo. Por debajo de esto había un grupo de  gobernadores y administradores selectos. Los alcaldes y los consejos de ancianos de la ciudad se preocupaban de la administración local.

El soberano más ilustre de babilonia y el verdadero fundador del imperio fue Hamurabi (2067 a 2025 a.c.) Éste príncipe fortificó su capital rodeándola con una muralla y extendió sus conquistas desde el Elam en el este, hasta Sirio en el oeste. Pero, mas que por sus conquistas y sus construcciones, Hammurabi es celebre por las leyes que dio a sus súbditos con el fin de que entre ellos hubiera paz y justicia.

Durante el reinado de Hammurabi, babilonia extendió su influencia civilizadora hacia el norte y el oeste, siguiendo la línea de “La medialuna de las tierras fértiles”, y se convirtió en el centro principal del comercio con todas las comarcas del Asia occidental.

Después de la muerte de Hammurabi, el esplendor de babilonia, el imperio más importante y civilizado de Asia, continuó todavía por dos siglos.

Código de Amuraba: las leyes de Amuraba que este dijo de haber resido del dios Shamash, están contenidas con el famoso código que lleva el nombre del rey babilónico.

La orientación jurídica de Amuraba se fundamentaba en este admirable trípode: promulgar justicia, poner en orden la tierra y procurar el bien del pueblo.

Este código fue hallado en Fusa, el año1907. He aquí algunos de sus normas en materia penal:

-          Si alguien roba algo del templo o del palacio morirá.

-          Si una vendedora de vino tiene la media corta, se echará la taberna al río.

-          Si un hombre hace un agujero en una casa para entrar a robar, se le matará y se le enterrará delante del agujero

-          Si un hombre acusa a otro de un crimen capital y no puede probarlo, será castigado de muerte.

El legado babilónico

Más de 1200 años pasaron desde el glorioso reinado de Hammurabi hasta la subyugación de Babilonia por los persas. Durante este largo lapso de tiempo, la estructura social, la organización económica, el arte y la arquitectura, la ciencia y la literatura, el sistema judicial y las creencias religiosas babilónicas sufrieron una considerable modificación, aunque en general únicamente en los detalles, no en la esencia. Basados prácticamente por completo en la cultura Sumer, los logros culturales de Babilonia dejaron una antigua impresión en el mundo antiguo, y particularmente entre los hebreos y los griegos. La influencia babilónica es evidente en las obras de poetas griegos tales como Homero y Hesíodo, en la geometría del matemático griego Euclides, en astronomía, en astrología, en heráldica y en la Biblia.

- Distinguir elementos de esta civilización que se distinguen en otra regiones.

Se dice que el imperio mesopotámico está basada en la cultura Sumerio-Acadia, y los distintos pueblos que la invadieron y se establecieron en su territorio sacaron un poco de su cultura para implementarla en la suya.

Fuente: Wikipedia

La civilización Islámica

Islam

Origen y fundamentos

La península Arábiga, habitada en los primeros siglos de la era cristiana por beduinos nómades o semisedentarios, fue el contexto geográfico y humano del que brotaron la cultura y la civilización islámicas

Se dice que en La Meca, centro de peregrinación, ciudad de caravanas y núcleo mercantil del mundo medieval nació Mahoma. Allí la verdad le fue revelada y comenzó su prédica del Islam hasta que en el 622 -inicio de la Hégira-, fue a refugiarse bajo peligro de muerte a la ciudad de Medina, en la cual encontró protección y creó los fundamentos espirituales e institucionales de la comunidad musulmana. Los diez años de su vida en Medina y los treinta que siguieron a la muerte de Mahoma, en que gobernaron los cuatro califas ortodoxos que le acompañaron en vida (632-661), son reputados por el sentimiento musulmán como “la edad de oro” del Islam.

Sostenida por la íntima convicción de su mensaje y por la fuerza arrolladora de los ejércitos árabes, la expansión islámica derrotó a los imperios sasánida y bizantino así como al Occidente del desmembrado imperio romano e hizo del mundo musulmán un imperio que encabezó el comercio mundial y edificó una red de grandes ciudades.

Ciudad islámica e instituciones religiosas

La ciudad islámica es la comunidad de personas que profesan el Islam. Constituye la umma o nación, en la cual cada musulmán se reconoce, independientemente de que viva solo o en grupo y sea ciudadano o campesino, nómade o sedentario. Una interpretación más acotada la define como Dar al-Islam, “morada del Islam” y la limita a los países o grupos urbanos en que rige la ley canónica islámica y se practican sus formas tradicionales de vida.

El Islam, que significa “sumisión a Dios”, comprende tres instituciones religiosas fundamentales: el Corán, la Tradición del Profeta (sunna) y las enseñanzas escritas y orales de los juristas. A través del doble testimonio de la fe -“No hay más Dios que el Uno y Único” (Allah); “Mahoma es el mensajero de Dios”-, cuya declaración confiere la condición de musulmán a todo hombre de buena voluntad, el Corán proclama su mensaje esencial, al-tawhid o “Unidad Divina”, la cual declara los derechos del Creador por encima de todas las relatividades de nuestra existencia terrena y se realiza en la existencia individual de todo aquel que aproxime lo más posible a Dios sus pensamientos y acciones. Con ese fin se incita a la lectura del Corán, a la invocación de los nombres de Dios y a las prácticas obligatorias de la oración, el ayuno, la limosna y la peregrinación a La Meca, al menos una vez en la vida.

El Profeta, el “elegido” providencialmente para trasmitir a los hombres la ley musulmana (la sari’a), encarnó el modelo de hombre del mundo islámico. La colección de sus dichos y consejos y hasta de sus actos y gestos fue recogida, durante el tercer siglo de la Hégira, en los hadits o “tradiciones”, con el fin de facilitar su reproducción y conocimiento por parte de la comunidad de fieles. Ni el Corán ni la Sunna, sin embargo, están elaborados como cuerpos de leyes. Fue labor posterior de los eruditos del Islam la formulación de un sistema jurídico que rige y divide los actos de los creyentes en obligatorios, recomendados, permitidos, condenables y prohibidos, y supone una divergencia entre la jurisprudencia “sunní”, que desaprueba la reflexión personal y la evolución o adaptabilidad de la ley, y la “si’i”, que las pondera. Una sabiduría que como la musulmana tiende a introducir la dimensión religiosa en todos los aspectos de la vida, toma esta divergencia por diferencias de interpretación que derivan, en última instancia, de la bondad divina. “Los desacuerdos de los sabios -declara uno de sus proverbios- son una merced”.

Sociedad, comunidad e individuo

Lo esencial de la ciudad islámica es la “combinación perdurable del esfuerzo desplegado por cada hombre para someterse a la voluntad del legislador divino y del marco comunal que le sirve de ayuda y soporte en ese esfuerzo” (J. L. Michon, 1976). El vínculo entre el individuo y el todo social en el Islam es tan fuerte que la tarea de la redención individual “engloba ipso facto la sacralización de lo social” dentro de sus marcos. La salvación de cada cual depende de los que le rodean tanto como de que las circunstancias le sean más o menos propicias.

La tradición supone que el propio Mahoma formuló el principio de la iyma o consenso de los creyentes, el cual se concreta en la ley musulmana bajo la forma de un estatuto colectivo llamado “deber de suficiencia”. Por él se eximía a un musulmán de cualquier deber legal obligatorio si un número suficiente de fieles acuerda suprimírselo. El individuo, sin embargo, no se disuelve en la comunidad. La ley del Islam supone que con su conducta un hombre sólo se compromete a sí mismo y que, en su día, sólo él comparecerá ante el Juez Supremo para responder por sus acciones. No obstante, la índole de hombres iguales ante Dios e idénticamente dependientes y sometidos a las obligaciones que su ley engendra, ha dado lugar a la definición de la comunidad musulmana como una “teocracia igualitaria” (L. Gardet, 1961).

El fuerte sentido de cohesión social que acompañó el alto grado de integración de las sociedades musulmanas tradicionales se debe en mucho a los valores socio-religiosos que orientaron la vida de sus individuos y de sus comunidades.

Gobierno y política: la comunidad islámica

La comunidad establecida en Medina en el siglo I de la Hégira (s.VII n.e.), fue el prototipo de organización institucional -derivada de fines religiosos- que rigió en todas las sociedades tradicionales musulmanas. Llamada inicialmente Yatrib, su nuevo nombre, al-Madina (“la ciudad por excelencia”), designa su condición de centro de la umma y sede de la autoridad y la justicia.

El califa o imán, sucesor del Profeta, unía en su persona la autoridad espiritual y secular y era el jefe supremo de la ciudad. Encargado de crear las condiciones para la aplicación de la ley coránica, de encabezar la Guerra Santa (yihad), organizar el ejército y garantizar la administración y la seguridad de los países bajo su dominio, el califa designaba también, en cada ciudad, a los ministros o visires, a los gobernadores, los comandantes en jefe, los recaudadores de impuestos y hasta al cuerpo de policía (surta) que velaba por el orden y protegía la ciudad de sus enemigos.

La justicia en la sociedad islámica tradicional se derivaba del mandato divino. Hay referencia a un pacto original por medio del cual Dios designó vicarios suyos a los que ejercen la autoridad. A éstos les cabe el deber de proteger a los fieles como a los últimos el deber de obedecer la autoridad. Son afines el ideal de justicia platónico y el del Islam: el orden decretado por Dios sólo prevalecerá allí donde dirijan hombres virtuosos, que unan a su profundo conocimiento de la divinidad una elevada cualidad moral y en cuyas manos está “hacer que los hombres, en esta vida y en este medio disfruten al máximo la felicidad y las delicias de la vida futura por medio de instituciones comunitarias fundadas en la justicia y la confraternidad” (Al-Farabi, s.IV de la Hégira).

Pese a que el ordenamiento jurídico de las ciudades islámicas tradicionales careció de la autonomía local y municipal de que gozaron las ciudades europeas medievales, sus instituciones, orientadas por valores que rechazaban la discriminación por motivos de raza, religión o condición social, propiciaron el elevado grado de integración que fue común en todas las ciudades del mundo musulmán, desde Al-Andalus hasta la India.

Muestra la flexibilidad y la propensión democrática de la jurisprudencia islámica el hecho de que sus juristas aceptaron como fuente de legislación, durante siglos, los hábitos locales de las diversas ciudades.

La economía en la sociedad medieval

La economía en las ciudades tradicionales musulmanas se regía por un sistema corporativo que integraba a los hombres dedicados a la producción, la distribución y los servicios, ya se desempeñasen como propietarios u obreros, trabajadores a domicilio, por cuenta propia o empleados del gobierno, ya fueran “gentes de alta o baja condición, musulmanes, cristianos y judíos, nativos o extranjeros naturalizados, todos pertenecían al sistema corporativo” (Yusuf Ibish, 1976). En las corporaciones se agrupaba la población urbana según sus oficios, así que las había de artesanos, de mercaderes, de subastadores, prestamistas, músicos, cantantes, narradores transportistas y marineros.

Los miembros de cada corporación se consideraban a la vez como miembros de la comunidad de creyentes a cuyo servicio se acreditaba especialmente la eficiencia en la profesión u oficio, que se adquiría por medio de un arduo trabajo supervisado por un maestro (sayj) conectado a su vez a la cadena de maestros de la corporación, que se enlazaba sucesivamente a las de otras, a los Santos Patronos y aún hasta al Profeta.

Las corporaciones se estructuraban según un sistema conceptual y ritual trasmitido oralmente de generación en generación y estrechamente vinculado a las órdenes sufíes (logias islámicas). A la aceptación de un joven como aprendiz de un taller seguía la recitación de la primera azora (capítulo) del Corán ante los maestros de la corporación y un período de años de trabajo cuya nula o baja remuneración se compensaba con la idea de que era ese el medio de aprender y de integrarse socialmente a la comunidad.

Una ramita de albahaca entregada por orden del maestro al joven aprendiz indicaba llegada la hora de su iniciación. La ceremonia, celebrada en casa de un maestro o en algún jardín de la ciudad, contaba con una nutrida y noble concurrencia que ejecutaba ritos religiosos y ceremoniales a cuyo término se convertía al joven en miembro de la hermandad, bajo las notas de una exclamación ritual de alegría en la que convergían diversas tradiciones: “Lluevan las bendiciones sobre Jesús, Moisés y los que se embellecen los ojos con antimonio (*), pues quién nos podrá perjudicar!” (Yusuf Ibish, p.152). La iniciación terminaba con un comida sencilla denominada tamliha (ensalada) que recordaba el doble valor de la sal, nexo entre los que la comparten y símbolo de artesanos (conocidos como “la sal de los bazares” por su condición de núcleo principal entre los que se ganan la vida con sudor y paciencia).

El iniciado se integraba a su corporación y, por medio de ella, a la umma. Con los años, la elaboración de una obra maestra como muestra refinada de su arte podía elevar al artesano al cargo de maestro. Mencionemos de paso que en el islamismo sufí la artesanía era sinónimo de arte y a la vez, un medio de realización espiritual que modelaba “una imagen del trabajo que un hombre que aspira a la contemplación de las realidades divinas debe realizar consigo mismo y sobre su alma, que entonces representa el papel de un tosco material, desordenado y amorfo, pero potencialmente noble”. (T. Burckhardt, 1976).

Educación e instrucción religiosa

La educación musulmana, iniciada en los tiempos del Profeta en La Meca, fue irradiada en lo fundamental desde la institución de la mezquita y tuvo como contenido la sari’a o ley islámica, cuyo aprendizaje era un “deber de suficiencia” para la comunidad islámica. La más alta distinción en el Islam era alcanzar el “saber” -al-‘ilm- o conocimiento de la ley revelada. La memoria era una cualidad tan ponderada en esta enseñanza que su ideal, el título de hafiz, se concedía a quien aprendiese el Corán de memoria.

La instrucción religiosa fue uno de los elementos que garantizaron la supervivencia de la civilización islámica. Un ciudadano de cultura media podía ejercer una función consultiva en el interior de la comunidad, dirigir las oraciones y practicar el mandato coránico. Con el tiempo, la instrucción religiosa se fue diferenciando de la educación propiamente dicha.

El primer siglo de la Hégira, dedicado a la conquista militar y al establecimiento de la autoridad política del Islam, no produjo un desarrollo significativo de la educación islámica. Pero a partir del siglo II -en que se extendió la mezquita como institución de enseñanza en los territorios ocupados- y sobre todo del III -en que una generación de juristas, teólogos y lingüistas se afanaban por preservar la lengua y las tradiciones de una civilización que se había extendido por muy diversos espacios culturales-, la educación pasó a primer plano.

Durante los siglos III y IV, en los que la mezquita fungía como una virtual universidad pública, centro de culto y reunión social, aparecieron la institución del colegio o escuela elemental (kultab) y las “casas de sabiduría” o “de ciencia”, dedicadas exclusivamente a actividades académicas. En el siglo V aparece la escuela superior o madrasa, patrocinada por el estado, que fue desde entonces el rector de la enseñanza en el mundo musulmán. Hacia el siglo IX era indispensable egresar de una madrasa para ocupar un puesto gubernamental.

No sólo la adquisición del saber -que es el modo de discernimiento entre lo prohibido y lo loable-, sino su transmisión, deviene en el Islam una obligación religiosa que lo convierte en antecedente histórico del esfuerzo por la democratización de la enseñanza. “La sociedad islámica repudia al álim (sabio) que evita trasmitir su sabiduría a los demás”.

El Islam ha defendido la libertad de pensamiento, y reconocido los límites de la razón. Ella no puede cuestionar ni la unidad divina ni la veracidad del mensaje de Mahoma. Desde su punto de vista la razón puede ser innata -cuando es un don divino- y adquirida -cuando es resultado del esfuerzo individual y la experiencia-. De lo más valioso en el Islam es su reconocimiento de la naturaleza práctica del pensamiento y la educación, evidenciada en una tradición atribuida al Profeta: “Adquirid toda la sabiduría que podáis! Pero Dios no os compensará (todo lo que hayáis aprendido) hasta que traduzcáis vuestro saber en obras!”.

Moral y familia en la cultura islámica

La moral que regulaba la conducta de la comunidad islámica tradicional se derivaba de la eticidad contenida en el Corán y en la tradición del Profeta. Según éstas, ordenar el bien y prohibir el mal son un mandato divino. Todo musulmán tiene, en consecuencia, la obligación de denunciar los actos contrarios al mismo. La tradición establecía las normas de cortesía, los gestos y palabras del saludo, las felicitaciones para los buenos momentos y los consuelos para las pruebas de la vida. Establecía también los preceptos de todo comportamiento, entre ellos, el uso de atuendos tradicionales y del turbante como símbolo de la dignidad del creyente y de su alianza con el cielo.

El cumplimiento de la moral musulmana fue una función jurídicamente establecida en la comunidad islámica, y conferida en la jerarquía ciudadana al almotacen o zabazoque, responsable de la aplicación de los valores éticos a la práctica de la vida cotidiana. Inspeccionaba los pesos y medidas del mercado, la equidad en las transacciones comerciales, la calificación de las profesiones y era árbitro de las disputas habidas entre patronos y empleados.

La comunidad islámica tradicional estableció por derecho divino la naturaleza patriarcal de la familia musulmana. Significa la autoridad del padre o del abuelo sobre el colectivo familiar y la del marido sobre la esposa, que se deriva de la ley coránica según la cual “los hombres tienen autoridad sobre las mujeres en virtud de la preferencia que Dios ha dado a unos más que a otros y de los bienes que gastan”.

El status atribuido por la tradición islámica a las mujeres de su comunidad ha afectado su posición frente al matrimonio, al divorcio, al derecho de herencia y al de prestación de testimonio, aunque se ha afirmado que ese status se deriva menos de la ley coránica propiamente dicha que de sus interpretaciones.

Costumbre que distinguía a los árabes por antonomasia. Cf. Lévi-Provencal, España Musulmana.

Fuente: Wikipedia

El Imperio Carolingio

El Imperio Carolingio es una realidad política que se da en un periodo de la historia europea derivado de la política de los reyes francos, Pipino y Carlomagno, y que supuso un intento de recuperación en los ámbitos político, religioso y cultural de la época, siendo un hecho relevante e importante, la coronación de Carlomagno como emperador en Roma.

Francos

Francos

Historia

Los carolingios

La dinastía deriva del matrimonio de los hijos de Arnulfo de Metz y Pipino el Viejo, ambos descritos por Fredegario como los señores más importantes de Austrasia. La familia consolidó su poder desde el segundo tercio del siglo VII consiguiendo que el oficio de mayordomo de palacio fuese hereditario, y convirtiéndose así en los verdaderos gobernantes de los francos; mientras que los reyes merovingios quedaban reducidos a un papel nominal, es por ello que se les denomina «Reyes holgazanes»

El mayordomo de palacio de todos los reinos merovingios, Pipino el Breve (hijo del mayordomo Carlos Martel y descendiente de Pipino el Viejo), logró destronar a su rey merovingio Childerico III en 751, y fue reconocido rey de los francos con apoyo del Papa Zacarías, y posteriormente ungido como rey por el Papa Esteban II en 754. Así, aunque Pipino fue rey electo, aseguró su legitimidad divina a través del Papa.

En efecto, Pipino consolidó su posición en 754 al fraguar una alianza con el papa Esteban II, quien obsequió al rey de los francos una copia de la Donación de Constantino en París, y le ungió a él y a su familia en una majestuosa ceremonia en Saint-Denis, declarándole «patricius Romanorum» («protector de los romanos»). El año siguiente, Pipino cumplió la promesa hecha al papa y recuperó el exarcado de Rávena, recientemente perdido ante los lombardos, entregándoselo al papa en lugar de devolvérselo al emperador bizantino. Pipino entregó también los territorios reconquistados en los alrededores de Roma, dando pie a la creación de los Estados Pontificios en la Donación de Pipino, que dejó en la tumba de San Pedro. El pontífice tenía buenas razones para esperar de la reconstruida monarquía franca que proporcionara una base de poder leal (potestas) en la creación de un nuevo orden mundial, centrado en la figura del papa.

Carlomagno

Pipino repartió el reino a su muerte en 768, entre sus hijos Carlos y Carlomán. De todas formas, Carlomán se retiró a un monasterio y murió poco tiempo después, dejando a su hermano como único rey. Éste pasaría más tarde a ser conocido como Carlomagno, en francés Charlemagne y en alemán Karl der Große. Era un personaje poderoso, inteligente y relativamente culto, que se convertiría en una leyenda para la historia posterior tanto de Francia como de Alemania. Carlomagno restableció un equilibrio de poder entre el emperador y el papa.

A partir del año 772, Carlomagno emprendió una larga guerra en la que conquistó y derrotó a los sajones para incorporar sus territorios al Imperio Franco (las últimas incursiones de Carlomagno sobre los territorios sajones está datada en 804 por los Annales Regni Francorum). Esta campaña se sumó a la práctica de líderes cristianos no romanos que provocaban la conversión de sus vecinos por la fuerza. Los misionarios católicos francos, junto a otros de Irlanda y de la Inglaterra anglosajona, habían penetrado en territorio sajón desde mediados del siglo VIII, resultando en un aumento de los enfrentamientos con los sajones, que se resistían a los empeños misionarios acompañados de incursiones militares. El principal oponente sajón de Carlomagno, Widukind, aceptó ser bautizado en el 785, como parte de unos acuerdos de paz, pero otros líderes sajones continuaron con la lucha. Tras su victoria en el 782 en Verden, Carlomagno ordenó la matanza masiva de miles de prisioneros sajones paganos. Tras varios levantamientos más, los sajones sufrieron la derrota definitiva en el 804. Esto expandió el Imperio Franco hacia el este, hasta el río Elba, algo que el Imperio Romano sólo intentó una vez, y en lo que falló en la batalla del Bosque de Teutoburgo (año 9 d. C.). Para poder cristianizar con más efectividad a los sajones, Carlomagno fundó varias diócesis, entre las que se cuentan las de Bremen, Münster, Paderborn y Osnabrück.

Al mismo tiempo (773–774), Carlomagno conquistó a los lombardos, incluyendo de esta manera el norte de Italia en su esfera de influencia. Renovó el donativo al Vaticano y la promesa al papado de continuar la protección por parte de los francos.

Expancion Franca

Expancion Franca

En el 788, Tasilón III, duque de Baviera, se rebeló contra Carlomagno. Tras aplastar la revuelta, éste incorporó Baviera a su reino. Además de expandir los horizontes de sus dominios, redujo de manera drástica el poder y la influencia de los agilolfingos (la familia de Tasilón), otra de las familias influyentes de entre los francos y sus potenciales rivales. Hasta el 796, Carlomagno continuó expandiendo su reino todavía más hacia el sureste, hasta la actual Austria y a partes de Croacia.

De esta manera, Carlomagno creó un reino que alcanzaba desde los Pirineos al suroeste (incluyendo de hecho una zona del norte de la Península Ibérica (Marca Hispánica tras 795), pasando por casi toda la Francia moderna (a excepción de Bretaña, que nunca fue conquistada por los francos), y al este la mayor parte de la actual Alemania, incluyendo el norte de Italia y la actual Austria. En la jerarquía de la Iglesia, los obispos y abades buscaban la protección del palacio del rey, fuente tanto de protección como de seguridad. Carlomagno se había erigido en líder de la cristiandad occidental, además de impulsar un «Renacimiento carolingio» en la cultural literaria, gracias a su apoyo a monasterios como centros de enseñanza.

El día de Navidad de 800, el papa León III coronó a Carlomagno como «Emperador que gobierna el Imperio Romano», en Roma, en una ceremonia presentada como inesperada, puesto que Carlomagno no deseaba encontrarse en deuda con el obispo de Roma, y a su hijo Carlos el Joven como rey de los francos. Se trataba de uno más de los gestos llevados a cabo por el papado para definir los papeles de auctoritas papal y potestas imperial; así como para considerarle como sucesor de los emperadores romanos. Esto originó una serie de disputas con los bizantinos por el nombre de Imperio Romano. Tras una primera pro

Carlomagno

Carlomagno

testa por la usurpación, en 812, el emperador bizantino Miguel I Rangabé reconoció a Carlomagno como emperador (basileus), pero no como emperador de los romanos (Βασιλεύς των Ρωμαίων), título que se reservó el bizantino como el verdadero sucesor de los emperadores romanos. La coronación sirvió para dar una legitimidad permanente a la primacía carolingia entre los francos.
.
Tras la muerte de Carlomagno el 28 de enero de 814 en Aquisgrán, fue enterrado en su Capilla Palatina.

Carolingios posteriores

Carlomagno tuvo varios hijos, pero sólo uno le sobrevivió. Fue Luis el Piadoso, quien sucedió a su padre al frente del imperio unificado. Pero el hecho de que heredase el puesto fue más un asunto de azar que intencionado. Tras tres guerras civiles, Luis murió en 840, y sus tres hijos supervivientes decidieron repartirse el territorio en el tratado de Verdún, en 843:

1. El hijo mayor (de los que sobrevivieron), de Luis, Lotario I emperador desde el año 817, le correspondió los francos centrales con las capitales imperiales Aquisgrán y Roma. A su vez, sus hijos se dividieron este imperio en Lotaringia, Burgundia e Italia (septentrional). Estas zonas desaparecerían más tarde, integrándose en el Imperio germánico.

2. El segundo hijo de Luis, Luis el Germánico, pasó a ser rey de los francos del este. Esta zona sería el origen de lo que más tarde fue el Sacro Imperio Romano Germánico, que con el tiempo llegó a ser, aproximadamente, la actual Alemania.

3. Su tercer hijo, Carlos el Calvo, pasó a ser rey de los francos del oeste, endisputa con su sobrino Pipino II de Aquitania. La zona que ocupó llegaría a ser la actual Francia.

Más tarde, mediante el tratado de Mersen (870) y Ribemont (880) se realizó una nueva división de los territorios, en detrimento de Lotaringia.

El reino de Carlomagno sobrevivió a su fundador y se extendió por gran parte de la Europa occidental, sin embargo, sus sucesores se mostraron incapaces de mantenerlo. El mapa muestra los territorios del el emperador Luis II (verde), y los del rey de los francos orientales Luis el Germánico (amarillo) y occidentales Carlos el Calvo (morado) tras el reparto del tratado de Mersen (870).

El reino de Carlomagno sobrevivió a su fundador y se extendió por gran parte de la Europa occidental, sin embargo, sus sucesores se mostraron incapaces de mantenerlo. El mapa muestra los territorios del el emperador Luis II (verde), y los del rey de los francos orientales Luis el Germánico (amarillo) y occidentales Carlos el Calvo (morado) tras el reparto del tratado de Mersen (870).

El 12 de diciembre de 884, tras una serie de fallecimientos, el emperador Carlos III el Gordo reunió la mayor parte del Imperio Carolingio, sólo Bosón de Provenza resistía como rey en Vienne.

A finales de 887, su sobrino, Arnulfo de Carintia se sublevó y se hizo con el título de rey de los francos del este (actual Alemania). Carlos se retiró y murió poco después, el 13 de enero de 888. Italia, y las dos Borgoñas tuvieron reyes propios. En la Francia occidental, Odón, conde de París fue elegido rey y fue coronado al mes siguiente, pero en Aquitania Ranulfo se proclamó rey. Diez años más tarde, los carolingios recuperaron el poder en Francia, donde gobernaron hasta 987, año de la muerte del último rey de la dinastía carolingia Luis V.

Causas de la disgregación del Imperio

A pesar de sus esfuerzos y su inclaudicable empeño, Carlomagno no logró dotar a su Imperio de una organización política que pudiera subsistir por sí misma a las amenazas que se cernían sobre él. Toda la organización del Imperio descansaba sobre una condición necesaria: la fidelidad de los nobles al Emperador y Rey de los Francos y de los Lombardos. Todo ello en un contexto económico y social en el cual los condados se volvían cada vez más autónomos: en principio, como resultaba muy costoso mantener a un guerrero a caballo con todo su equipamiento, sólo los grandes propietarios podían permitírselo y los restantes hombres libres no tenían otra alternativa que encomendarse a un señor como vasallos. Hay que destacar que no existía un ejército permanente en el Reino de los Francos sino que se realizaban levas de armas y cada guerrero debía equiparse por su cuenta. Se vivía en una sociedad rural cuya economía era la agricultura de subsistencia, las ciudades estaban despobladas y reducidas a su mínima expresión y el comercio había prácticamente desaparecido. La burguesía aún no había surgido como clase social y las provincias tenían que subsistir con sus propios recursos.

Así, entre el Emperador y los hombres libres cada vez cobró más fuerza la casta intermediaria de los nobles a quienes sus vasallos debían responder. Era sólo cuestión de tiempo que en un tan extenso Imperio en el cual las comunicaciones eran tan escasas y deficientes, los vasallos respondieran más a sus señores locales que al Emperador.

Mientras Carlomagno vivió, su extraordinario y bien ganado prestigio, su mano firme y su férrea voluntad, y los beneficios que reportaban a la nobleza las conquistas territoriales, hicieron que se le obedeciera por encima de la desintegración que estaba en ciernes. Únicamente si su sucesor hubiera sido un rey con los talentos de Carlomagno hubiera tenido el Imperio posibilidades de sobrevivir. Pero su hijo Carlos, quien tenía un gran talento militar y a quien Carlomagno había confiado algunas de sus misiones más difíciles, lamentablemente no le sobrevivió.

Ya en vida de Carlomagno se había producido un hecho que habitualmente la mayoría de los historiadores no menciona pero que nos permite deducir que algo malo estaba pasando con la fidelidad sobre la base de la cual estaba erigido el esqueleto del Imperio. En el verano del año 807, muy pocos de los señores y guerreros convocados a la asamblea anual se presentaron y, por primera vez, la asamblea no pudo realizarse. Fue un hecho sin precedentes. Carlomagno lo interpretó como una rebelión a su autoridad, envió a sus missi a investigar cada condado y castigó con edictos esa creciente deserción.

Muerto Carlomagno y dado el poco talento político de su hijo y sucesor Luis el Piadoso, los hechos se precipitaron. Las guerras civiles entre el monarca y sus hijos acabaron con el prestigio del Emperador. La fidelidad que sólo se mantenía por la extraordinaria figura de Carlomagno desapareció y el Imperio, ya herido de muerte, terminó de naufragar merced a la exacerbación de los ataques de los nórdicos, dando paso al pleno auge del Feudalismo.

Pero no nos engañemos: el Imperio era inviable dadas las condiciones económicas, políticas y sociales de la época y sólo la fortísima personalidad y el talento de Carlomagno habían podido sostenerlo. Sus sucesores estaban llamados a beber, a su turno, de la misma copa amarga de la que sus antepasados habían hecho beber a los reyes merovingios.

El legado carolingio

A pesar de ser algo accidental desde el punto de vista histórico, la unificación de la mayor parte de lo que hoy conocemos como Europa central bajo el mando de un sólo líder sirvió de sustrato para la continuación de lo que se conoce como «Renacimiento carolingio». A pesar de las guerras internas casi constantes que tuvo que soportar el Imperio Carolingio, la extensión del gobierno franco y la cristiandad romana en un territorio tan vasto aseguró una unidad fundamental durante el imperio. Cada parte del Imperio Carolingio se desarrolló de manera distinta; el gobierno y la cultura de los francos dependían en gran medida de cada uno de los líderes y de sus objetivos. Objetivos que cambiaban tan fácilmente como las alianzas políticas entre las distintas familias francas. De todos modos, esas familias, incluidos los carolingios, compartían todas las mismas creencias básicas e ideas de gobierno. Ideas y creencias que tenían sus raíces en un pasado proveniente tanto de la tradición germánica como romana. Una tradición que se remonta a mucho antes del ascenso de los carolingios y que se prolongó en cierta medida incluso después de las muertes de Luis el Pío y sus hijos.

Política interior

Carlomagno dividió el territorio en marcas, condados y ducados:

* Condados: era la unidad de la circunscripción administrativa encomendada a un conde con el fin de cumplir las disposiciones reales, presidir el mallus judicial, dirigir los contingentes militares, cobrar impuestos y ordenar el gasto. Eran nombrados por el rey, que les otorgaba poder militar, administrativo y judicial.
* Marcas: en las zonas fronterizas el mando militar de varios condados se unifica en manos de un marqués, aunque los condes conservaban el resto. Así ocurría en las marcas de Gotia, Bretaña, Friul, Nordalbingia y venda, y la Marca ávara.
* Ducados: podían designar un título de prestigio que aludiese a una categoría de mando elevada, sencillamente a un marqués, o a algún territorio autónomo o externo al imperio.

El máximo poder del Imperio residía en el emperador, que tenía poder para convocar las armas, administrar justicia y designar a los nobles que gobernaban los territorios.

El palacio o corte era el núcleo de la Administración y estaba dirigido por un chambelán (sucesor del cargo de mayordomo de palacio). A su cargo estaban el copero, responsable de la bodega; el mariscal, responsable de la caballería y el establo; y el senescal, responsable de los asuntos de la corte. Las otras instituciones de la Administración eran la cancillería, que dirigía los asuntos civiles y eclesiásticos, así como el tribunal palatino, que aplicaba las leyes a los habitantes del Imperio.

Los condes percibían como pago a su gestión las rentas o usufructo de una parte de fisco que la monarquía tenía en el condado, a esto se llama honor. Dada la gran extensión del territorio imperial y el deficiente nivel técnico de los medios de comunicación, los condes aprovechaban para abusaban de su poder para aumentar sus propiedades territoriales radicadas en el condado y emparentar con familias poderosas del condado. Los inspectores de palacio o missi dominici eran los encargados de que los marqueses y los condes gobernaran según las directrices del Emperador, para ello acudían en parejas a los territorios a comprobar el cumplimiento de las leyes. Sin embargo, los condes salían de un ámbito reducido de terratenientes aristocráticos, y de la misma forma los missi, de manera que aunque actuaban fuera de su esfera de influencia, compartían los intereses de aquellos a quienes inspeccionaban.

Cuando la realeza fue fuerte, pudo imponer su autoridad sobre los condes, pero cuando la realeza carolingia decaiga en poder militar por las guerras civiles y los saqueos normandos, sarracenos y magiares, resultó más difícil desproveer a un conde de la jurisdicción del territorio asignado.

Economía

La economía del Imperio Carolingio forma parte de la economía de la Alta Edad Media; especialmente de la desarrollada en el Centro de Europa. Se discute si se trataba de una economía agraria cerrada de subsistencia o, por el contrario, de intercambio y generadora de un beneficio.

La tesis de Pirenne, apuesta por que las invasiones germanas de los siglos V y VI no habían destruido lo esencial de la estructura del mundo antiguo y el Mediterráneo continuaba siendo una vía de comercio entre un oriente más industrial y urbano y un occidente más rural. Para él, el corte en el comercio vendría por las invasiones musulmanas. Este corte se produciría entre los siglos VII y VIII y haría que la economía se replegara y se basara en la tierra; por lo que la economía carecería de intercambios y no generaría grandes riquezas, es decir sería una agricultura de subsistencia. Esto coincide con el nacimiento del Imperio Carolingio.

Según Wickham, los invasores germánicas y la crisis del estado romano van a producir una crisis del comercio a largo alcance en los siglos V y VI ya que después de la caída del Imperio Romano los reinos germánicos imitaron la tributación romana.

Para Cipolla, la economía de la Alta Edad Media era una economía de subsistencia debido a una serie de características:

1. No hay una división social del trabajo, es decir no hay una especialización.
2. No hay una división regional de la producción.
3. No hay seguridad viaria ni por tierra ni por mar.
4. No hay capacidad de producir excedente, ni a nivel campesino ni a nivel de los señores. El campesino tiende a producir para su subsistencia, si hay excedente debe almacenar la cosecha para los malos años, además debe pagar una renta o censo al señor, también se producen las corveas por lo que si tienen tiempo libre no pueden dedicarlo a una mayor producción sino que debe trabajar en la reserva señorial. Los señores sí tienen excedente ya que tienen una gran extensión de tierras y reciben la renta. Pero a pesar de esto tampoco se produce una comercialización ya que hay una tendencia a almacenar y no invertir en aumentar la producción (roturación de tierras, molinos, etc); por el contrario hay un consumo suntuario (joyas, telas, etc.).

De acuerdo con Perroy no se puede decir que la economía carolingia sea totalmente cerrada o de subsistencia sino que hay un desarrollo del comercio local, incluso regional y por supuesto un mercado internacional de productos de lujo destinados a la satisfacción de las necesidades de una clase dominante.

Según Pierre Toubert (ha trabajado sobre Italia) no se puede decir que la economía en los siglos VIII-X sea cerrada, ya que sería inexplicable el gran desarrollo económico y urbano del siglo XI. El régimen domanial o dominical sí generó una economía de mercado entre los siglos IX y X, menor del que va a tener lugar en el siglo XI pero que ya anuncia el desarrollo mercantil y urbano de éste. Se produce un cambio en el eje de desarrollo pasando del Mediterráneo al Mar del Norte.

Además existía en esta época una moneda única (el denario de plata), lo cual quiere decir que no había un fuerte intercambio al no existir monedas fraccionarias. Hoy en día se sabe que con esta moneda se comerciaba, aunque esto no quiere decir que el comercio era floreciente.

También en muchos polípticos se percibe que la renta que tiene que pagar el campesino debe ser bien en dinero o en especie. Según Toubert el señor prefería el pago en dinero para así poder comerciar; por el contrario Cipolla cree que al señor le daba igual.

El comercio en el período carolingio

Existe un comercio local caracterizado en los siglos VIII y IX por la multiplicación de los mercados, forum o mercatum, que son normalmente semanales. En el año 744 una capitular de Carlos Martel obligaba a abrir un mercado en cada ciudad. En el 864 un edicto de Carlos el Calvo intenta restringir su número ya que tenía dificultad para controlarlos fiscalmente y cobrar los derechos de tonlieux (derechos de paso). La proliferación mas que ser prueba de la prosperidad es síntoma de que las rutas eran poco seguras y que la población se vio obligada a comprar en lugares próximos.

En segundo lugar hay un comercio regional de grano, vino, pescado, metales y de sal.

Finalmente hay un gran comercio de productos de lujo que vienen de oriente como especies, productos exóticos como los dátiles, arroz, productos textiles como sedas y brocados que llegan a través de dos vías fundamentalmente:

1. Vienen del Volga en contacto con los bizantinos y los musulmanes abbasies.
2. Rutas fluviales con el mar Negro y después por los ríos Dnieper, Lovat o Voljov.

Ambas rutas comerciales llegan hasta el Báltico y el Mar del Norte que es utilizado por los vikingos.

La economía rural en el mundo carolingio

Vernulst, al contrario, dice que los grandes dominios se encuentran entre el Rin y el Loira (regiones poco romanizadas), por lo que los dominios serían herederos de la etapa merovingia.

Hay una estructura bipartita:

1. Terra indominicata (reserva señorial): trabajada por esclavos denominados praebendarii establecidos en torno a la curtis.
1. Curtis: edificios del señor, establos, cervecerías, es decir la pequeña industria.
2. Terra arabilis (tierra arable o cultivable)
3. Terra inculta (saltus o tierra no cultivada)
2. Terra mansionaria: que estaría trabajada por los tenentes que pueden ser hombres libres (colonos) o pueden ser esclavos (siervos).

La relación de los tenentes con el señor es el pago de una renta, pero además existe el trabajo gratuito en la reserva del señor que se denomina corvea (esto es un punto de diferencia con el sistema merovingio, donde las corveas solo se daban en regiones como Alamania y Turingia donde se denominaban rigas y eran muy restringidos).

Otro forma de distinción es que el dominio carolingio es más grande y extendido y además la reserva del señor es menor proporcionalmente que en el dominio merovingio. (Carolingio 20-40% – Merovingio 2/3) ya que tienen más capacidad de cobrar renta por lo que no necesita mayores tierras trabajadas por esclavos, que además son menos rentables.

El tipo de tenencia o manso es también de dos tipos:

1. Mansi servi: ya que en su origen fue trabajado por esclavos. Estaba sujeto a corveas de tipo manual durante todo el año.
2. Mansi ingenuile: ya que estaba trabajado por hombres jurídicamente libres. En estos las corveas eran de tipo estacional (cuando el agricultor estaba más libre de trabajos agrícolas), sobre todo transporte.

Cultura y arte

Se suele conocer a este periodo del entorno del año 800 con el nombre de Renacimiento carolingio, no tanto porque diera origen a algo similar al Renacimiento del siglo XV, sino por comparación con la decadencia cultural del periodo anterior.

Carlomagno (como la mayoría de los hombres de su tiempo, incluidos los nobles y muchos clérigos) no sabía leer, ni escribir, ni siquiera aritmética. No obstante, intentó elevar el nivel cultural del Imperio creando la Escuela Palatina de Aquisgrán, y puso en su dirección al célebre Alcuino de York. En ella se formaron él, sus hijos y todos los funcionarios de la corte.

Esta Escuela se convirtió en modelo para la fundación de otras en toda Europa. Divulgó las artes, las ciencias, las letras y todo el conocimiento de la Antigüedad con sus materias:

* Trivium: retórica, gramática y dialéctica.
* Quatrivium: geometría, astronomía, aritmética y música.

El arte carolingio estaba basado fundamentalmente en dos estilos: el arte clásico griego y el arte cristiano, pero con algunas influencias de sus vecinos bizantino e islámico.

Escultura: Los ejemplos conservados son muy escasos, si bien las esculturas de marfil han sobrevivido y son de una gran belleza.

Arquitectura: La arquitectura carolingia se reflejaba en edificios religiosos y algunos palacios. Se caracteriza por usar la planta de cruz latina de tres naves; arcos de medio punto, de herencia romana; cubiertas de madera; columnas con capiteles esquemáticos y pilares cuadrados y cruciformes.

Mosaicos y miniaturas: Entre las obras de arte más notables de esta época, sobresalen los mosaicos y las miniaturas que ilustran los Evangelios, además de la orfebrería que decoraba todos sus templos.

En Resumen:

Fuente: Wikipedia

Los Otomanos

Origen

Las primeras entradas de tribus turcas en la región que posteriormente sería el Imperio Otomano se producen en el ámbito militar, cuando los ejércitos del Califato Abbasí necesitaron soldados. Por ello, recurrieron a los territorios fronterizos reclutando a la población. Dentro del Califato Abbasí ya puede apreciarse cómo los turcos van escalando posiciones en el ejército y la administración. La lenta penetración de tribus turcas en esta zona se realizó de dos maneras: mediante la lenta ocupación del territorio por parte de los grupos tribales y mediante la lucha contra el Imperio Bizantino, que había dominado esta región durante mucho tiempo.

Como consecuencia de su lenta pero ininterrumpida penetración, surgieron varios poderes políticos turcos en esta zona. Uno de ellos fue conocido como Sultanato de Rüm, fundado por un miembro de la familia Selyuki, que se dio a sí mismo el título de sultán poco después de la batalla de Manzikert (1071). Este sultanato sobrevivió a múltiples contingencias (rivalidad de otros poderes locales, los Bizantinos, la Primera cruzada, los Znaguíes y Ayyubíes de Siria), pero no pudo hacer nada para detener la marea mongola. En 1243 un cuerpo del ejército mandado por Batu, el Jan de la Horda de Oro, sometió el sultanato a la soberanía mongola. A partir de ahí el poder del sultán se eclipsó ante la dominación ejercida por los mongoles y la aparición de pequeños principados independientes regidos por cabecillas locales.

El Estado Otomano era el más pequeño e insignificante de los principados turcomanos que habían surgido de las ruinas de los imperios de Bizancio y de los selyuquíes de Rüm. Sin embargo, el rey Osmán I (1300-1324) se independizó de los selyúcidas e inició una política de expansión. Para ello contaba con un conjunto de nómadas turcomanos, todavía organizados en tribus, que habían participado en el movimiento de los gazi, «los guardianes de la fe». Obtuvo buenos resultados y su señor selyuquí le concedió el gobierno de un beylik, y la fama de Osmán (Uthmān, عُثمَان ,de ahí el nombre de Imperio Otomano) atrajo a mucha gente a su territorio.

Expansión

Los otomanos no conseguirían suficiente poder como para eliminar a sus enemigos inmediatos y establecer un verdadero Estado hasta el gobierno del hijo y sucesor de Osmán, Orhan I (1324-1360). La clave de su reinado fue la conquista de Nicea en 1331 y Bursa. Esta última no sólo proporcionó la capital, sino los útiles necesarios para crear una administración otomana. Pudo acabar también con la amenaza de sus vecinos turcomanos, Aydin, que proporcionaba mercenarios a Juan Cantacuceno. Tras la caída de Aydin, serán los otomanos los que ayudarán al candidato al trono bizantino, enfrentado a Juan Paleólogo, tomándose como recompensa el derecho a saquear el territorio bizantino a lo largo del Egeo, en Tracia, y la mano de la hija de Juan Cantacuceno, Teodora.

A partir de 1354, los cuerpos de expedición otomanos dirigidos por su hijo Suleyman Paşa establecieron una base permanente en la península europea de Gallípoli, a pesar de las protestas de Cantacuceno y otros. Este último tuvo que abdicar por haber sido el responsable de que los turcos se introdujeran en Europa. Bajo el mandato de su hijo, Murad I (1360-1389), se hicieron las primeras conquistas estables en la Europa sudoriental. Tomó Edirne (Adrianópolis) en 1361, la convirtió en su capital y nombró el primer visir del que sería el Imperio Otomano: Kara Halil Paşa, de los Candarli, familia que monopolizó el puesto durante el siglo siguiente. El emperador bizantino se comprometió a pagar tributo regularmente a los otomanos y a enviar contingentes militares para su ejército, debido a que no podían enfrentarse a la presión turca sobre Constantinopla. Fue uno de los sultanes más importantes del Imperio Otomano por su triunfal campaña militar en Tracia y en los Balcanes, que acompañó con tacto y prudencia pactando con la Iglesia Ortodoxa. También fue el primero en ser nombrado sultán, ya que los anteriores ostentaban el título de emires.

Para defender a Europa de la amenaza turca, el Papa proclamó una bula llamando de un modo formal a la Cruzada hacia 1366, que fue un fracaso en «la ruta de los serbios». Los otomanos siguieron la política islámica tradicional de tolerancia hacia los zimmíes, o «gente del libro», que tenían derecho de protección sobre sus vidas, propiedades y creencias religiosas siempre que aceptasen un gobierno musulmán y pagaran los tributos (cizye) que les eximían del servicio militar. Por ello no se hizo ningún esfuerzo para la conversión en masa de la población. Durante su reinado también se creó el cuerpo de los jenízaros, una pieza clave en el desarrollo posterior del imperio.

Las amenazas se multiplicaban, y a su vecino Karamar se unió la expansión mongola de Tamerlán. Fue en la decisiva batalla de Kossovo (1389) cuando la victoria otomana permitió realizar nuevas conquistas al sur del Danubio, acabó con la última defensa organizada en el área de los Balcanes y dejó a Hungría como único oponente serio en el sudeste de Europa. En esta batalla, un preso serbio asesinó a Murad I (el único sultán asesinado en una batalla), y le sucedió su hijo Bayezid I o Bayaceto el Rayo (1389-1402), afianzándose en la victoria.

Para evitar posibles luchas por el trono, fue éste el primer sultán que mató a todos sus hermanos, práctica común a partir de este momento y que institucionalizaría Fatih Sultan Mehmed. Los esfuerzos de Beyazid fueron encaminados a conquistar el oeste de Asia Menor, lo que consiguió en 1390. Seis años más tarde se enfrentó a la Primera Cruzada, que finalizó con una aplastante victoria de los jenízaros en la batalla de Nicópolis (1396). El ejército otomano llegó hasta los muros de Constantinopla, pero los otomanos abandonaron el sitio de la ciudad para enfrentarse con una nueva amenaza.

Los problemas con los vecinos turcomanos, sobre todo con Karaman, el principado turco más fuerte de Asia Menor, obligó al sultán a combatir en el este. El resultado fue la anexión de estos pequeños Estados hasta que el oeste volvió a reclamar la atención de Bayezid. Muchas de las zonas ya conquistados se quisieron liberar del poder otomano, pero el sultán reconquistó rápidamente lo perdido y siguió adelante: irrumpieron en Estiria, ocuparon Grecia y en 1397 llevaron a cabo la conquista de Atenas. Se dirigieron entonces hacia el este, donde se encontraron con un enemigo mucho más poderoso: Tamerlán. En 1402, los mongoles ganaron la batalla de Ankara, lo que supuso el hundimiento de la hegemonía otomana en Asia Menor. Los otomanos se reconocieron vasallos de Tamerlán y Beyazid encontró la muerte en prisión en 1403.

La autoridad otomana entró en crisis durante once años. Ni Tamerlán ni sus sucesores impusieron dominio alguno duradero y el panorama quedó abierto para las luchas de poder entre los miembros de la familia otomana y los señores territoriales. La situación no era fácil, ya que eran cuatro los príncipes otomanos que se disputaban el trono. Tras un periodo de luchas fratricidas fue Mehmed I (1413-1420) el ganador. Con este sultán y, sobre todo con Murad II (1421-1451), el gobierno otomano volvió a recuperar la unidad. Como Mehmed había vencido gracias al apoyo de la aristocracia turca, se le dio énfasis al pasado turco de la dinastía reinante, y por primera vez se encargaron unas crónicas de su historia. Dio prioridad a potenciar el comercio con los países europeos y firmó un tratado con Venecia en 1416. La infantería jenízara quedó como guardia personal del sultán, y la aristocracia volvió a controlar su cota de poder. Su ejército cruzó el Bósforo, tomó Edirne y comenzó el primero de los grandes sitios a Constantinopla (1422), no tanto para conquistarla, sino para castigar a los bizantinos por su deslealtad al haber apoyado a los rivales del sultán.

Además de esto, Murad desarrolló el famoso sistema del devşhirme, con el que reclutaba periódicamente a los mejores jóvenes cristianos de las provincias de los Balcanes para convertirlos al Islam y para que prestaran servicio de por vida al Imperio. A éstos se les favoreció en un principio para que adquirieran poder, y así equilibraran el poder que acumulaba la aristocracia turca. Tras la firma de dos tratados de paz, Murad cedió el trono voluntariamente a su hijo Mehmed, de cuya juventud intentaron aprovecharse sus enemigos. Queriendo sacar partido de la situación se hizo una llamada a una cruzada para expulsar a los otomanos de Europa; parecía que lo iban a conseguir, pero Mehmed cedió el trono a su padre, que con sus ejércitos consiguió una arrolladora victoria en la batalla de Varna. Tras esto, el Imperio Otomano estableció un control directo sobre ¨Macedonia, Tracia, Bulgaria y gran parte de Grecia.
Imperio Otomano y Mediterráneo oriental, 1450.

Mehmed II el Conquistador (1451-1481) se apoyó en el devşhirme durante su gobierno, por lo que necesitaba una victoria militar para plantarle cara a la oposición, liderada por su propio gran visir, Candarli Halil. El famoso sitio (6 de abril – 29 de mayo de 1453) y la conquista de la Constantinopla del emperador Constantino XI supuso el principio del fin de la influencia de la aristocracia turca. Poco a poco los otomanos se fueron apoderando de todas las poblaciones cercanas a la ciudad, y ante el temor a una invasión, el emperador bizantino pidió ayuda a los reinos europeos, pero pocos acudieron a su llamada. El 29 de mayo de 1453, los jenízaros entraron en la ciudad tras un sangriento asedio de 8 semanas. La caída de Constantinopla puso fin al Imperio Romano de Oriente y consolidó el gran Imperio Otomano, que trasladó su capital a Constantinopla, a partir de aquí llamada Estambul. Tras esta victoria, Bosnia y Serbia pasaron a ser provincias otomanas y Albania, tras sofocar la revuelta de Skanderbeg, quedó incorporada al imperio en 1468. Llega hasta Italia, y por fin los venecianos reconocen la soberanía otomana y les pagan un tributo. También los mamelucos dejan de ser un enemigo, ya que su decadencia interna no les permite llevar a cabo el enfrentamiento entre los dos imperios más importantes de Oriente Próximo.

Para evitar la desintegración del Imperio como les había ocurrido a los Estados turcos, que dividían el imperio entre varios sucesores, Mehmed y sus descendientes establecieron el principio de indivisibilidad del poder, con todos los miembros de la clase dirigente sujetos a la voluntad del gobernante. Se estableció el principio que seguirían todos los gobernantes, hasta el siglo XVII, de ejecutar a todos los hermanos inmediatos a fin de eliminar las disputas dinásticas. Como gobernante, el padre elegía al más capaz entre sus hijos. Finalmente Mehmed empezó el proceso por el cual estas disposiciones fueron codificadas en el Kanunname, tarea terminada por Suleiman el Magnífico. La actuación económica, sin embargo, resultó desastrosa al final, ya que los impuestos y la inflación provocaban cada día mayor descontento en la sociedad. Todo esto desembocó en una guerra civil, y a la muerte de Fatih los problemas y las críticas a la administración se agudizaron aún más.

El Imperio tras la caída de Constantinopla

Mehmed murió envenenado por su médico Yakup Paşa, que llevaba trabajando para los venecianos bastante tiempo y que fue linchado por los jenízaros. Para evitar una situación de enfrentamiento entre los dos hijos de Mehmed, el Sadrazam les envió mensajes comunicándoles que quien llegara primero sería el sultán. Su enemigo, Ishak Paşa, mató al mensajero de Cem, el favorito de todos, por lo que Beyazid se hizo con el trono. El sadrazam fue linchado e Ishak Paşa nombrado nuevo gran visir. Los jenízaros también saquearon la ciudad entera aprovechándose del poder adquirido, pues cada vez eran más incontrolables.

Le sucedió su hijo Beyazid II (1481-1512), cuyo periodo puede considerarse como un tiempo de sosiego para el Imperio, en el cual se consolidaron las acciones de Mehmed y se resolvieron las reacciones económicas y sociales que su política interna había causado. Las relaciones con el exterior se caracterizaron por la prudencia, debido sobre todo a los problemas internos que había dejado su padre. Además tuvo que enfrentarse a la revuelta promovida por su hermano, Cem Sultán, que se instaló en la ciudad de Bursa y se proclamó padişah. Con un aumento de sueldo logró el apoyo de los jenízaros, pero fue derrotado en una batalla contra su hermano y tuvo que retirarse a Egipto. El segundo intento no le fue mejor, por lo que decidió quedarse en Rodas (1495).

La primera decisión de Beyazid fue anular la reforma agrícola que había realizado su padre, devolviendo tierras a sus antiguos dueños, terratenientes y sobre todo religiosos. Una vez hecho esto, eliminó a los altos cargos del devşhirme para crear un equilibrio entre éstos y la aristocracia turca, cosa que consiguió y mantuvo hasta su muerte. Reorganizó la estructura fiscal y estableció un nuevo sistema de impuestos, más llevadero para los súbditos. Bajo la influencia de los ulemas, Bayezid luchó contra la influencia europeizante y se adhirió al Islam ortodoxo, en lucha contra la proliferación del chiismo. Se le considera un integrista ortodoxo y, aun así, permitió la afluencia masiva de los judíos expulsados de España y de otras partes de Europa.

Beyazid tuvo ocho hijos, y la lucha por la sucesión se hacía cada día más latente. Quiso engañar a sus hijos para matar a todos menos uno, pero tres de ellos no se dejaron engañar. Efectivamente, se desató al final una lucha por la sucesión. Obligado por los jenízaros, tuvo que ceder a que su hijo Selim fuera su sucesor, y enfrentarse a éste ante sus exigencias para que abdicase en su favor. El otro candidato, Ahmed, se casó con una hija del Sha de Persia. Debido al levantamiento de los jenízaros, Beyazid se vio obligado a ceder el trono a Selim I en 1512.

Selim I (1512-1520) era un hombre de estado coherente, organizador y un extraordinario dirigente. Mandó eliminar a sus hermanos y primos después de la muerte de su padre, por lo que recibió el sobrenombre de «el cruel». El primer objetivo que se impuso fue consolidar el Estado y se dirigió hacia el este, a por los chiíes de Irán. Ganaron la batalla después de una larga campaña, pero no acabaron definitivamente con la amenaza. Selim fue un ferviente sunní y mandó aniquilar a muchos chiíes de Asia Menor.

La segunda expedición de Selim fue en 1516, esta vez contra los mamelucos de Egipto. Primero se dirigió a Siria, donde los dos ejércitos se enfrentaron cerca de Alepo. Tras esta victoria aplastante de los otomanos, éstos bajaron a Egipto y lo conquistaron también. El califa Mütevekkil III cayó prisionero de los otomanos en 1517 y este califa abbasí tuvo que ceder su título. Logró asimismo llegar a Arabia y conquistar la Meca y Medina. En 1519 el señor de Argelia también se adhirió al ejército del Gran Señor. Selim I murió de cáncer en 1520.

Le sucedió su único hijo Suleyman II (1520-1566), que siguió los pasos de su padre consolidando aún más la paz y la estabilidad interior. De esta manera, el Imperio Otomano alcanzó su máxima extensión geográfica, que duraría hasta 1683.

El sucesor de Suleyman fue el hijo de éste y Roxana, Selim II (1566-1574), que cometió el error de atacar la isla de Chipre y sufrió la primera derrota otomana en Europa en la batalla de Lepanto, en 1571. Al morir el sultán, su hijo Murad III (1574-1595) subió al trono. A partir de este sultanato creció la influencia del harén en las decisiones del gobierno. Murad III se dedicó a la buena vida y los placeres del harén, al igual que su sucesor Mehmed III (1595-1603), dejando todo el poder en manos del Gran Visir. La anarquía e inseguridad reinaban en todo el Estado, y dentro del ejército aumentó la enemistad entre jenízaros y sipahis, el cuerpo de caballería del ejército otomano. Cuando muere el sultán, su hijo Ahmed es muy joven, y se inicia el «sultanato de las mujeres».

El siglo XVII, bajo los sultanatos de Osmán II y Murad IV, fue una época trágica. Osmán II (1617-1622) fue el soberano más culto de toda la dinastía. Sabía que una reforma era necesaria, la cual vencería los poderes fácticos establecidos. Los jenízaros, al tener noticia de ello, asesinaron a los altos cargos en sus propias casas, por lo que el sultán tuvo que ceder. A pesar de todo, no se libró de ser asesinado a manos de los jenízaros. Nombraron a Murad IV (1623-1640) como nuevo dirigente del Imperio. Consiguió hacer alguna reforma en la administración pero, cuando murió, el Estado quedó sin dirigentes y se extendió un vacío de poder por el Imperio durante 20 años. El sultán Ibrahim (1640-1648) sucedió a Murad IV y es considerado el peor padişah de la dinastía otomana. Anuló lo que había conseguido Murad IV, provocando una corrupción generalizada y desmedida.

Organización

El proyecto del creador de la organización otomana, Fatih Mehmed, era el de crear un imperio inmenso, el cual integraría a mongoles, musulmanes y cristianos. Para ello, su nueva capital, Estambul, comenzó a ser repoblada por gentes de muy distinta procedencia, y hasta dejó en libertad a los prisioneros de guerra para que se establecieran en la ciudad. También se animó al Patriarca Ortodoxo griego, Ghennadios Scholarios, al Catholicos armenio (1461) y al Gran Rabbí judío para que se establecieran allí, y se les permitió convertirse en jefes tanto civiles como religiosos de sus seguidores, constituidos en comunidades autónomas y autogobernadas, llamadas millet, que fueron las unidades de gobierno básico de las comunidades no musulmanas dentro del Imperio Otomano. El primer líder de la millet era elegido por el sultán y a partir de él eran elegidos por la comunidad.

Mehmed II, a su muerte se había convertido en «el señor de dos mares y dos continentes». Durante su gobierno también se crearon las instituciones que iban a ser características de este Imperio. El elaborado ceremonial y el sistema de jerarquías de la corte bizantina fueron recreados en la del sultán, a fin de separar al sultán del pueblo para que fuera un gobernante respetado y temido. La autoridad del sultán se vio también reforzada por la alianza de intereses de los grupos no musulmanes con los suyos propios. Eliminó a las grandes familias de la estructura de la administración y nombró a Zaganos Paşa como gran visir, después de matar a Candarli por traidor.

Para evitar la desintegración del Imperio que le sucedía a los Estados turcos, que dividían el Imperio entre varios sucesores, Mehmed y sus sucesores establecieron el principio de indivisibilidad de poder, con todos los miembros de la clase dirigente sujetos a la voluntad del gobernante. Se estableció el principio que seguirían todos los gobernantes hasta el siglo XVII: ejecutar a todos los hermanos inmediatos a fin de eliminar las disputas dinásticas y, como gobernante, el padre elegía al más capaz entre sus hijos. Finalmente Mehmed empezó el proceso por el cual estas disposiciones fueron codificadas en el Kanunname, tarea terminada por Suleyman el Magnífico.

La nobleza otomana estaba por encima de los raiyeh (literalmente, el ‘rebaño’), pero no tuvo cargos en el gobierno hasta que su presión obligó a Solimán el Magnífico a admitirlos, a mediados del siglo XVI. La administración otomana estaba en manos de una Casa de Esclavos, que era reclutada entre los no musulmanes, y educada desde la infancia para ocupar cargos directivos. Incluso hasta el visir del sultán era un simple esclavo, que de un momento a otro podía ser desposeído de su vida y bienes.

Decadencia

La decadencia otomana comenzó después de la muerte de Solimán el Magnífico, en 1566. Éste restauró, durante su reinado, el poder del Gran Visir y fue generoso con los jenízaros, permitiéndoles casarse. Desarrolló una considerable actividad legisladora que se centró principalmente en la organización del ejército, el feudalismo militar, la propiedad territorial y el sistema tributario. También llevó a cabo personalmente varias campañas militares. La más famosa fue el asedio de Viena en 1529, en la que fracasó. Durante su reinado, el Estado otomano alcanzó su máximo grado de desarrollo civil. Reunió la legislación en el Kanunname y concedió las Capitulaciones a Francia en 1535, lo que se considera una de las causas de la decadencia otomana posterior. Así mismo, le concedió mucha importancia a las artes y embelleció considerablemente Estambul.

A partir de aquí, una serie de gobernantes ineptos hicieron florecer las intrigas de palacio, hasta que la acción combinada del sultán Murad IV (o Amurates IV) y de la Casa de Koprulu motivó una intensa reforma administrativa. Sin embargo, el Imperio Otomano sufrió un serio revés cuando comprometió todos sus recursos en un nuevo asalto a Viena, que fracasó en 1683 gracias a la tenaz resistencia de los austriacos.

El Estado otomano era una máquina militar conducida entre el 1300 y 1566 por una serie de diez monarcas fuera de lo común. La gran habilidad y la fuerza demostrada por los sultanes a partir de Osman (m. 1326) a Suleyman (m. 1566) son el resultado de dos tradiciones: dar a los jóvenes príncipes otomanos responsabilidades y permitir la sucesión de acuerdo con el principio de «la supervivencia del más fuerte». Igualmente notable es la serie de monarcas incompetentes que acompañaron y contribuyeron al gradual declive del Imperio Otomano. La ascensión de estos monarcas incompetentes, frecuentes durante el siglo XVI, se atribuye al cambio de estas dos tradiciones. Después de Ahmed I (m. 1617) no se les volvió a dar a los príncipes puestos de responsabilidad; por el contrario, fueron confinados en el harén, a la sombra de los lujos y la soledad más que de la experiencia y el reto. Al mismo tiempo, la costumbre del fratricidio fue abandonada y el principio de la «supervivencia del más fuerte» se cambió por el de que el sucesor era el miembro varón de más edad de la familia real otomana, el que salía vencedor de las maniobras del devşirme y el harem.

Todos estos cambios se arrastraban desde el reinado de Suleyman, que, cansado de las largas campañas militares y de los arduos deberes de la administración civil centrados en su persona, hizo todo lo que pudo por apartarse de los asuntos públicos y dedicarse a los placeres del harem. El puesto de gran visir, ocupado entonces por su amigo Damad Ibrahim Paşa, fue reforzado en cuanto a poder e ingresos, llegando incluso a tener el poder de pedir y obtener obediencia absoluta, privilegio hasta entonces reservado sólo al sultán. Éste fue el principio del fin, ya que el gran visir podía desempeñar todas las tareas del Gran Señor, excepto la de mantener la lealtad y unidad de todos los grupos del Imperio.

La frecuente ascensión de monarcas incompetentes, junto con la acumulación de tíos y hermanos en el harem, condujo a numerosas intrigas de palacio, en gran parte promovidas por los dirigentes de la administración. Como los sultanes ya no podían controlar a este grupo, era inevitable que el devşirme controlara a los sultanes y usara la propia estructura del Imperio Otomano para su propio beneficio. La administración otomana basada en los esclavos, una vez eficiente y con un sistema de promociones para los más trabajadores y con más talento, se fragmentó en familias que se implicaban en los negocios más lucrativos. Estas familias a menudo trababan alianzas con líderes militares y con personas de influencia en el harén, normalmente las madres o esposas de los que ostentaban el poder, en la sombra o desde el trono. Los historiadores otomanos llaman a esa época el «Sultanato de las mujeres», que se sigue del «Sultanato de los Agas», el tiempo durante el cual el cuerpo de los jenízaros empezó a intervenir directamente en la política. De esta manera, los sultanes comenzaron a ser mascotas de la política y de los jefes militares. Lo poco que podían hacer los sultanes para tratar de extender su poder era enfrentar entre sí a las diferentes facciones para debilitar la figura del gran visir.

Influencia de Europa

Entre las muchas causas de la crisis otomana, figura igualmente el desarrollo económico exterior. Durante el periodo entre 1300 y 1566, el Imperio Otomano no era tan sólo poderoso, sino también próspero, como se prueba en el superávit anual que se producía en sus arcas. El Imperio era más o menos económicamente autosuficiente, producía alimentos aparentemente ilimitados y materia prima en abundancia que los artesanos autóctonos usaban en la fabricación de productos para el consumo propio y la exportación. Gracias al control que mantenía el Imperio en tres continentes y varios mares, se obtenían asimismo ingresos considerables gracias al transporte, sobre todo en la ruta de las especias y la seda, desde el noroeste atravesando Oriente Medio hasta el sur de Asia. El declive económico del Imperio Otomano después de 1566 era, al principio, solo relativo comparado con lo que estaba ocurriendo en el oeste de Europa, donde se produjo una revolución industrial y comercial entre los siglos XV y XVIII que transformó la economía feudal europea, haciendo que los anticuados gremios desaparecieran de Europa.

Como casi todas las zonas en desarrollo del medievo, el Imperio Otomano no experimentó esta revolución. Por el contrario, sus instituciones industriales y comerciales no se movieron más allá de sus técnicas manuales y la organización gremial, por lo que no podían competir con las exportaciones europeas. Aunque pintoresco, los trabajos tradicionales y los bazares se probaron cada vez más arcaicos e ineficientes, en comparación con las fábricas modernas y las compañías comerciales.

Con el paso del tiempo, el capitalismo dinámico de Occidente no sólo hacía parecer más atrasada a la economía, sino que realmente la transformó y la debilitó. La firma del tratado de las Capitulaciones, hecha por Suleyman en 1535, dio a los franceses el derecho de comerciar sin trabas dentro de los dominios otomanos. Aunque este tratado no se hizo desde una posición de debilidad, ésta se fraguó en el siglo siguiente, cuando el Imperio Otomano se encontró en una posición inferior en comparación con Europa occidental. Además, una inflación en rápido aumento, que se inició en Europa con el flujo de metales preciosos provenientes de América, trastornó la economía del Imperio. Posteriormente, las factorías occidentales introducían sus productos fabricados en masa a los territorios otomanos, dejando sin vender su propia producción artesanal e iniciando el proceso que arruinaría la economía otomana desde 1750 hasta 1850 y que casi destruyó por completo las manufacturas, sobre todo las textiles. El Imperio Otomano era incapaz de seguir el ritmo de crecimiento económico ni de enfrentarse con la alta inflación europea.

Durante este mismo periodo, holandeses e ingleses consiguieron clausurar completamente la antigua ruta del comercio internacional que atravesaba el Oriente Próximo y, consecuentemente, decayeron los ingresos del Imperio Otomano y la prosperidad de sus provincias árabes. Ya hacia la mitad del siglo XVII, el Imperio Otomano, una vez próspero, estaba bajo una enorme presión económica, como prueba el déficit anual en las arcas del Estado.

El Imperio Otomano no pudo mantener el ritmo de Europa en otros muchos aspectos. Por ejemplo, el capitalismo evolucionó acompañado del desarrollo de nuevas instituciones políticas, métodos científicos y tecnología militar. Quizá la innovación más importante en Europa después del Renacimiento fue la aparición de la idea de Estado como nación, una unidad política que gradualmente se convirtió en el centro de la identificación nacional de un pueblo y su lealtad a la nación. El Imperio Otomano, por el contrario, nunca fue una unidad política y cultural con cohesión durante el periodo de 1600 a 1850, sino que siguió siendo un conglomerado de distintas religiones y etnias. La identidad propia y la lealtad estaban concebidas en un margen más estrecho: la familia o la millet.

Las instituciones educativas y científicas europeas, revitalizadas en el Renacimiento, fueron superando a las de los otomanos, atascadas en una rutina de imitación y falta de crítica. La «revolución científica» en Europa no sólo llevó al desarrollo de nuevas infraestructuras completamente nuevas, sino que también trajo un cambio en el armamento y en las técnicas de hacer la guerra. Sólo un grupo muy reducido de pensadores en el Imperio Otomano se dio cuenta de que su civilización se estaba quedando a la zaga del desarrollo económico con respecto a Occidente, tanto en las innovaciones militares como en las instituciones políticas y económicas.

El surgimiento de Estados fuertes económica y políticamente en Europa se sumó a un factor de mucha relevancia a la hora de la caída otomana. El Imperio era una máquina militar que funcionaba a base de guerras cortas y victoriosas que permitían la expansión territorial, su fuente de prosperidad. Cuando los otomanos empezaron a encontrarse con ejércitos mejor preparados y con armas desconocidas, el Imperio llegó a sus límites de expansión y comenzaron a retroceder. Fue en el siglo XVII cuando el Imperio Otomano empezó a perder territorios a un ritmo constante en Austria, Rusia y en otros países europeos expansionistas, territorios que eran perdidos en largas e infructuosas guerras. Así fue como el Estado otomano no pudo seguir manteniendo su tesoro público a través de una máquina militar que consumía más que aportaba y que absorbió la mayor parte de los ingresos de los impuestos.

La desmembración del ejército y la administración

Durante la segunda mitad del siglo XVII, los soldados profesionales que hasta ese momento dedicaban toda su vida al ejército y estaban obligados a vivir en celibato, pidieron y ganaron los derechos al matrimonio, a vivir fuera de sus barracones y a complementar sus salarios cada vez más pequeños con la adquisición de un oficio o de iltizams. Después de asegurarse de que sus hijos se pudieran enrolar en el cuerpo, los jenízaros se movieron para acabar con el devşhirme (el último fue en 1637). A pesar de que el cuerpo de los jenízaros aumentó de 12.000 al principio del reinado de Suleyman a 200.000 allá por el siglo XVII, su convirtió en una fuerza prácticamente inútil. Cuando las guerras pasaron de ser victoria y botín para convertirse en derrotas y pérdidas territoriales, los jenízaros se desmoralizaron y se negaron a luchar. También eran reacios a adoptar las armas y técnicas modernas que venían de Europa. Así pues, a pesar de la ineptitud militar, los jenízaros se hicieron cada día más fuertes y osados a la hora de intervenir en política para prevenir que ningún gobernante les quitara los privilegios.

Se suma a esta crisis militar la de la administración, caracterizada por el paso de un sistema basado en el mérito a otro sistema de sobornos y mecenazgo. La inflación, así como las guerras, trajeron como consecuencia que el habitual superávit de las arcas públicas se convirtiera en déficit año tras año, por lo que los sultanes y sus ministros empezaron a pedir «regalos» a los que buscaban un puesto en la administración, como medio para incrementar el tesoro. Quizá los primeros candidatos debían poseer alguna habilidad, pero con la desaparición del devşhirme, los cargos iban para el que aportara el soborno más abundante, independientemente de sus méritos. Los compradores del iltizam y otros cargos se dispusieron a conseguir beneficios, por ejemplo, subiendo los impuestos todo lo que podían. Fue así como el nepotismo y la corrupción se extendieron por toda la administración otomana.

Esta situación se agravó por el notable aumento de la población del Imperio durante el final del siglo XVI y a través de casi todo el siglo XVII, como parte del desarrollo demográfico general que tuvo lugar en la mayor parte de Europa en el mismo periodo. Como los medios de subsistencia no sólo no aumentaban, sino que disminuían en relación a las condiciones políticas y económicas entonces vigentes, el resultado fue la miseria y la aparición de trastornos sociales cada vez mayores. A esto se suma el mal gobierno de los detentores de timars y los multazims, demasiado interesados en recuperar sus propias inversiones y conseguir los máximos beneficios en el menor tiempo posible. Los agricultores que no podían hacer frente a los altos impuestos, eran sacados de sus tierras, momento en el que tenían tres posibilidades: o bien eran trabajadores de alquiler en grandes fincas, formando una nueva clase de campesinos sin tierras; otros acudían a las ciudades donde alimentaban las filas de mendigos sin empleo que protagonizarían una serie de revueltas durante el siglo XVII; y la tercera opción para los campesinos desposeídos de sus tierras era unirse a bandas de ladrones, normalmente encabezadas por un antiguo sipahi. Durante el siglo XVII, estas bandas se hicieron comunes en las zonas montañosas de los Balcanes y Anatolia, financiándose con incursiones a las granjas que todavía eran productivas. En algunos casos llegaron a exigir el pago de impuestos a los habitantes de la zona y formaron su propio gobierno regional, que sustituyó y desafió al del sultán.

En este contexto, con la administración y el ejército cada vez más corruptos y más débiles, el vasto territorio perteneciente al Imperio Otomano no podía ser controlado con eficiencia por el gobierno central. Los imperios vecinos, como Austria, Rusia e Irán, se aprovecharon de la debilidad otomana para apoderararse de todo el territorio que pudieron.

Política religiosa

Con respecto a la religión en el Imperio Otomano, el Islam hizo avances positivos durante su periodo de expansión y florecimiento. Durante el periodo de crisis, sin embargo, la jerarquía islámico-otomana, ahora rígidamente centralizada y burocratizada, parece haber desarrollado un papel histórico más bien negativo, al menos bajo la perspectiva de los que intentaron modificar y modernizar las instituciones otomanas. El ulema principal mostró e impuso un espíritu de estrechez y rigidez mental. Por otro lado, la integración de la jerarquía religiosa en la administración otomana puso a los ulemas en estrecho contacto con la corrupción que se estaba empezando a expandir entre los recaudadores de impuestos y otros sirvientes civiles. Más de un dignatario religioso sucumbió a la tentación de amasar su fortuna personal, desviando los ingresos, adquiriendo iltizams y usando su dinero para vivir en el lujo.

Como ciertas familias de los ulemas otomanos se convirtieron en algo así como una aristocracia religiosa, su poder vino a ser social y económico más que moral. Durante el periodo de declive, la jerarquía religiosa dentro del Imperio Otomano pareció haber renunciado a su superioridad moral a favor de los sufíes, que continuaron expandiéndose entre 1500 y 1750. La orden Bektashi, tan extendida entre los jenízaros, empezó a ser identificada con este cuerpo. Mientras tanto, las órdenes sufíes, más radicales, se dirigían a las zonas rurales y a las clases más bajas. Muchos ulemas siguieron condenando actividades como la música, la danza, beber café, fumar tabaco o hachís, prácticas que aparecieron en el siglo XV y XVI en el contexto de las ceremonias sufíes. En el siglo XVIII con muchos de los ulemas asociados a la corrupción y debilidad del gobierno central otomano, numerosos sectores de la población miraron a los líderes populares sufíes en busca de un guía moral.

Pérdidas territoriales

A todo esto se añadió además un nuevo factor de decadencia: la debilidad del gobierno central llevó a la pérdida de control de la mayoría de las provincias a manos de los gobernantes locales, que asumieron el control más o menos permanente de grandes distritos, incluso de provincias enteras durante largos periodos de tiempo. Pudieron mantener su autoridad no sólo porque el gobierno otomano no disponía de recursos militares para sujetarlos, sino también por el apoyo del pueblo, que prefería ser gobernado por tales déspotas locales que por los corrompidos e incompetentes funcionarios otomanos. A su vez, estos gobernantes locales fueron capaces de consolidar sus posiciones aprovechando las fuertes corrientes de nacionalismo local que estaba empezando a surgir entre los diversos grupos étnicos.

Estos jefes locales ejercían un poder casi completo en sus territorios, recaudando los impuestos locales para sí mismos y enviando sólo pagos nominales al gobierno central, por lo que resultaba muy difícil alimentar a la población de las ciudades. La reacción otomana fue enfrentar a los rebeldes locales entre sí y aprovechar la influencia de la ayuda otomana, que lograba que se siguiera reconociendo la autoridad del sultán, en tanto que el Tesoro ganaba buenos pagos regulares en moneda o en especies por parte de los jefes locales. Debido a que gran parte de lo recaudado iba a parar a manos de los que controlaban el gobierno central para provecho personal, el Tesoro seguía sufriendo escasez de fondos y la población de las ciudades escasez de alimentos y de otros productos. Por este motivo, ésta era una masa inquieta, mal gobernada, anárquica y violenta, que muchas veces linchaba y asesinaba a los funcionarios de la administración. Los jefes de palacio no se oponían demasiado a tales ejecuciones, ya que les permitía conseguir ganancias al otorgar el puesto al aspirante con el mejor soborno.

En general, la mayoría de los otomanos no veía la necesidad de que el Imperio cambiara para superar las condiciones críticas de la época, puesto que obtenían beneficios personales de la corrupción existente. Además, la característica básica de la mentalidad otomana era el completo aislamiento en su esfera y la falta de conciencia de lo que sucedía allende las fronteras. Europa quedaba fuera de la referencia debido a la creencia en la superioridad absoluta de la sociedad otomana sobre el mundo infiel en todos los aspectos. De este modo, los avances en todas las materias que se producían en Europa fueron totalmente desconocidos en la esfera otomana. El único contacto que tuvieron con Europa fue en el campo de batalla, y las derrotas del ejército otomano eran achacadas a un fallo en el empleo de las técnicas antiguas, que habían propiciado tantas victorias, más que al hecho de que se estaban quedando atrás en las técnicas militares con respecto a Europa.

Bien es cierto que algunos otomanos rompieron, al menos parcialmente, este aislamiento durante el siglo XVIII a través de cierto número de canales que se establecieron con Occidente. Un reducido número de embajadores otomanos fueron enviados para firmar tratados y participar en negociaciones y, aunque no se quedaban mucho tiempo, fueron los primeros en comprender algo de lo que pasaba en Europa. Además, al Imperio Otomano llegaban mercaderes, viajeros y cónsules, por lo que a los otomanos les fue imposible seguir evitando este contacto. Fue poco a poco como las costumbres y saberes europeos empezaron a entrar entre las clases dirigentes. Hasta cierto punto esto marca el comienzo del conocimiento de Europa, pero se trata de un hecho de alcance limitado, dado que entre las masas permaneció como totalmente extraño e indeseado.

A partir de entonces, los otomanos descubrieron que su poderío militar (basado en la disciplina de la infantería de jenízaros y la caballería de Sipahi) estaba naufragando y resolvieron abrirse a la diplomacia occidental. De esta manera, los comerciantes cristianos de Constantinopla (los fanariotas) se abrieron paso en la administración otomana. Este proceso duró todo el siglo XVIII, pero motivó el surgimiento de la Gran Idea de reemplazar el Imperio Otomano por un Imperio Griego. Los griegos se alzaron en armas a comienzos del siglo XIX y obtuvieron su independencia en 1823, pero jamás llegaron a concretar la Gran Idea. Los otomanos se volvieron más fanáticamente musulmanes que nunca, y se enredaron irremisiblemente en el juego político de las potencias coloniales de Occidente, al tiempo que el Imperio sobrevivía a las sublevaciones que sus propios jóvenes oficiales, educados en el arte de la guerra occidental, promovían en nombre de esos mismos valores occidentales que habían recibido. El “hombre enfermo de Europa”, como se calificó al Imperio, sobrevivió aún tres cuartos de siglo más, gracias al apoyo de Inglaterra (que necesitaba a los otomanos para contrarrestar las ambiciones de Rusia de alcanzar el Mar Mediterráneo). Esto no impidió que los otomanos perdieran virtualmente la administración de Egipto, al tiempo que los pueblos cristianos de los Balcanes (Serbia, Rumania, Bulgaria y Albania) se iban independizando uno detrás de otro.

Restablecimiento y reforma (1789-1914)

A pesar de los largos siglos de decadencia y descomposición y de las serias derrotas sufridas frente a los enemigos europeos, cuando Selim III (1789-1807) subió al trono, el Imperio todavía comprendía toda la península de los Balcanes, al sur del Danubio, toda Anatolia y el mundo árabe desde Iraq hasta el norte de África. La era de reformas del siglo XIX se puede dividir en tres fases diferentes: A) un periodo de transición y preparación (1789-1826); B) un periodo de acción intensiva (1826-1876); C) un periodo de culminación, desde 1876 hasta la primera guerra mundial.

El primer periodo fue inspirado y dirigido por dos sultanes reformadores, Selim III y Mahmud II (1808-1839), que no fueron más que reformadores tradicionales. Lo principal de su esfuerzo iba dedicado a purificar, eliminando la corrupción y el nepotismo en la administración. Además crearon unas fuerzas militares totalmente nuevas, llamadas Nizam-i Cedid, cuando los continuos reveses militares demostraron la supremacía europea. Dejaron intactos los antiguos cuerpos, muy hostiles a esta creación, por lo que ambos sultanes se vieron obligados a limitar su número, por eficientes que llegaran a ser. Cuando los Nizam-i Cedid provocaron una revuelta de los jenízaros en contra de Selim en 1807, no pudieron evitar ni su deposición al trono ni su propia descomposición, así como tampoco pudieron evitar su asesinato. Mahmud II fue colocado en el trono y tuvo que pasar muchos años antes de que se atreviera a restablecer ese cuerpo con un nuevo nombre y emprender la acción contra los asesinos.

Además del conservadurismo interno y la oposición abierta, Selim y Mahmud se vieron desviados de su tarea por los continuos peligros militares que tenían frente a sí. Francia se transformó en nación enemiga cuando Napoleón Bonaparte invadió Egipto y Siria en 1798. Sólo cuando los franceses fueron arrojados de Egipto en 1802 pudieron ser restablecidas las relaciones normales entre ambos Estados. Rusia y Austria constituían una amenaza constante en los Balcanes, y como resultado de su intervención surgieron revueltas nacionales contra el sultán en Serbia, en 1804, y en Grecia, en 1821, que temporalmente supusieron la autonomía e independencia de ambas. Las amenazas exteriores y la continua intervención extranjera en los asuntos internos hicieron extremadamente difícil para estos sultanes emprender reformas significativas. Además los jenízaros eran lo suficientemente fuertes para oponerse a los sultanes, pero no lo suficiente como para neutralizar los peligros extranjeros.

Como resultado, Mahmud II y sus partidarios llegaron por fin a la deducción de que nunca conseguirían crear nuevas instituciones militares si no acababan con las antiguas. Entonces restableció el ejército de Selim con el nombre de Sekban-i Cedid (1815), los trajo secretamente a Estambul y esperó a que los jenízaros se rebelaran contra esta decisión. Lo hicieron, en efecto en 1826, y los hombres de Mahmud bombardearon sus cuarteles y organizaron una matanza no sólo en Estambul, sino en todo el Imperio. Este hecho, llamado Vaka-i Hayriyye, fue de la mayor importancia, ya que privaba a la clase dirigente de su brazo militar para oponerse a las reformas.

El efecto militar del Vaka-i Hayriyye fue, sin embargo, desastroso. El antiguo ejército había sido destruido y no había otro que ocupara su lugar. Las grandes potencias se aprovecharon de la debilidad militar del Imperio Otomano y obligaron al sultán a aceptar la independencia griega y la autonomía de Serbia, Valaquia y Moldavia en la conferencia de Londres y en el tratado de Edirne (1829). El gobernador de Egipto, Medmeh Ali, declaró su independencia virtual, conquistó el sur de Arabia, Siria y la Anatolia sudoriental, además de derrotar al moderno ejército otomano naciente en la batalla de Konya (21 de diciembre de 1832). Cuando Gran Bretaña y Francia le retiraron su ayuda, el sultán se vio obligado a firmar el tratado de Hünkâr Iskelesi (8 de julio de 1833) con el Zar, que colocaba Imperio Otomano bajo «protección rusa». Por fin, en 1833, debido a que las potencias europeas no se ponían de acuerdo en cómo dividir el Imperio y ante el temor a un posible restablecimiento y fortalecimiento del poder si Mehmed Ali llegaba a Estambul, le obligaron a retirarse, de modo que salvaron a Mahmud.

Pero Mahmud cometió un error: decidió corresponder a las provocaciones rusas decretando la yihad; sin embargo, el Suylislam lo impidió. Entonces mandó asaltar el patriarcado, y el patriarca Gregorio V fue colgado de la misma puerta de la sede ortodoxa, lo que provocó un fanatismo en los ortodoxos y el nacimiento del movimiento helenista. Después de estos acontecimientos, Mahmud pudo hacer las reformas que formaron la base de las introducidas por el Tanzimat. Sin embargo, el esfuerzo prematuro de Mahmud por utilizar el nuevo ejército antes de tiempo resultó en una derrota desastrosa a manos de los egipcios en la batalla de Nezib (1839). El Imperio fue salvado una vez más por las potencias extranjeras, y Mahmud murió en la amargura.

De 1839 a 1876 se produjo un periodo en donde una serie de reformas, conocidas como el tanzimat-i hayrye («legislación beneficiosa»), pudieron ser realizadas por fin. El periodo del tanzimat se extendió a través del gobierno de dos sultanes, Abdülmecit I (1839-1861) y Abdülaziz I (1861-1876), ambos hijos de Mahmud II, y culminó con el reinado de Abdul-Hamid (1876-1908). El tanzimat fue básicamente el esfuerzo de la clase dirigente otomana de ese tiempo por preservar su posición autocrática tradicional modernizando los instrumentos de gobierno: la administración y el ejército. Los miembros más importantes del tanzimat fueron Musatfa Reşid Paşa, que sirvió seis veces de gran visir entre 1839 y su muerte, en 1856, y sus dos protegidos, Alisa Paşa y Fuad Paşa.

Abdülmecit I (1839-1861) llevó un estilo de vida europeo y fundió las arcas del Estado haciendo reformas. Es conocido como uno de los sultanes más mujeriegos. El sultán Abdülaziz I (1861-1876), pese a los movimientos nacionalistas, mantuvo la apertura europeísta. Fue el primer mandatario del Imperio Otomano que realizó una visita oficial a un país extranjero, acompañado por dos sobrinos y futuros sucesores: Abdul Hamid II y Murad V. En 1867 volvió de Londres eufórico y empezó a gastar toda la hacienda pública para emular lo que había visto allí. Era un déspota y un tirano que provocó una anarquía administrativa inimaginable. El Imperio Otomano ya estaba en ruina y el Sadrazam Nedim Paşa tuvo que decretar la suspensión de pagos y de la deuda externa. En 1876 el padişah es depuesto (y asesinado) por un movimiento de carácter nacionalista llamado los Nuevos Otomanos, encabezados por el gran visir Mithat Paşa.

En 1876 fue preparada e introducida una constitución en respuesta a las demandas de reforma social de la sociedad otomana. Fue promulgada por el nuevo sultán poco después de su ascensión al trono, primeramente para evitar las interferencias de las potencias europeas, reunidas a la sazón en la Conferencia de Constantinopla. El sultanato y la clase dirigente se veían ahora sujetas a la suprema autoridad de la constitución, pero aun así todo dependía de la buena voluntad del sultán y nada más. Además se reconoció la igualdad a todos los habitantes del Imperio Otomano y la existencia de un sistema judicial más independiente.

El sultán Abdul Hamid II (1876-1909) aceptó todas las condiciones de Mihad Paşa para poder subir al torno. Entre ellas estaba la promulgación de la nueva constitución que establecía una monarquía parlamentaria compuesta por dos cámaras. En el último momento, Abdul Hamid II logró introducir dos cláusulas que le permitían suspender el parlamento, declarar el estado de sitio en caso de guerra y desterrar a las personas que actuaban contra la integridad del Estado. Esta última fue usada contra el mismo Mihad Paşa, eliminando al enemigo más cercano. En 1877 el mismo padişah abrió el parlamento, pero a la caída de su sadrazam y con la excusa de la guerra con Rusia, disolvió el parlamento y llevó a cabo una política reaccionaria.

Los Jóvenes Turcos

En 1906 se crea un partido en Salónica, los Jóvenes Turcos. El gobierno prohibió esta asociación, pero la inquina contra el gobierno era tal que el movimiento se extendió rápidamente, y Abdul Hamid II tuvo que ceder promulgando una nueva constitución y concediendo una amnistía general para los presos y exiliados políticos.

Fundó un cuerpo especial de caballería formado por kurdos, llamado Hamidiye, y más proyectos que eran un peso enorme para las arcas del Estado. Así, el Imperio Otomano, en el transcurso de sus últimos 20 años de existencia, fue hipotecándose gradualmente. Ante las agitaciones nacionalistas y terroristas, el sultán reaccionó mandando asesinar a los rebeldes. El ejército otomano se rebeló pidiendo la vuelta de la constitución y Austria se anexionó Bosnia-Herzegovina. Todos estos hechos llevaron al sultán a una crisis institucional y fue depuesto por un golpe de Estado de los Jóvenes Turcos en 1909.

La política de los Jóvenes Turcos se basaba principalmente en el Tanzimat, pero a pesar de sus intentos no consiguieron transformar radicalmente los fundamentos sociales y legales del país. Entre 1909 y 1910 llevaron a cabo varias tentativas de reformas y modernización del Imperio (servicio militar obligatorio para todos, sufragio universal y educación popular masiva). Les faltó tiempo de paz para conseguir la revolución que precisaban.

Final

El sucesor del sultán derrocado fue Mehmet V (1909-1918), a quien su hermano Abdülhamid II mantuvo prisionero durante 33 años. Le proclamaron sultán y en los primeros días de su reinado hizo saber a Talat Paşa que no iba a ser una marioneta de los Jóvenes Turcos, que tuvieron que ceder ante el sultán.

Estalla entonces la Primera Guerra Mundial, con el Imperio Otomano aliado de Alemania y la Triple Alianza. Estambul fue bombardeada en 1918, la población estaba cada día más desmoralizada. Al precipitarse los acontecimientos, el soberano otomano no tuvo más remedio que sentarse a negociar con los ingleses. Aceptó las mejores condiciones teniendo en cuenta la situación , y los líderes de los Jóvenes Turcos, Cemal, Enver y Talat, huyeron en un submarino alemán evitando su detención por las irregularidades cometidas durante su gobierno.

Después de la derrota de los Imperios centrales, el Imperio Otomano (gravemente socavado por la Rebelión Árabe apoyada por Gran Bretaña) se desplomó en la anarquía. El primer Presidente de Turquía, Kemal Atatürk, simplemente abolió el sultanato y renunció a la idea imperial, por lo que la historia del Imperio Otomano alcanzó su fin en 1922.

Imperio turco que duró aproximadamente desde 1300 hasta 1922, y durante su mayor extensión territorial abarcó tres continentes, desde Hungría al norte hasta Adén al sur, y desde Argelia al oeste hasta la frontera iraní al este, aunque su centro de poder se encontraba en la región de la actual Turquía. A través del Estado vasallo del kanato de Crimea, el poder otomano también se expandió por Ucrania y por el sur de Rusia.

Su nombre deriva de su fundador, el guerrero musulmán turco Osmán (o Utmán I Gazi), que estableció la dinastía que rigió el Imperio durante su historia (también llamada dinastía Osmanlí).

-Expansión otomana-

El primer Estado otomano era un pequeño principado al noroeste de Anatolia, uno de los muchos insignificantes estados que surgieron tras el hundimiento del anterior sultanato Selyúcida de Rum. Los historiadores disienten sobre la relativa importancia de sus dos características principales: las tradiciones tribales de los guerreros turco-mongoles que dominaron el Estado y la influencia del Islam. El erudito Paul Wittek, quien destaca la influencia del Islam, afirma que el surgimiento del Estado otomano se debió a la atracción de los gazis, o guerreros de la guerra santa (yihad), quienes se unieron a los otomanos porque estaban dispuestos a desempeñar un papel importante en la lucha contra el Imperio bizantino cristiano del oeste.

Las guerras incesantes y las alianzas acertadas supusieron el éxito de los otomanos. Hacia 1325 capturaron Bursa, que se convirtió en su capital y hacia 1338 habían expulsado a los bizantinos de Anatolia. En ese mismo momento, los otomanos extendieron sus territorios hacia el sur y el este a expensas de otros principados turcos, y en 1354 tomaron Ankara en la Anatolia central. El mismo año los otomanos ocuparon Gallípoli (actual Gelibolu) en el lado europeo del estrecho de los Dardanelos, que se convirtió en la base de su avance posterior en el sudeste de Europa. En 1361 los otomanos tomaron Adrianópolis (Edirne) que se convirtió en su nueva capital, y hacia 1389, cuando Murat I derrotó a los serbios en la batalla de Kosovo, los otomanos tomaron Tracia, Macedonia y gran parte de Bulgaria y Serbia.

La derrota otomana a manos del conquistador mongol de Asia Central Tamerlán en 1402, demostró ser el único contratiempo para los otomanos, quienes rápidamente reconstruyeron, consolidaron y aumentaron su poder. En 1453 el sultán Mehmet II conquistó Constantinopla (Estambul) y la convirtió en la tercera y última capital otomana. Las conquistas continuaron durante el siglo XVI. Bajo el reinado del sultán Selim I (el Severo) fueron derrotados los Safawíes persas de Irán (en Chaldirán, 1514), región que, junto al este de Anatolia fue añadida al Imperio; en 1516-1517 los mamelucos de Siria y Egipto corrieron igual suerte y sus territorios acabaron también anexionados. Con las posesiones mamelucas, los otomanos llegaron a los lugares sagrados musulmanes de Arabia y también heredaron el interés mameluco por el mar Rojo y el océano Índico.

El hijo y sucesor de Selim, Solimán I el Magnífico, normalmente es considerado como el mejor de los gobernantes otomanos. Durante su reinado Irak fue añadido al Imperio (1534), se estableció el control otomano al este del Mediterráneo, y, a través de la anexión de Argel y de las actividades de los corsarios de Berbería, el poder otomano fue empujado hacia el oeste del Mediterráneo. También Solimán llevó a los ejércitos otomanos hasta Europa: Belgrado fue capturada en 1521 y los húngaros fueron derrotados en la batalla de Mohács en 1526. En 1529 Solimán llevó a cabo el sitio de Viena sin éxito, ya que fue derrotado por Fernando I de Habsburgo, quien conservó algunas fortalezas húngaras. Pero la invulnerabilidad del Imperio otomano quedó puesta de manifiesto en 1571 con la importante derrota de su flota en Lepanto, a manos de la Liga Santa formada por el Papado, Venecia y la Monarquía Hispánica (cuyo rey era en esas fechas Felipe II).

-Instituciones otomanas-

La principal ocupación del Estado otomano era la guerra, según sugiere la relación anterior de conquistas, y su institución más importante era su Ejército. Las primeras fuerzas otomanas estaban compuestas por una caballería turca (espahíes o sipahis) pagada a través de concesiones de ganancias del gobierno (normalmente ganancias en tierras) conocidas como timares. Cuanta más tierra era conquistada, más ingresos tenían los gazis turcos musulmanes. Pero la caballería ligera gazi no era suficiente para la guerra constante, y desde mediados del siglo XIV los otomanos comenzaron a reclutar otras tropas asalariadas de mercenarios, esclavos, prisioneros de guerra y (desde mediados del siglo XV) una leva de jóvenes cristianos de los Balcanes (los devsirmes). A partir de estas nuevas fuerzas (las kapikulli) surgió la famosa y muy disciplinada infantería otomana, cuyos miembros eran conocidos como los jenízaros, que fue el factor principal de los éxitos militares otomanos desde finales del siglo XV en adelante. Los otomanos también crearon un cuerpo especialista de artillería e ingenieros.

La administración otomana operaba en función de las necesidades de estas fuerzas. La administración provincial era fundamentalmente un sistema de distritos militares regidos por oficiales cuya principal obligación era reunir timariotas para las campañas. Gran parte del trabajo de la administración central era la obtención de los fondos y suministros necesarios para las fuerzas kapikulli. Se construían carreteras y puentes para facilitar el movimiento de tropas. En su apogeo, la administración fue muy eficiente. La administración central estaba compuesta por tres partes fundamentales: la extensa casa del sultán; los departamentos gubernamentales agrupados bajo el control del gran visir, suplente del sultán en todos los asuntos de Estado; y la institución religiosa musulmana compuesta por funcionarios musulmanes preocupados por la educación y la legislación, agrupados bajo la jefatura suprema del sayj al-islam. Los más importantes de éstos eran los cadíes (qadis), que se ocupaban de la administración local y del derecho penal. Antes del siglo XVII los musulmanes libres servían principalmente como sipahis o en la institución religiosa; el resto de la administración del Estado estaba compuesta principalmente por cristianos convertidos al Islam que eran reclutados en forma de fuerzas militares kapikulli. Su situación jurídica era la de esclavos del sultán, aunque la palabra ‘esclavo’ no tenía las connotaciones de esclavitud doméstica o de asignación que tiene en Occidente. Para los europeos contemporáneos parecía que el Estado otomano carecía de aristocracia y estaba regido por hombres elegidos por sus méritos y su lealtad total al sultán. La administración utilizaba un idioma (la lengua turca otomana) con gramática turca y vocabulario principalmente árabe y escrito en caracteres arábigos.

La mayoría de las demás funciones realizadas por los estados modernos se dejaban a instituciones no gubernamentales. La población del Imperio otomano era una mezcla cultural, lingüística y religiosa. La mayoría de la población de las provincias europeas era cristiana y pertenecía a la Iglesia ortodoxa, muchos de los cuales aceptaron el dominio otomano porque era menos oneroso que la dominación católica. En Tracia, Macedonia, Bulgaria y Albania había un extenso asentamiento musulmán, y en Bosnia se produjo una conversión en masa al islam. Los musulmanes también predominaban en algunas ciudades. En las provincias asiáticas sucedía lo contrario: la mayoría de la población era musulmana aunque había muchos cristianos en las ciudades; en Anatolia había cristianos griegos al oeste y armenios al este, y grupos numerosos de cristianos en Siria y Egipto. El pueblo estaba organizado de dos modos. Con fines económicos se agrupaba en tribus, villas así como en gremios en las ciudades. El mayor número estaba compuesto por campesinos, quizá el 15% de la población eran habitantes de las ciudades y una proporción bastante superior nómadas o seminómadas. Con fines sociales la población se organizaba en comunidades religiosas que posteriormente se denominarían millets. Muchos musulmanes pertenecían a órdenes místicas sufíes. El gobierno trataba con los jefes de las distintas comunidades religiosas y dejaba a las comunidades ventilar sus propios asuntos. Los jefes de las comunidades religiosas, por tanto, constituían una clase de intermediarios entre el gobierno y el pueblo. Los grandes terratenientes, los jefes tribales y otras personas actuaban de forma similar y se les conoció como notables (a’yan). Durante sus primeros tres siglos, el Imperio otomano fue próspero, y esta prosperidad se reflejó en el desarrollo de una brillante cultura: música, literatura (especialmente historia, geografía y poesía), pintura y, sobre todo, arquitectura, cuya mejor representación está en la mezquita de Solimán en Estambul, construida por el gran arquitecto de Solimán, Sinan.

-Decadencia otomana-

Durante la mayor parte del silo XVII el Imperio otomano fue territorialmente estable pero durante los últimos años del siglo, comenzando con el rechazo otomano en el segundo sitio de Viena (1683), el Imperio sufrió una sucesión de derrotas militares, primero a manos de Austria y posteriormente de Rusia en las Guerras Turco-rusas. Con el Tratado de Iasi (1792), los otomanos, que ya desde 1774 habían perdido el kanato de Crimea en favor de Rusia, perdían sus territorios al norte del Danubio y todos los territorios al este del Dniéster también a manos rusas. En los demás territorios europeos, y en Asia y África, había muchos gobernantes más o menos autónomos sobre los que el gobierno central tenía poco control.

Hubo dos respuestas a esta decadencia por parte de los otomanos. Por un lado, mantenían que la raíz del problema era que las instituciones otomanas, comenzando por el Ejército, habían permitido la merma del esplendor que había prevalecido en el siglo XV y la respuesta era volver a la antigua situación. Por otro, el sector poderosamente representado por la burocracia civil, creía que el problema era que los estados europeos habían hecho avances militares que era necesario que los otomanos igualaran. Durante el siglo XIX esta segunda opción dominó y el resultado fue el movimiento de reforma otomana que comenzó durante el reinado de Mahmud II. Sin embargo, se descubrió que la reforma militar necesitaba de cambios mucho más trascendentales en el gobierno y, en última instancia, en la sociedad, a largo plazo.

-Reforma otomana-

Mahmud II intentó abolir el antiguo Ejército y sustituirlo por una nueva fuerza al estilo europeo. En 1826 acabó con los jenízaros; se permitió que el ejército sipahi se derrumbara y los timariotas fueron licenciados por el Estado hacia 1831. En su lugar fundó una fuerza pagada, disciplinada y reclutada que se convirtió en el principal instrumento de centralización política durante el último siglo del Imperio otomano, y también en la principal inspiración para la modernización de otras instituciones otomanas. Un ejército moderno era caro, debían pagarse impuestos y era necesaria una burocracia más numerosa y eficaz para recaudarlos. Además, se precisaba un sistema educativo moderno para suministrar oficiales al Ejército y funcionarios al Estado. También se realizaron importantes reformas jurídicas e importantes desarrollos en comunicaciones (telégrafo y ferrocarril). Todas estas reformas costaban dinero y debían transferirse más recursos de instituciones no gubernamentales al Estado. La oposición fue vencida por el nuevo Ejército. Todavía no había suficiente dinero y desde mediados del siglo XIX los otomanos comenzaron a solicitar préstamos en grandes cantidades al extranjero. Finalmente (1875) el Imperio no puso interés en sus deudas y tuvo que aceptar cierto control financiero europeo (1881).

Así, la centralización fue el principal asunto tratado durante el Tanzimat, nombre dado al movimiento de reforma entre 1839 y 1878. También había otro segundo y contradictorio problema englobado en dos famosos edictos (el Noble Edicto de la Cámara Rosa o jatt-i-sarif, de 1839, y el Edicto Imperial, de 1856). Dicho problema no era otro que el concepto de liberalización, con el que se pretendía conceder a los ciudadanos derechos y libertades más amplias, y en particular dar a los no musulmanes los mismos derechos y deberes que a los musulmanes. En gran medida este segundo aspecto fue impuesto a los otomanos por la presión de las grandes potencias europeas en nombre de los cristianos otomanos como parte de la denominada Cuestión Oriental.

Las tensiones causadas por las reformas del Tanzimat provocaron críticas tanto de quienes no querían el cambio, considerándolo anti-islámico, como de quienes creían que las reformas no llegarían lo suficientemente lejos y deberían acompañarse por una mayor participación popular en el gobierno. En la década de 1860, un grupo de hombres jóvenes conocidos como los Nuevos Otomanos, solicitaron una variedad de reformas, incluida la petición de una constitución. En 1876, los ministros reformistas promulgaron una Constitución, aunque fue anulada en 1878. Siguieron una serie de conspiraciones revolucionarias por grupos conocidos normalmente como Jóvenes Turcos, que culminaron en una revolución militar en 1908, con la caída del gobierno despótico del sultán Abdülhamit II y la restauración de la Constitución. Los conspiradores militares estaban relacionados con un grupo de oposición denominado Comité de Unión y Progreso, que en 1913 tomó el control del Imperio y comenzó a introducir nuevas reformas más radicales.

-Colapso otomano-

Durante el último siglo de su existencia, la cuestión ante la que se encontraba el Imperio otomano era si a través de la coerción y la conciliación podía mantenerse unido, hasta que los frutos de la modernización satisficieran a los ciudadanos no musulmanes para que continuaran formando parte del Imperio. En sus provincias europeas fracasó porque los cristianos no acataban el poder otomano y las potencias europeas no permitían que éste les coaccionara. Gradualmente las provincias se hicieron autónomas: Grecia (1829), Serbia (1830) y los principados de Moldavia y Valaquia (actual Rumania) que se unificaron en 1859. Grecia se independizó en 1830, Serbia, Rumania y Montenegro en 1878, así como parte de Bulgaria. Hacia 1885 los territorios otomanos en Europa se redujeron a Macedonia, Albania y Tracia, y todos ellos, exceptuando Tracia, dejaron de pertenecer al Imperio como resultado de las Guerras Balcánicas de 1912-1913. También los otomanos perdieron el control del norte de África: Argelia fue tomada por Francia en 1830 y Túnez en 1881. Inglaterra ocupó Egipto en 1882 e Italia se anexionó Libia en 1912. Pero los otomanos conservaron las provincias asiáticas e incluso aumentaron su poder en Arabia. Aunque había algunas muestras de oposición nacionalista en las provincias árabes, se limitaron a una pequeña minoría, y en 1914 no había razones que hicieran pensar que el poder otomano no perduraría en Asia.

El colapso y la extinción del Imperio otomano fue consecuencia de la I Guerra Mundial. El gobierno cometió el error de entrar en la guerra del lado de los Imperios Centrales, y la derrota de Alemania significó el final de los otomanos. Éstos no tuvieron demasiados problemas durante los dos primeros años de la guerra, aunque sufrieron derrotas a manos de Rusia al este de Asia Menor. Pero en 1917-1918, cuando comenzaron en Irak y Siria nuevas ofensivas británicas, las fuerzas otomanas comenzaron a declinar y tras la firma del Armisticio de Mudros (octubre de 1918) los otomanos habían perdido todo menos Anatolia. Los otomanos se vieron obligados a firmar el Tratado de Sèvres (1920), a través del cual no sólo perdían las provincias árabes sino también sufrían la división de Anatolia. En oposición a los planes aliados, y en concreto a la invasión de Izmir por Grecia en mayo de 1919, surgió un movimiento nacionalista bajo el liderazgo de Mustafá Kemal Atatürk; este movimiento llevó a cabo la resistencia armada hasta que en 1922 los griegos fueron derrotados y expulsados de Anatolia y del este de Tracia. El sultán se había comprometido por su aquiescencia con la política de los aliados, y el 1 de noviembre de 1922 se abolió la dinastía otomana y el Imperio llegó a su conclusión. Un año después fue sustituido por la República de Turquía.

-Conclusión-

Es necesario mencionar las consecuencias de la caída del Imperio otomano. Los estados balcánicos lo recordaban como un brutal opresor, los liberales europeos lo denunciaron durante mucho tiempo como el gobierno de una horda extranjera, los nacionalistas árabes lo acusaron de haber frustrado el potencial árabe durante siglos, y los nacionalistas turcos lo consideraban un recuerdo peligroso que amenazaba el movimiento progresivo hacia la nueva república. Sus ideologías islámicas y otomanas fueron desacreditadas. Un sistema político que duró 600 años, más que el Imperio romano o el Imperio Británico , y controló una extensa área, debió de tener algunas virtudes. Para los musulmanes era una cuestión de orgullo y comodidad: el orgullo por sus primeras victorias, y la comodidad que disfrutó como defensa frente al mundo no musulmán. Para los hombres de talento representaba un foro a través del cual podían moverse con facilidad (y así lo hacían) en la búsqueda de una vida mejor. Y para una gran variedad de pueblos (en 1914 todavía 25 millones) de distintos idiomas, culturas y religiones, una forma de vivir juntos con cierto grado de armonía. Fue un Imperio con talento para la guerra y el gobierno y además guardó un gran secreto imperial: los imperios dependen de un gobierno mínimo para su supervivencia y no deben interferir demasiado en las vidas de sus ciudadanos. El movimiento de reforma que intentaba asegurar la supervivencia del Imperio pudo haber sido la causa principal de su destrucción. Pero los nuevos estados que sucedieron al Imperio descubrieron que las ideologías de nacionalismo, con las que se habían opuesto al otomanismo, eran instrumentos difíciles con los que regir estados multinacionales.

El legado otomano fue importante durante los años siguientes. Había hombres educados tanto en el sistema otomano como en las ideas del movimiento de reforma que regían los asuntos de la república turca y eran líderes políticos de los estados árabes. Los movimientos de población y las conversiones que se habían producido bajo el Imperio dejaron considerables problemas a los estados sucesores, principalmente con respecto a los musulmanes que vivían en los estados de los Balcanes. Sin embargo, el Imperio ha sido poco estudiado y poco comprendido, principalmente debido a que se abandonó su idioma. El turco otomano, para quienes lo leen, sigue siendo una clave, como el latín y el griego clásico, para el estudio no sólo del Imperio sino también de una civilización muy característica.

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Constantinopla

Constantinopla, actual Estambul, fue la capital del Imperio Romano (330–395), del Imperio Romano de Oriente, o Imperio Bizantino (395–1204 y 1261–1453), del Imperio Latino (1204–1261) y del Imperio Otomano (1453-1922). Estratégicamente situada entre el Cuerno de Oro y el mar de Mármara, en el punto donde se unen Europa y Asia, la Constantinopla bizantina fue baluarte de la Cristiandad y heredera del mundo griego y romano. A lo largo de toda la Edad Media Constantinopla fue la mayor y más rica ciudad de Europa, conocida como “la Reina de las Ciudades” (Basileuousa Polis).

Mapa de Constantinopla. Véase aquí para mayor detalle.

Mapa de Constantinopla. Véase aquí para mayor detalle.

Dependiendo del contexto de sus gobernantes, ha recibido con frecuencia diferentes nombres a lo largo del tiempo; entre los más comunes están Bizancio (en griego Byzantion), Stamboul o Nueva Roma (en griego Νέα Ῥώμη, en latín Nova Roma), este último un nombre más eclesiástico que oficial. Fue renombrada oficialmente como Estambul (su nombre actual) en 1930 mediante la Ley Turca de Servicio Postal, parte de las reformas nacionales impulsadas por Atatürk.

Constantino el Grande, fundador de la ciudad

En el año 324 Constantino I el Grande, el emperador que fundaría la ciudad de Constantinopla, vence al coemperador romano Licinio (Flavio Valerio Licinio Liciniano 250-325), transformándose en el hombre más poderoso del Imperio Romano.En ese contexto decidió convertir a la ciudad de Zoni en la capital del Imperio, comenzando los trabajos para embellecer, recrear y proteger la ciudad. Para ello utilizó más de cuarenta mil trabajadores, la mayoría esclavos godos.

Después de seis años de trabajos, hacia el 11 de mayo de 330, y aún sin finalizar las obras (se terminaron en el 336) Constantino inauguró la ciudad mediante los ritos tradicionales, que duraron 40 días. La ciudad entonces contaba con unos 30.000 habitantes. Un siglo más tarde alcanzó medio millón, siendo la ciudad más grande del mundo; algunos autores, en determinados momentos de su historia, llegan a atribuirle hasta un millón.

Renombrada como Nea Roma Constantinopolis (Nueva Roma de Constantino), aunque popularmente se le denominaba Constantinopolis (en griego Κωνσταντινούπολη), fue reconstruida a semejanza de Roma, con catorce regiones, foro, capitolio y senado, y su territorio sería considerado suelo itálico (libre de impuestos). Al igual que la capital itálica, tenía siete colinas.

Constantino no destruyó los templos existentes, ya que no persiguió a los paganos, es más, construyó nuevos templos para paganos y cristianos, especialmente influido por estos últimos. Tal es así que durante su gobierno se abolió la crucifixión, las luchas entre gladiadores, se reguló el divorcio, dándose mayor protección legal a la mujer y se mantuvo una mayor austeridad sexual[cita requerida], según las costumbres que después se convertirían en cristianas. Además construyó iglesias como la de Santa Sofía y Santa Irene y la iglesia-mausoleo, donde fue enterrado el emperador. Constantino jamás se declaró religioso, sólo lo llegó a ser en el lecho de muerte, siendo bautizado por el arriano Eusebio de Nicomedia.

Nueva Roma fue embellecida a costa de otras ciudades del Imperio, cuyas mejores obras fueron saqueadas y trasladadas a la nueva capital. En el foro se colocó una columna donde se emplazó una estatua de Apolo a la que Constantino hizo quitar la cabeza para colocar una réplica de la suya. Se trasladaron mosaicos, esculturas, columnas, obeliscos, desde Alejandría, Éfeso y sobre todo desde Atenas. Constantino no reparó en gastos, pues quería levantar una capital universal.

La ciudad contaba con un hipódromo, construido en tiempos de Septimio Severo (año 203), que podía albergar más de 50.000 personas y era la sede de las fiestas populares y de los homenajes a los generales victoriosos del Imperio. Sus tribunas también fueron testigo de tribunales donde se dirimían los casos más relevantes. Hoy en día, el hipódromo sólo es una plaza del centro de la ciudad (Estambul), donde se conservan los dos obeliscos que se encontraban en el eje de la pista, uno de ellos perteneciente al faraón egipcio Tutmosis III.

Dibujo de Constantinopla.

Dibujo de Constantinopla.

También se dio gran importancia a la cultura. Constantino creó la primera universidad del mundo al fundar, en el 340, la Universidad de Constantinopla, aunque luego fuera reformada por el emperador Teodosio II en 425. En ella se enseñaba Gramática, Retórica, Derecho, Filosofía, Matemática, Astronomía y Medicina. La universidad constaba de grandes salones de conferencias, donde enseñaban sus 31 profesores.

Al morir Constantino, la fragmentación del Imperio Romano era un hecho. Sin embargo, esto no se produciría hasta la muerte de uno de sus sucesores: Teodosio, quien en el año 395 dividió en dos el Imperio y cedió el mando de la parte occidental, con sede en Roma, a su hijo Honorio; y la parte oriental, con sede en Constantinopla, a su otro hijo, Arcadio, dando comienzo al Imperio Bizantino que, a diferencia de la parte occidental cuya decadencia fue cada vez mayor, se mantuvo pujante hasta el año 1453. A Teodosio se debe el foro de su nombre en la antigua Constantinopla.

En época del emperador Justiniano (527-565) se construyó el templo de Santa Sofía, donde sus arquitectos tuvieron que idear una cúpula para cubrir el amplio edificio de planta rectangular. Tan complejo fue el trabajo que la primera cúpula se derrumbó; la segunda es la que hoy se puede ver en el edificio. Justiniano también construyó la iglesia de los santos Sergio y Baco, entre los años 527 y 536 después de Cristo.

Durante el gobierno del emperador Heraclio (610-641) se creó la Academia Patriarcal de Teología, que luego fuera organizada también como universidad.

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Legado

El Imperio Bizantino fue un imperio multicultural, que nació como cristiano y heredero de la tradición romana, comprendiendo la zona de Oriente y que desapareció en 1453 como un reino griego ortodoxo. El escritor británico Robert Byron lo describió como el resultado de una triple fusión: un cuerpo romano, una mente griega y un alma oriental.

Bizancio fue la única potencia estable en la Edad Media. Su influencia sirvió de factor estabilizador en Europa, sirviendo de barrera contra la presión de las conquistas de los ejércitos musulmanes y actuando como enlace hacia el pasado clásico y su antigua legitimidad.

La caída del imperio fue traumática, tanto que durante mucho tiempo se consideró 1453 como la división entre la Edad Media y la Edad Moderna. El conquistador otomano, Mehmet II, y sus sucesores se consideraron a sí mismos herederos legítimos de los emperadores bizantinos hasta el derrumbamiento del Imperio Otomano, a principios del siglo XX. Sin embargo, el papel del emperador bizantino como cabeza de la ortodoxia oriental fue reclamado por los Grandes Duques de Moscú empezando por Iván III. Su nieto Iván IV el Terrible se convertiría en el primer zar de Rusia (el título de zar proviene del latín caesar, ‘césar’). Sus sucesores apoyaron la idea que Moscú era la heredera legítima de Roma y Constantinopla, la Tercera Roma — una idea mantenida por el Imperio Ruso hasta su propio fin a principios del siglo XX.

Desde el punto de vista comercial, Bizancio era el punto de partida de la Ruta de la Seda, el eje económico que unía Europa con Oriente, importando materias de lujo como seda y especias. La interrupción de esta ruta con motivo de la desaparición del Imperio Bizantino provocó la búsqueda de nuevas rutas comerciales, llegando españoles y portugueses a América y África en busca de rutas alternativas. Los portugueses, que acabaron la Reconquista antes y dispusieron de los recursos necesarios con antelación crearon un imperio atlántico que permitía alcanzar la India al circunnavegar África. Los españoles, posteriormente, patrocinarían a Cristóbal Colón y a los conquistadores, que supondrían la creación de un imperio que transformaría a España en la primera potencia mundial.

Bizancio desempeñó un papel inestimable para la conservación de los textos clásicos, tanto en el mundo islámico como en la Europa occidental, donde sería clave para el Renacimiento. Su tradición historiográfica fue una fuente de información sobre los logros del mundo clásico. Hasta tal punto fue así, que se cree que el resurgir cultural, económico y científico del siglo XV no hubiera sido posible sin la bases establecidas en la Grecia bizantina.

La influencia de Bizancio en asuntos como la teología sería vital para pensadores europeos como Santo Tomás de Aquino.

Asimismo se ha de mencionar que el Imperio fue clave en la extensión del cristianismo, religión que definiría Europa durante siglos. De los cuatro mayores focos de esta religión, tres (Jerusalén, Antioquía y Constantinopla) se hallaban en su territorio y hasta que no aconteció el cisma de Oriente fue el mayor foco espiritual. También fue responsable de la evangelización de los pueblos eslavos, gracias a misioneros tan célebres como Cirilo y Metodio que evangelizaron a los pueblos eslavos y desarrollaron un sistema de escritura que aún hoy en día se sigue utilizando en muchos países, el alfabeto cirílico. Por último es notable su influencia en las iglesias copta, etíope, y la de armenia.

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Cultura y arte

Lengua y literatura

En los orígenes del Imperio Bizantino existió una situación de diglosia entre el latín y el griego. El primero era la lengua de la administración estatal, en tanto que el griego era la lengua hablada y el principal vehículo de expresión literaria. La Iglesia y la educación utilizaban también el griego. A esto debe añadirse que algunas regiones del Imperio empleaban otras lenguas, como el arameo y su variante el siríaco en Siria y Palestina, y el copto en Egipto.

Con el tiempo, el latín fue definitivamente desplazado por el griego, que se convirtió también en la lengua de la administración imperial. Es significativo que ya en época de Heraclio el título de Augustus, en latín, haya sido sustituido por el de basiléus, en griego. El latín, sin embargo, continuó apareciendo en inscripciones y en monedas hasta el siglo XI.

La invasión del Islam y la pérdida de las provincias orientales propiciaron una mayor helenización del Imperio. El griego hablado en el Imperio era el resultado de la evolución del griego helenístico, y suele denominarse griego medieval o griego bizantino. Existían grandes diferencias entre el lenguaje literario, deliberadamente arcaico, y el lenguaje hablado, la koiné popular, muy rara vez utilizada en la literatura.

La literatura, como en general la cultura bizantina en todos sus aspectos, se caracteriza por tres elementos: helenismo, cristianismo e influjo oriental. Helenismo porque continúa la tradición de la Grecia clásica pese a los intentos romanizadores de Justiniano y su sobrino Justino II, que sólo alcanzaron al derecho. Cristianismo porque esa fue desde Constantino la religión del Imperio, a pesar de la oposición intelectual hasta bien entrado el siglo VI; influjo oriental por la estrecha relación con pueblos asiáticos y africanos.

La literatura bizantina cuenta con un poema épico en griego popular, el de Digenis Akritas, y con líricos de primer orden como Teodoro Pródromo. Posee unos géneros característicos, como los bestiarios, volucrarios, lapidarios y las novelas bizantinas (Estacio Macrembolita: Los amores de Isinia e Ismino; Teodoro Pródromo, Los amores de Rodante y Dosicles; Niceta Eugeniano, Las aventuras de Drusilla y Caricles y Constantino Manasés, Aventuras de Aristandro y Calitea). Fue especialmente fecunda en escritores teológicos (como, por ejemplo, Eneas de Gaza), cristológicos y hagiográficos. Repercutió en particular en la literatura occidental la historia de Barlaam y Josafat, diulgada por todo Occidente, en la cual se encuentran alusiones a la vida de Buda.

La historia tuvo representantes eminentes, como Procopio de Cesarea, secretario que fue del célebre general Belisario durante el reinado de Justiniano y a la vez panegirista del emperador en los seis libros de sus Historias y su detractor en la llamada Historia secreta. En la lírica destaca el género del epigrama con figuras como Pablo Silenciario y Agatías, este último antologista e historiador del periodo que siguió a Justiniano. Jorge de Pisidia compuso poesía épica y epigramas. Existe un interesante libro de viajes de Cosmas Indicopleustes. Del siglo VII destaca un historiador, Simocata, que no llegó a la importancia de Procopio; en este siglo se hizo famoso el poeta Romano el Mélodo, autor de himnos religiosos. Entre el siglo VIII y el XI se compila la ya mencionada epopeya nacional Digenis Acritas, compuesta en una lengua semiculta; también se elaboran epopeyas sobre las hazañas de Alejandro Magno y se componen enciclopedias como la Suda, de no siempre acendrada veracidad. Se recopiló en esta época el más importante corpus de epigramática griega que se conserva, la Antología Palatina. El cristianismo entra en el género tradicional pagano con la obra del monje Teodoro Estudita y de la monja poetisa Casia. Algunos emperadores se dedicaron a las letras, como León VI el Sabio, que fue poeta, así como su hijo, Constantino VII Porfirogéneta. San Juan Damasceno compuso tratados teológicos y polémicos en oscuro estilo; el citado Teodoro escribe también sobre la cuestión iconoclasta, así como obras ascéticas y de exégesis.

En el último periodo, desde finales del XI, existe una gran cantidad de literatura polémica religiosa, pero también escriben Focio y Miguel Psellos sobre temas más variados y se propicia un renacimiento de las letras griegas, renacimiento que pasó a Europa con la dispersión de los eruditos bizantinos por la Península Itálica tras la conquista de Constantinopla por los otomanos. En Italia renacerá el estudio del griego y el Humanismo y de ahí pasará al resto del mundo. Juan Tzetzés escribe poemas didácticos y eruditos. El epigrama alcanza cumbres en Cristóbal de Mitilene o Juan Mauropo. Se escriben novelas en Grecia y proliferan los bestiarios y lapidarios, y crónicas como la célebre Crónica de Morea, que mandó traducir al aragonés el gran maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén Juan Fernández de Heredia. El inquieto e inconformista poeta Teodoro Pródromo escribe cuatro poemas satíricos en la lengua popular y escribe su Catomiomaquia, o Lucha de los Gatos contra los Ratones a modo de parodia épica. Hay excelentes historiadores que dejan testimonio de las Cruzadas, como los hermanos Miguel y sobre todo Nicetas Acominato, Paquimeras, Nicéforo Briennio o su mujer Ana Comnena, princesa imperial autora de La Alexiada, historia de su padre Alejo I Comneno. Durante la época de los Paleólogos la literatura entra en decadencia pero después surge con fuerza la filología.


Arquitectura

La arquitectura bizantina es heredera de la arquitectura romana y la arquitectura paleocristiana. Es una arquitectura esencialmente religiosa, aunque no faltaron los edificios civiles de importancia. Muestra una marcada predilección por el ladrillo como material de construcción (aunque disimulado por lajas de piedra en el exterior y por suntuosos mosaicos en el interior). Aunque utiliza la columna (destaca la sustitución del ábaco por el cimacio), su innovación más característica es el uso sistemático de la cubierta abovedada. Los tipos de bóveda más utilizados son la de cañón y la de arista, pero destaca sobre todo la cúpula, con su característica base sobre pechinas (aunque también se empleó ocasionalmente la cúpula sobre trompas). En cuanto a la planta, la más frecuente en los templos es la de cruz griega, con una cúpula en la intersección de las naves. Es frecuente que los templos, además del cuerpo de nave principal, posean un atrio o narthex, de origen paleocristiano, y el presbiterio precedido de iconostasio, llamada así porque sobre este cerramiento calado se colocaban los iconos pintados.

En la historia del arte y la arquitectura bizantinos suelen distinguirse tres períodos o «Edades de Oro». La Primera Edad de Oro tiene su momento más representativo en la época de Justiniano, y sus edificios más destacados son la iglesia de los Santos Sergio y Baco, la de Santa Irene y, sobre todo, la de Santa Sofía, todas ellas en Constantinopla.

La Segunda Edad de Oro coincide con el renacimiento macedónico (siglos IX, X y XI). Sigue siendo la iglesia de planta central cubierta con cúpula el modelo fundamental. Son frecuentes las iglesias de planta de cruz griega inscrita en un cuadrado, con los brazos de la cruz cubiertos con bóvedas de cañón, y cinco cúpulas, una en el centro y otras cuatro en los ángulos. El prototipo era la Nueva Iglesia (Nea) construida por Basilio I, hoy desaparecida. Algunas iglesias destacadas son la iglesia de los Santos Apóstoles en Constantinopla, Santa Catalina de Salónica, la catedral de Atenas y la basílica de San Marcos de Venecia.

La Tercera Edad de Oro comienza tras la recuperación de Constantinopla en 1261. Es una época de difusión de las formas bizantinas, tanto hacia el Norte (Rusia) como hacia Occidente. Las novedades de este período son más bien decorativas que estructurales. Destacan iglesias como Santa María Pammakaristos en Constantinopla, las iglesias del monte Athos o el conjunto de iglesias de Mistra, en el Peloponeso.


Escultura

Con el estilo bizantino en arquitectura se formó a su vez el de escultura quedando definido a partir del siglo VI. Anteriormente a dicho siglo dominaba el estilo romano decadente, aun en la misma Constantinopla según lo evidencian las dos estatuas del Buen Pastor y los relieves del gran zócalo en que se apoya el obelisco egipcio colocado por Teodosio el Grande en una plaza de la capital a finales del siglo IV, llamado por él, obelisco de Teodosio. No obstante, en otros monumentos de la época se iniciaba ya el gusto bizantino, como lo demuestra el clípeo votivo de plata o Disco de Teodosio de Madrid que ostenta en bajorrelieve las figuras sedentes del emperador con sus dos hijos y otros cortesanos en pie y que data el año 393 de la era cristiana.

El estilo bizantino en escultura debe considerarse como una derivación y degeneración del romano, bajo la influencia asiática. Le caracterizan, en general, cierto amaneramiento, uniformidad y rigidez o falta de naturalidad en las figuras junto con la gravedad la cual suele consistir en esmaltes, en imitaciones de piedras y sartas de perlas, en trazos geométricos y en follaje estilizado o desprovisto de naturalidad. Cultivó el arte bizantino muy poco la estatuaria pero abundó en mosaicos y en relieves sobre marfil, plata y bronce y no abandonó del todo el uso de camafeos y entalles en piedras finas. En los relieves, como en las pinturas y mosaicos se presentan las figuras mirando de frente.

No todas las obras de escultura bizantina merecen igual nota desfavorable pues aun en medio de sus defectos reúnen muchas de ellas notables cualidades y relativas perfecciones sobre todo, en las épocas de mayor florecimiento.

Períodos históricos

Se distingue en la evolución histórica de la misma los siguientes períodos:

Período de formación, anterior al siglo VI en que campea el estilo romano como se ha dicho y sobresalen obras de joyería y orfebrería con algunos marfiles. Período de perfección y desarrollo, desde el siglo VI al XII en el cual llega a tener arte bizantino vida próspera, con variadas obras de escultura y se extiende a casi todas las naciones europeas. Este periodo se divide en tres: Período justinianeo. El periodo justinianeo, llamado así por tener su comienzo en el emperador Justiniano, llega hasta principios del siglo VIII y señala el apogeo del arte. En él se cultiva la estatuaria y se multiplican los relieves en hermosos dípticos de marfil, arquetas y tapas de libros sagrados o litúrgicos. A él pertenecen algunos sarcófagos de Rávena y, sobre todo, preciosos marfiles como los de la cátedra episcopal de San Maximiano en la misma ciudad con sus numerosas figuras en relieve. Los dípticos del tesoro de Monza y el díptico consular de la catedral de Oviedo (siglo VI) entre otras piezas escultóricas. Período iconoclasta. El período iconoclasta abarca siglo y medio a partir del emperador León el Isáurico hasta Basilio el Macedonio (años 717-867). En él sufrieron un rudo golpe las artes figurativas cristianas por el furor con que los emperadores bizantinos procedieron contra las imágenes. Pero, en cambio, se diseminaron por Occidente los artistas, contribuyendo a la difusión del arte bizantino en todo el mundo cristiano y especialmente, en la corte de Carlo Magno en Italia. Período macedónico. El periodo macedonio, iniciado por el emperador Basilio el Macedonio (año 867) lo es de restauración, aunque no completa, y sólo produjo relieves, joyas con camafeos y esmaltes (además de los mosaicos y pinturas) siendo algunos de dichos relieves bastante correctos. Se celebran, sobre todos, el tríptico del Crucifijo y la placa (de marfil también) del Salvador coronando a Romano IV y Eudoxia (año 1068) que se guardan en París y otra placa de marfil con la figura de la Virgen y del Niño, en Utrecht. Asimismo, los relieves de bronce con incrustaciones de plata en las puertas de San Marcos de Venecia (siglo X al XI) Período de exageración y decadencia, desde el siglo XII al XV (año 1453 en que fue tomada Constantinopla por los turcos) que exagera en la figura humana los pliegues de los paños y alarga excesivamente su canon escultórico hasta llegar a la altura de once veces la cabeza.

Desde el siglo XII se acentúan el amaneramiento y el convencionalismo el cual se hace completo e intolerable después de la caída de Constantinopla siguiera sólo haya perdurado el estilo en los países de la iglesia griega cismática. Algún conato de restauración pudo notarse en la época en que Bizancio quedó sometida a los latinos (1204-1261) y más durante los primeros emperadores Paleólogos (que siguieron a los anteriores). Pero las obras acreditan dicho resurgimiento como efímero y escaso.

En todas las épocas del estilo bizantino se cultivaron con suntuosidad asiática la orfebrería y la joyería en las cuales tiene su parte importante la escultura.

Mosaicos

De la cultura romana Bizancio heredó la decoración mediante mosaicos que llegaron a su máximo esplendor con este imperio. Los mosaicos eran figuras formadas por pequeños trozos de piedra o vidrio coloreado (llamadas también teselas). Seguían estrictas normas para ilustrar pasajes de la vida de los emperadores y escenas religiosas. Estas últimas cubrían las murallas y cielos rasos de las iglesias.

De esa habilidad alcanzada con respecto a los mosaicos resurge el interés de los vidrieros de Bizancio por la imitación de las piedras preciosas, con lo que llegaron a alcanzar una habilidad tan grande que resultaba bastante difícil poder distinguirlas de las auténticas.

Pintura

La pintura bizantina, así llamada por haberse formado en Constantinopla (antigua Bizancio) al igual que su arquitectura y escultura, fijó su carácter desde los comienzos del siglo VI y se sirvió casi exclusivamente del procedimiento al mosaico en muros y cuadritos y de miniaturas sobre pergamino.

Mosaico de Ravena

Mosaico de Ravena

Se distingue la pintura bizantina al mosaico por la riqueza de materiales, con abundancia de oro (mosaicos vítreos y dorados) y fastuosa ornamentación y la pobreza en el movimiento artístico. Las figuras de los personajes se presentan ordinariamente alargadas, en pie y con los brazos en actitud algo movida o llevando algún objeto. La túnica o vestimenta con que aparecen cubiertas suele ofrecer pliegues rectos y paralelos, casi verticales. Pero el manto o capa los presenta más movidos y se recoge sobre el brazo izquierdo de la figura. El continente de las personas se ostenta siempre majestuoso, tranquilo y honesto; su mirada, de frente o a la derecha del espectador; sus ojos, grandes y abiertos; sus pies, pequeños o estrechos y terminados en punta.

Los elementos decorativos de los cuadros o composiciones consisten de ordinario en perlas, cintas, series de joyas, guirnaldas y grecas sin excluir algunas plantas sueltas como la palmera ni los motivos arquitectónicos. A los lados de las figuras o encima de ellas, se destacan a menudo sobre el fondo de oro inscripciones en sentido vertical u horizontal que fijan el nombre y el significado del personaje o de la escena que se representa. Los asuntos de tales composiciones son generalmente bíblicos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, además de algunas escenas religiosas de la corte imperial y representaciones de ángeles y santos. Es bastante común en el ábside o en la cúpula de las basílicas de Oriente la figura del Pantocrátor (o el Cristo en majestad) rodeado de ángeles a imitación del tipo de Santa Sofía en Estambul. Pero en las de Occidente se representa más bien a Jesucristo en medio de Apóstoles o santos.

Pintura sobre pergamino (siglo X)

Pintura sobre pergamino (siglo X)

El amaneramiento y el convencionalismo de la pintura bizantina que ya desde el principio más o menos la acompañan se hicieron más sensibles en el siglo VIII y llegaron a su apogeo en el XIII por la falta de expresión y el exceso de rigidez y angulosidad que se manifiesta en las figuras. Alguna restauración se vio aparecer en el siglo XIV bajo el imperio de los Paleólogos pero resultó escasa y la decadencia fue completa desde últimos del XVI refugiándose el arte en el monasterio cismático del monte Athos (Grecia) centro artístico de las regiones que habían abrazado el cisma y donde la pintura se convirtió en una industria que seguía fórmulas de receta.

El mosaico bizantino ejerció poderosa influencia en la pintura de Occidente hasta llegar al siglo XIII además de ser decisivo su influjo en el Oriente cristiano y de extenderse a Rusia desde el siglo XI. Los mejores mosaicos bizantinos que hoy se conservan en Oriente son:

* Los de Santa Sofía de Estambul.
* San Jorge y Santa Sofía en Salónica.
* Santa Sofía en Kiev.

En Occidente se distinguen:

* Los de Rávena, que exceden a todos en su bella disposición y colorido.
* Los de San Apolinar in Classe y San Vital, del siglo VI.
* Los del mihrab de la catedral de Córdoba, hechos por artistas bizantinos en el siglo X.

Como ejemplares latinos de influencia bizantina, los de Venecia, Sicilia y Roma compuestos desde el siglo VII al XII inclusive.

Se conservan en varias iglesias y en museos algunos cuadritos o tablitas con pinturas o mosaicos y también pergaminos con miniaturas, labrados en Constantinopla y esparcidos por Occidente durante la Edad media.Niko es mui peola, se llama nicolas carreño. Deben contarse, además, entre las pinturas bizantinas las miniaturas de algunos buenos codicies.

Música Bizantina

Se llama música bizantina a la música de la iglesia ortodoxa griega. Se emparenta con el canto gregoriano al ser monodia vocal sin acompañamiento instrumental y estar organizada en 8 modos Oktoíjos.

Se diferencia del canto gregoriano en que es cantada en griego y se acompaña vocalmente con un sonido grave y mantenido llamado ison o (isocrátima).

Se originó en la primeras comunidades cristianas del desierto del Sinaí. Es conservada en los monaterios ortodoxos griegos y, con diversos estilos, dentro de los núcleos urbanos de las zonas cristianas orientales.

Es un canto a una voz (monodia) diferenciándose del canto gregoriano consolidado en Roma en que es cantada en griego en lugar del latín y se acompaña vocalmente con un sonido grave y mantenido llamado ison o (isocrátima).

La música bizantina es un sistema musical completo que emplea la rica paleta de gamas melódicas del oriente mediterráneo para valorizar los textos bíblicos e himnográficos que exponen admirablemente la teología de los Padres de la Iglesia. El monasterio de Cantauque ejecuta el canto bizantino no con textos griegos, como es lo más frecuente que se haga, sino en francés.

La saltérica

La notación de la música bizantina, llamada saltérica, deriva de un sistema de acentuación griega (tono, apóstrofe…) que ha evolucionado a lo largo de los siglos hacia neumas(signos descriptivos). Situados encima del texto, éstos acentúan musicalmente las sílabas, es decir, les confieren la entonación y la expresión que les conviene. Los neumas, a diferencia de las notas occidentales puestas sobre el pentagrama, indican simples variaciones de nivel. Las «notas bizantinas» tienen pues un valor relativo; no tienen sentido sino en la relación de unas con otras. Se agregan en movimientos melódicos que varían según los modos (cuatro auténticos y cuatro plagales) y los géneros de música. Ver un ejemplo en la notación del Himno de los Querubines.

La interpretación

Una partitura bizantina debe ser siempre interpretada más allá de la estricta notación; ésta, de acuerdo con la tradición oriental, es un simple esqueleto destinado a ser revestido de múltiples vibraciones e impulsos que se transmiten únicamente de maestro a discípulo. En este tema, la música bizantina debe mucho a Simón Karas y a su sucesor Licurgo Angelópoulus. Efectivamente por un defecto de transmisión oral, los cantores habían llegado a suprimir poco a poco la interpretación de los neumas: las características de la música bizantina se iban perdiendo y eran reemplazadas por armonizaciones, variaciones de intensidad, expresiones sentimentales, etc. S. Karas se aventuró en un inmenso trabajo de musicología con el fin de reconstituir los fundamentos teóricos de la música bizantina. Y para devolver toda su dinámica a la línea melódica bizantina, reintrodujo numerosos signos de la antigua notación.

El ison (nota de bajo continuo)

El ison es el único acompañamiento de la música bizantina. Su emplazamiento deriva de la teoría musical puesto que el ison manifiesta y pone de relieve la base del modo en el que se despliega la melodía. Cuando se ejecuta, confiere a esta melodía un color modal preciso. El ison juega por tanto un papel irreemplazable. Otras tradiciones musicales monotónicas lo utilizan también (por ejemplo, la música celta).

Fragmentos escogidos de los diferentes géneros de música bizantina

1. Género estijárico (o hímnico). Para el canto de los estijarios : himnos intercalados en los salmos. Ilustrado por el Doxastrikon de Pascua. Uno de los momentos fuertes del año litúrgico.

2. Género papádico. Para los himnos de la Divina Liturgia (Misa). Ilustrado por el Himno de los Querubines del primer tono. Se canta en la procesión de los Santos Dones (ofertorio).

3. Género Poliéleos. Debe su nombre al versículo estribillo del salmo 135: «Porque eterna es su misericordia» (misericordia, en griego, es éleos). Se canta en los maitines de las grandes festividades.

Fuente: Wikipedia

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El mundo bizantino

Demografía

Son muy pocos los datos que pueden permitirnos calcular la población del Imperio Bizantino. J.C. Russell estima que a finales del siglo IV la población total del Imperio Romano de Oriente era de unos 25 millones, repartidos en un área de aproximadamente 1.600.000 km². Hacia el siglo IX, sin embargo, tras la pérdida de las provincias de Siria, Egipto y Palestina y la crisis de población del siglo VI, habitarían el Imperio alrededor de 13 millones de personas en un territorio de 745.000 km².

Hacia el siglo XIII, con las importantes mermas territoriales sufridas por el Imperio, no es probable que el basileus rigiese los destinos de más de 4.000.000 de personas. Desde entonces el territorio del imperio —y, por ende, su población— fue decreciendo rápidamente hasta la caída de Constantinopla en 1453.

Las mayores concentraciones de población estuvieron siempre en la parte asiática del Imperio, especialmente en el litoral egeo de Asia Menor.

En cuanto a las ciudades, el crecimiento de Constantinopla fue espectacular en los siglos IV y V. Mientras que la capital de Occidente, Roma, había declinado considerablemente desde el siglo II, en que llegó a tener un millón y medio de habitantes, hasta el siglo V, con sólo unos 100.000, Constantinopla, que en el momento de su fundación contaba escasamente con 30.000 habitantes, llegó en época de Justiniano a los 400.000.

Pero Constantinopla no era la única gran ciudad del Imperio. La población de Alejandría en esa misma época se ha estimado en torno a los 300.000 habitantes, algo mayor que Antioquía (unos 250.000), seguida de otras ciudades como Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Trebisonda, Edesa, Nicea, Tesalónica, Tebas y Atenas.

El siglo VI supuso un importante retroceso de la urbanización debido tanto a las guerras como a una desdichada sucesión de epidemias y catástrofes naturales. En el siglo siguiente, tras la pérdida de Siria, Palestina, Egipto y Cartago, sólo quedaron dos grandes ciudades en el Imperio: la capital y Tesalónica. Parece que la población de Constantinopla decreció considerablemente durante los siglos VI y VII (a causa, entre otras razones, de la peste) y sólo comenzó a recuperarse a mediados del siglo VIII. Se estima que su población sería de 300.000 habitantes durante el renacimiento macedónico, y de no menos de 500.000 bajo la dinastía Comnena.

En los últimos tiempos del Imperio las ciudades sufrieron un pronunciado declive. Se estima que en el momento de su conquista por los turcos la población de la capital estaba en torno a los 50.000 habitantes, y la de la segunda ciudad del Imperio, Tesalónica, alrededor de los 30.000.

Economía

Como en el resto del mundo en la Edad Media, la principal actividad económica era la agricultura que estaba organizada en latifundios, en manos de la nobleza y el clero. Cultivaban los cereales, frutos, las hortalizas y otros alimentos vegetales.

La principal industria era la textil, basada en talleres de seda estatales, que empleaban a grandes cantidades de operarios. El Imperio dependía por completo del comercio con Oriente para el abastecimiento de seda, hasta que a mediados del siglo VI unos monjes desconocidos —quizá nestorianos— lograron llevar capullos de gusanos de seda a Justiniano. El Imperio comenzó a producir su propia seda —principalmente en Siria—, y su fabricación fue un secreto celosamente guardado y desconocido en el resto de Europa hasta al menos el siglo XII.

Hay que destacar la gran importancia del comercio. Por su situación geográfica, el Imperio Bizantino fue un intermediario necesario entre Oriente y el Mediterráneo, al menos hasta el siglo VII, cuando el Islam se apoderó de las provincias meridionales del Imperio. Era especialmente importante la posición de la capital, que controlaba el paso de Europa a Asia, y al dominar el Estrecho del Bósforo, los intercambios entre el Mediterráneo (desde donde se accedía a Europa occidental) y el Mar Negro (que enlazaba con el Norte de Europa y Rusia).

Existían tres rutas principales que enlazaban el Mediterráneo con el Extremo Oriente:

1. El camino más corto atravesaba Persia, y luego Asia Central (Samarkanda, Bujara). Se conoce como Ruta de la Seda.
2. Una segunda ruta, mucho más difícil, evitaba Persia, e iba del Mar Negro, a través de los puertos de Crimea, al Caspio, y de ahí a Asia Central. Esta ruta fue abierta en época de Justino II.
3. Por mar, desde la costa de Egipto, a través del Mar Rojo y del Océano Índico, aprovechando los monzones, hasta Sri Lanka. Esta ruta marítima posibilitaba no sólo el comercio con la India, sino también con el reino de Aksum, en la actual Eritrea. Una pormenorizada relación de las vicisitudes de esta ruta se encuentra en la obra del viajero Cosmas Indicopleustes. El comercio bizantino por esta ruta desapareció cuando en el siglo VII se perdieron las provincias meridionales del Imperio.

El comercio bizantino entró en decadencia durante los siglos XI y XII, a causa de las ruinosas concesiones que se hicieron a Venecia, y, en menor medida, a Génova y a Pisa.

Un importante elemento en la economía del Imperio fue su moneda, el sólido bizantino y el besante, de extendido prestigio en el comercio mundial de la época.


El emperador

El jefe supremo del Imperio Bizantino era el emperador (basileus), que dirigía el ejército, la administración, y tenía el poder religioso. Cada emperador tenía la potestad de elegir a su sucesor, al que asociaba a las tareas de gobierno confiriéndole el título de césar. En algún momento de la historia de Bizancio (concretamente, durante el reinado de Romano Lecapeno) llegó a haber hasta cinco césares simultáneos.

El sucesor no era necesariamente hijo del emperador. En muchos casos, la sucesión fue de tío a sobrino (Justiniano, por ejemplo, sucedió a su tío Justino I y fue sucedido por su sobrino Justino II). Otros personajes llegaron a la dignidad imperial a través del matrimonio, como Nicéforo II o Romano IV Diógenes.

Si bien el emperador elegía a su sucesor, fueron muchos los que llegaron al poder al ser proclamados emperadores por el ejército (como Heraclio o Alejo I Comneno), o gracias a las intrigas cortesanas, a veces aderezadas con numerosos crímenes. Para evitar que los emperadores depuestos y sus familiares reivindicaran el trono eran con frecuencia cegados y, en ocasiones, castrados, y confinados en monasterios. Un caso peculiar es el de Justiniano II, llamado Rhinotmetos (‘Nariz cortada’), a quien el usurpador Leoncio cortó la nariz y envió al destierro, aunque recuperaría posteriormente su trono. Estos crímenes atroces fueron sumamente frecuentes en la historia del Imperio Bizantino, especialmente en las épocas de inestabilidad política.

El escudo del Imperio Bizantino, cuando gobernaban los Paleólogos, hace referencia al papel político y religioso del Emperador; el águila bicéfala porta en una pata un orbe o una cruz(la Iglesia); y en la otra, una espada (Estado).

El escudo del Imperio Bizantino, cuando gobernaban los Paleólogos, hace referencia al papel político y religioso del Emperador; el águila bicéfala porta en una pata un orbe o una cruz(la Iglesia); y en la otra, una espada (Estado).

La figura del emperador estaba especialmente relacionada con la Iglesia, que se convirtió en un factor estabilizador, y especialmente con el Patriarca de Constantinopla. La monarquía bizantina tenía un carácter cesaropapista —uno de los títulos del emperador era Isapóstolos (‘Igual a los Apóstoles’), y ciertas prerrogativas de su cargo remiten al Rex sacerdos (‘Rey sacerdote’) de la monarquía israelita—. El emperador y el Patriarca tenían una relación de mutua interdependencia: si bien el emperador designaba al Patriarca, era éste el que sancionaba su acceso al poder mediante la ceremonia de coronación. Entre uno y otro hubo en la historia de Bizancio muchos momentos de tensión, pues los intereses del Estado diferían a veces de los de la Iglesia. En la última etapa del Imperio, por ejemplo, cuando los emperadores, para obtener la ayuda de Occidente frente a los turcos, intentaron restaurar la unidad religiosa de su iglesia con la de Roma, se encontraron con la tenaz resistencia de los patriarcas.

Una de las principales bazas del emperador era su control sobre una eficaz administración, que se regía por el Corpus Iuris Civilis, recopilado en época de Justiniano. La organización territorial se basaba, desde el siglo VII, en los thémata (‘temas’), provincias al mando de un strategos o general.

El ejército

El ejército bizantino, es decir, el ejército del Imperio Bizantino o Imperio Romano de Oriente, comenzó como una versión renovada del ejército romano, manteniendo unos niveles similares de disciplina, valor y organización, y fue evolucionando hacia un ejército medieval basado en la caballería. Durante gran parte de la historia del Imperio fue la fuerza militar más poderosa y efectiva de Europa,

El ejército bizantino fue durante siglos el más poderoso de Europa. Heredero del ejército romano, en los siglos III y IV fue sustancialmente reformado, desarrollando sobre todo la caballería pesada (catafracta), de origen sármata.

La armada bizantina tuvo un papel preponderante en la hegemonía del Imperio, gracias a sus ágiles embarcaciones, llamadas dromos y al uso de armas secretas como el «fuego griego». La superioridad naval de Bizancio le proporcionó el dominio del Mediterráneo oriental hasta el siglo XI, cuando empezó a ser sustituida por el incipiente poder de algunas ciudades-estado italianas, especialmente Venecia.

Bizantinos atacondo PerseV

Bizantinos atacondo PerseV

En un primer momento existían dos tipos de tropas: los limitanei (guarniciones de frontera) y los comitatenses. A partir del siglo VII el Imperio fue organizado en themata, circunscripciones tanto administrativas como militares dirigidas por un strategos, cuya existencia mejoró sustancialmente la capacidad defensiva de Bizancio frente a sus numerosos enemigos exteriores.

En la defensa de Bizancio jugó un importante papel la hábil diplomacia de sus emperadores. Los pagos de tributos mantuvieron mucho tiempo alejados a los enemigos del Imperio, y su servicio de espionaje logró salvar situaciones que parecían desesperadas.

Una de las debilidades del ejército bizantino, que fue acentuándose con el tiempo, fue la necesidad de recurrir a tropas mercenarias, de fidelidad dudosa. Entre los cuerpos mercenarios más conocidos está la famosa guardia varega. La crisis más terrible que los mercenarios causaron en el Imperio fue seguramente la revuelta de los almogávares, en el siglo XIV.

El arte de la estrategia alcanzó un gran auge en época bizantina, e incluso varios emperadores, como es el caso de Mauricio escribieron tratados sobre el arte militar. Estas doctrinas ensalzaban el sigilo, la sorpresa y el liderazgo de los comandandaban.

Religión

Uno de los rasgos más característicos de la civilización bizantina es la importancia de la religión y del estamento eclesiástico en su ideología oficial. Iglesia y Estado, emperador y patriarca, se identificaron progresivamente, hasta el punto de que el apego a la verdadera fe (la «ortodoxia») fue un importante factor de cohesión política y social en el Imperio Bizantino, lo que no impidió que surgieran numerosas corrientes heréticas.

El cristianismo primitivo tuvo un desarrollo mucho más rápido en Oriente que en Occidente. Es muy significativo el hecho de que el Concilio de Calcedonia reconociera en 451 cinco grandes patriarcados, de los cuales sólo uno (Roma) era occidental; los otros cuatro (Constantinopla, Jerusalén, Alejandría y Antioquía) pertenecían al Imperio de Oriente. De todos ellos, el principal fue el Patriarcado de Constantinopla, cuya sede estaba en la capital del Imperio. Las otras tres sedes fueron separándose paulatinamente de Constantinopla, primero a causa de la herejía monofisita, duramente perseguida por varios emperadores; luego, con motivo de la invasión del Islam en el siglo VII, las sedes de Alejandría, Antioquía y Jerusalén quedaron definitivamente bajo dominio musulmán.

Durante el siglo VII, hubo algunos intentos de la Iglesia Ortodoxa por atraerse a los monofisitas, mediante posturas religiosas intermedias, como el monotelismo, defendido por Heraclio y su nieto Constante II. Sin embargo, en los años 680 y 681, en el III Concilio de Constantinopla se retornó definitivamente a la ortodoxia.

La Iglesia Ortodoxa sufrió otra crisis importante con el movimiento iconoclasta, primero entre los años 730 y 787, y luego entre 815 y 843. Se enfrentaron dos grupos religiosos: los iconoclastas, partidarios de la prohibición del culto a las imágenes o iconos, y los iconódulos, que defendían esta práctica. Los iconos fueron prohibidos por León III comenzando así las más agrias disputas. Esto no se resolvió hasta que la emperatriz Irene convocó el II Concilio de Nicea en 787 que reafirmó los iconos. Esta emperatriz consideró una alianza con Carlomagno que hubiera unido ambas mitades de la Cristiandad, pero que fue desestimada.

El movimiento iconoclasta resurgió en el siglo IX, siendo derrotado definitivamente en 843. Todos estos conflictos internos no ayudaron a resolver el cisma que se estaba produciendo entre occidente y oriente.

En el siglo IX destaca la figura del patriarca Focio, que por primera vez rechazó el primado de Roma, abriendo una historia de desencuentros que culminaría en 1054, con el llamado Cisma de Oriente y Occidente. Focio se esforzó también en equiparar el poder del patriarca al del emperador, postulando una especie de diarquía o gobierno compartido.

El cisma contribuyó, sin embargo, a la transformación de la Iglesia Ortodoxa en una iglesia nacional. Esto se reforzó más aún con la humillación sufrida en 1204 por la invasión de los cruzados y el traslado temporal de la sede patriarcal a Nicea.

Durante el siglo XIV se desarrolló una importante corriente religiosa, conocida como hesicasmo (del griego hesychía, que puede traducirse como ‘quietud’ o ‘tranquilidad’). El hesicasmo defendía el recogimiento interior, el silencio y la contemplación como medios de acercamiento a Dios, y se difundió sobre todo por las comunidades monásticas. Su máximo representante fue Gregorio Palamás, monje de Athos que llegaría a ser arzobispo de Tesalónica.

Desde finales del siglo XIII hubo varios intentos de volver a la unidad religiosa con Roma: en 1274, en 1369 y en 1438, para conseguir la ayuda occidental frente a los turcos. Sin embargo, ninguno de estos intentos llegó a prosperar.

Fuente: Wikipedia

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